sábado, 25 de febrero de 2012

¿Qué queréis de mí?

     Cómo explicar lo que uno siente al ser secuestrado, al permanecer retenido, al quedar encerrado en una celda húmeda y cochambrosa. El tiempo parece detenerse, la mente trabaja incesante fabricando pesadillas que jamás acaban, uno piensa que sueña, que va a despertar, que está muerto, que se encuentra en el infierno, y sobre cualquier consideración se impone la realidad de que nada cambia, de que la celda es la misma, de que la realidad es dolorosa y, lo peor de todo, de que no se vislumbra salida alguna.
     Hasta hoy. No sé cuánto tiempo llevaba incomunicado. Mucho, sin duda. De vez en cuando un plato a medio llenar de una comida asquerosa aparecía bajo la puerta empujado por una mano invisible. Un plato cada mucho, mucho tiempo; y fueron, puedo jurarlo, muchos, muchos platos.
     Hasta hoy. Hoy ha entrado en la celda un tipo con uniforme militar, porte de mandamás y un puñado de insignias en el pecho. Se ha puesto ante mí y se ha quedado mirándome.
     - ¿Qué queréis de mí? - he preguntado con mirada extraviada y gesto suplicante.
     - Necesitamos que nos busques a alguien, alguien necesario para el régimen.
     Me he preguntado de qué régimen se trataba. No recuerdo haber estado viviendo una dictadura. He creído enloquecer y he respondido de la manera más estúpida posible.
     - ¿Buscar a alguien? Yo no soy detective.
     - Lo sabemos. Eres teólogo.
     Así que me conocen. Me conocen. Un secuestro premeditado, por supuesto.
     - Si lo sabéis, entonces, ¿qué coño queréis de mí?
     - Necesitamos que nos busques a Dios. Queremos a Dios de nuestro lado. Con el apoyo de Dios el régimen será más fuerte, el pueblo se nos someterá. Con Él junto a nosotros, seremos invencibles.
     Pensé que el mundo estaba lleno de gilipollas. Y de dementes. Pensé que me estaban gastando una broma. No podía ir en serio, y sin embargo el tipo de porte militar me sostenía la mirada, hierático, arrogante, altivo. No era una broma, desde luego. Me pregunté qué debía de pasar por las mentes de estos tipos para secuestrar a un teólogo, tenerlo encerrado y presentarle un plan tan absurdo. Buscar a Dios y adscribirlo al régimen. Qué bonito. Pensé que en la celda hacía frío, que estaba oscuro, que la comida era una mierda, que me estaba muriendo allí tirado.
     - Claro... puedo buscarlo... puedo unirlo a vuestras filas... a las nuestras, quiero decir, ahora trabajo  para vosotros... pero tengo que buscarlo fuera... Dios está casi en todas partes... aquí dentro, desde luego, no ha estado estos últimos tiempos, puedo asegurarlo... me tenéis que sacar... lo haréis, ¿verdad?

lunes, 20 de febrero de 2012

Menú Gourmet

     "Oye, pero qué bueno te ha salido el entrecot", decía Ricardo con la boca llena mientras se chupaba los dedos. "Desde luego, eres un genio de la cocina. Por cierto, ¿de qué me has dicho que era? Eso, de buey. Joder, si es que está buenísimo, y a mí me gusta así, muy hecho, desde luego le has pillado el punto exacto, y eso tiene mérito..."
     "Me tienes que decir dónde has comprado la carne". Javi asentía, y miraba a Ricardo tomar enormes trozos y masticar con ansia. Él prefería recortar trozos pequeños y saborear poco a poco.
     "¿Y el vino? Qué cuerpo, qué aroma... ¿de dónde es?"
     "Es un Rioja con unas gotitas de sangre..." Javi sonrió. Ricardo se deshizo en una risa ruidosa...
     "Oye, por cierto, ¿no me dijiste que Fina cenaba hoy con nosotros? Como ya hemos empezado..."
     "No, no, yo te dije que Fina estaría presente con nosotros en la cena".
     "Pues no la veo, deberíamos quedar más a menudo, la verdad... reconocerás que Fina está buena..."
     Al guiño cómplice de Ricardo respondió Javi mirando con atención su entrecot, cortando un trozo con parsimonia, masticando con placer... "Sí, sí que está buena, sí..."
     "Oye, Ricardo, ¿te puedo confesar algo?"
     "Dime".
     "El filete no es de buey".
     "¿Ah, no? ¿De qué, entonces?"
     "De Fina".
     Segundos de silencio. Miradas escrutadoras. Javi seguía masticando. Ricardo, sin embargo, había dejado de hacerlo.
     "Quieres decir..."
     "Sí".
     "Pero quieres decir..."
     "Que sí, que sí..."
     "...que compraste ese entrecot para Fina y que, como no viene, te lo estás comiendo tú, ¿verdad?"
     Javi miró a Ricardo entre el estupor y la sorpresa. Abrió ligeramente la boca, como si fuera a añadir algo. Sin embargo, tomó un sorbo más de vino y volvió sobre su trozo de carne, el de Fina. Solo habló cuando hubo masticado bien y tragado.
     "Sí, Ricardo, sí. Tienes razón. Está buena la Fina..."

