domingo, 27 de mayo de 2012

Encuentro inesperado con una zarza ardiente

     Se sintió el elegido cuando ante él se plantó la zarza ardiente. No antes. No cuando comenzaron la travesía por el desierto, ni mientras montaban el campamento, ni durante las largas horas tostándose bajo un sol inclemente y abrasador. Nada de eso le hacía especial, es decir, más especial que el resto, hermanos todos en la esperanza y el sufrimiento.
     Pero esta vez era distinto. Ahí estaba la zarza ardiente, ante él, mientras todos los demás descansaban y el daba un paseo que calmase las inquietudes del insomnio. Era grande, enorme, poderosa como una montaña, y las lenguas de fuego que de ella se desprendían alcanzaban el cielo, pugnando en poder lumínico con las estrellas que, desde el firmamento, hacían de testigos del histórico encuentro.
     El elegido no se asustó. Antes al contrario, le embargó una extraña paz, una sensación de sumisión y de confianza ciega en el poder que se le mostraba. Se acercó todavía un par de pasos, hasta notar en su rostro, en su piel cuarteada por la rigidez del clima desértico, el calor que la zarza desprendía. Alzó los brazos y, con un torrente de voz casi sobrehumano, solicitó a la zarza que se manifestase.
     La zarza, sin embargo, se mantuvo en silencio; un silencio espeso, agobiante por el calor de las llamas y roto solo en ocasiones por el crepitar de la planta.
     El elegido volvió a solicitar una señal. Lo hizo varias veces, al principio con confianza absoluta, al final con tono de súplica. Poco después, la zarza se había consumido y solo quedaban cenizas de las que brotaba un hilillo de humo próximo a extinguirse.
     Entonces el elegido se preguntó todo lo que se preguntan los elegidos en algún momento de sus vidas:
- Y ahora, ¿qué les digo yo a estos?
     Volvió al improvisado campamento. Había que recoger y ponerse en marcha nuevamente. Estaba a punto de amanecer y la jornada en el desierto prometía ser abrasadora. No veían una gota de lluvia desde hacía meses. Con razón ardían las zarzas, secas y agonizantes.
     Aquello era el infierno en la Tierra. Pero no se lo diría a los demás, no, el elegido decidió que jamás mencionaría el infierno, no fuera a ser que comenzaran a adorar de nuevo ídolos paganos. Mejor sería que adoraran zarzas ardientes...

jueves, 24 de mayo de 2012

Desenlace tragicómico

     Una vez conocí a una celebridad. No era una celebridad de primer nivel, de esas que llaman top, era simplemente una celebridad media, si es admisible el término. Me contó que su estatus tenía un lado negativo, por supuesto, pero que también poseía un encanto especial. De igual forma admitía que en ocasiones echaba de menos la tranquilidad que da el anonimato, pero que, en cuanto lo pensaba un poco, llegaba a la conclusión de que, con seguridad, no la echaba de menos tanto como añoraría la fama en caso de perderla.
     Pese a no ser top, fue lo suficientemente famoso como para que le hicieran una película, un biopic, como lo llaman ahora. Conoció al actor que lo interpretaba, le saludó, hasta pasaron un día juntos hablando de su vida, por lo visto el actor quería empaparse de su personaje. El caso es que esta celebridad llegó a confesarme que el actor que le interpretó llegó a parecerse más a él que él mismo. "A veces, cuando pienso en mí, me pienso con su rostro", me dijo. "Muchas veces me miro al espejo y no me reconozco. Ni quiero reconocerme. Es mejor mi yo en la película".
     Todavía sonrío cuando lo pienso. He conocido a varios actores en mi vida, y algunos, en fases de delirio, han llegado a creer ser los personajes que interpretaron. Pero es la primera vez que un personaje, o la persona en la que se basaba, se creía el actor que lo interpretaba.
     Hasta estaba llegando a perder la memoria, según me contó, de no ejercitarla. "Ni siquiera tengo que recordar cosas de mi pasado. Cuando quiero saber qué fue de mi vida en un momento determinado, me pongo el DVD y busco donde corresponda. Las chicas que amé, los trabajos que hice, los lugares que visité y en los que viví, mi familia, mis amigos. Todos están en la peli".
     No le pregunté si había visto el final de la peli, temeroso de que me contestara que sí, que la peli terminaba con su muerte, cómo no, y entrara de este modo en la típica paradoja borgiana de la ficción que se adelanta a la realidad. No le pregunté. Él, por tanto, no me lo dijo. Sin embargo, cuando ya nos sepáramos y creía haberme librado de paradojas espacio-temporales, borgianas o no, se acercó a mi oído y susurró: "En ocasiones creo que yo soy el actor, ¿sabes?, que estoy actuando, que llevo toda mi vida rodando la vida de otro, de alguien que me pondrá en su DVD y dirá: "Joder, este tío se parece más a mí que yo mismo", y que se mirará al espejo con curiosidad, buscando mi rostro en su reflejo".
     Nos despedimos sin grandes aspavientos, no fue una despedida muy cinematográfica. No he vuelto a hablar con él. Se ve que en la peli de su vida no quisieron renovarme el contrato, y quedé como figurante circunstancial. Cosas que pasan. Espero que nunca rueden la mía. Ni yo mismo soportaría verla.

domingo, 13 de mayo de 2012

No entry

- No puedes pasar -le dijo el guardián.
     Era, desde luego, un personaje extraño. No era una esfinge, tampoco un dragón, ni un monstruo con mil ojos que nunca duermen, ni un portero de discoteca, ni un policía local. Tenía un poco de cada uno de ellos, eso sí, una especie de esencia en la que se amalgamaban todas las posibles opciones que, de una manera o de otra, le vedaban la entrada.
- ¿Y si resuelvo un acertijo?
- No.
- ¿Y si te enseño mi carnet?
- No.
- ¿Y si me visto de etiqueta?
- No.
- ¿Y si digo las palabras mágicas?
- No.
- ¿Y si acabo contigo?
- Inténtalo.
     El guardián le miró fijamente, y él palideció solo ante la idea de enfrentársele.
     Lo mejor de todo era que ni siquiera sabía lo que había al otro lado. Debía de estar muy bien, cuando ponían en la puerta a un guardián tan escricto. Él solo sabía que había seguido su camino, y que este le había llevado directamente ante aquella entrada. Si no podía pasar, las otras opciones eran volver sobre sus pasos o pudrirse allí, quieto, ante el guardián.
- ¿Podré pasar alguna vez?
- No.
- ¿Y si espero?
- No.
- ¿Entonces?
- Que no puedes pasar.
     Volvió a pensar que al otro lado había algo realmente bueno. El Destino le había llevado hasta allí, así que era su Destino cruzar aquella entrada. A no ser que el Destino le tuviera reservado un fracaso mayúsculo, un obstáculo insalvable, una entrada inaccesible y un guardián inclemente, que también podia ser...
     Llegó entonces un tipo flacucho con cara de pocos amigos, se plantó ante el guardián, le miró de reojo y cruzó al otro lado. El guardián ni se inmutó. Luego llegaron una chica risueña, un perro lazarillo, un bufón de la corte, un tipo con pinta de ejecutivo, un calvo con gafas, un joven en bañador, un cura, un ciego buscando a su perro, un arbusto rodante y un melenudo que por lo menos pesaba doscientos kilos.
     Todos pasaron con el beneplácito del guardián.
     Él lo intentó de nuevo.
- ¿Puedo pasar?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no.
     Al otro lado debía de haber, definitivamente, algo realmente bueno...