domingo, 12 de febrero de 2012

Los actores son así

     Tal vez lo recuerden. Es posible que, si lo vieran caminando por la calle, les sonara su cara. Probablemente no llegarían a reconocerlo, aunque lo mirarían, con fijeza pero con discreción, y pensarían algo así como "esa cara me suena" o "dónde habré visto yo a ese tipo".
     A él le gustaría, si así fuera. Los actores son así, en el fondo un tanto vanidosos.
     Nunca estuvo en Hollywood, no obstante, ni sobre una alfombra roja. Participó en un par de cortos, en papeles con texto, incluso. Uno de ellos hasta fue finalista en un concurso de jóvenes talentos cinematográficos que tuvo lugar en un pueblito cerca de Granada. Luego tomó parte en tres o cuatro castings, mandó cinco o seis currículos, hizo siete u ocho llamadas. Hizo de extra en una superproducción que terminó fracasando en taquilla. Nadie pareció darse cuenta de su participación allí, tal vez por su atuendo, el uniforme de los tercios de Flandes, que no permite distinguir con nitidez los rostros, especialmente sin son cientos y la escena dura cuatro segundos.
     Por fin le llegó su gran papel, dos capítulos en una serie de sobremesa que emitía una cadena nacional. Dos capítulos, ni más ni menos, con texto, con primeros planos. Su personaje tenía pensado, según los guionistas, desaparecer abandonando a la protagonista para reencontrarse con ella meses después. Esos meses, no obstante, no existieron, y los productores de la cadena cortaron la serie tras una caída apreciable en las audiencias, tal vez motivadas por un programa rosa, presentado por una ex-cabaretera, que había comenzado a emitir en la misma franja horaria una cadena rival.
     Luego fue olvidado. Ni los productores pensaron más en él, ni su agente le ofreció muchas más posibilidades. Aquellos dos capítulos no los había visto nadie, le dijo su agente, el cabrón, pero él sabía que no era así, que comenzaba a ser reconocido, lo notaba en la gente, por la calle, en la forma en que le miraban.
     A partir de ahí solo es posible especular. Por lo visto el tipo comenzó a pensar que la vida era una película, que vivía en un rodaje. Creó un personaje, él mismo, y comenzó a actuar según un guión, el guión de su vida, que debía de encontrarse en su cabeza o algo así. Saludaba a todos, hablaba con vehemencia excesiva, estaba claro que sobreactuaba. Él no pensaba así, desde luego. Incluso tuvo tiempo para crear una familia, para mantener un trabajo como dependiente, no él, claro, su personaje, o al menos de eso estaba él mismo convencido.
     Así que se creyó en una película, bastante aburrida, por cierto, hasta que decidió saltar desde el último piso de un edificio de oficinas. Es difícil discernir si quiso matar al personaje que creía ser o al actor que lo encarnaba. Tampoco se sabe si fue un ataque de locura ajeno a su psicosis o era la parte del guión que tocaba rodar aquel día. Su cuerpo reventado, esparcido sobre el asfalto, causaba conmoción y espanto, desde luego. Si estaba actuando, lo había bordado. A él le hubiera gustado que alguien se lo hubiera dicho. Los actores son así.

domingo, 5 de febrero de 2012

A veces...

     Se volvió a un lado, a otro, miró en sus bolsillos, detrás de la cómoda, debajo de la cama, detrás de las macetas, tras el felpudo. Nada. Sus pensamientos habían desaparecido. No pudo encontrar ni uno. Se asustó un poco al principio. Luego se asustó mucho, claro, como haría cualquiera que perdiera sus pensamientos.
     Comprobó, sin embargo, que su cabeza no estaba vacía. Algo daba vueltas por ahí, vagando, una multitud de imágenes absurdas, de signos sin sentido, de letras que, como en una sopa, se colocaban y descolocaban continuamente sin llegar nunca a formar palabras reconocibles.
     ¿Qué hace uno cuando sus pensamientos dejan de tener sentido? Lo primero, desde luego, es tomar asiento, respirar hondo, tranquilizarse y pensar una posible solución. Pero, ¿cómo se piensa una solución cuando se han perdido los pensamientos?
     Decidió dedicarse a la contemplación de las ruinas que poblaban ahora su cerebro. No se le ocurrió, por supuesto, más bien lo hizo por instinto. Tal vez el ser humano tiende a la contemplación de forma natural cuando no tiene contenidos a los que agarrarse. Era bella, en realidad, esa amalgama de imágenes y símbolos, de letras y números, de acciones y deseos sin conformar... tal vez era bella precisamente por eso, porque no significaban nada.
     Estuvo así un tiempo, dedicado a la autocontemplación impensante. Estuvo así largo tiempo, de hecho, hasta que alguien, tal vez por casualidad, si es que la casualidad existe, pasó por su lado.
     Entonces se dio cuenta de que, aunque seguía sin poder leer sus pensamientos, había desarrollado la capacidad de leer los pensamientos de los demás. Se sintió aliviado. ¿Los pensamientos de los demás? Eso podía ser divertido. Al fin y al cabo sus pensamientos solían ser bastantes estúpidos; los de los demás, en la mayoría de los casos, eran, por el contrario, un auténtico misterio.
     Así que sonrió. No pensó en sonreír, simplemente lo hizo; tampoco pensó en dedicarse desde aquel instante a leer pensamientos ajenos, y sin embargo... Tal vez el ser humano tiende de forma natural a intentar comprender lo que piensan los otros cuando los propios pensamientos parecen vacíos y absurdos; tal vez lo hacen porque no se dan cuenta de lo vacíos y absurdos que son, igualmente, los pensamientos de los otros...