Me ha salido el diablo... joder, el diablo, eso no puede ser nada bueno... míralo, qué mono está ahí dibujado, con su cola apuntando al cielo como una lanza amenazante... y parece observarme desde más allá de sus ojos amarillos... vaya, y ahora la muerte, eso sí que es mala suerte, y dicen que significa un cambio profundo, pero un cambio profundo negativo, supongo, si no no estaría representado por el esqueleto ese con la enorme guadaña...
... y ahora el loco... y cabeza abajo, lo peor de lo peor, estoy por dejar la tirada, guardarlo todo y a la mierda... pero dicen que eso es lo peor que puedes hacer, que dejas abiertas puertas a otras dimensiones por las que no pasa nada bueno, que tu futuro queda pendiente y a expensas de que cualquier ente quiera jugar con él...
... madre mía, el colgado boca abajo, visto así parece que esté de pie y no colgado, y la torre, y la luna, y el juicio final del revés...
... oh destino funesto, oh cruel hado, no tengo más que someterme a tus caprichosos designios... los arcanos han hablado, y parece que lo han hecho con suma claridad...
... bueno, eso pienso yo, al menos... igual si hubiera un tarotista decente aquí enfrente me lo reinterpretaba todo de color de rosa... puff, odio el rosa...
... la culpa es mía... dónde se ha visto a un cenizo echando las cartas... desde luego, es la última vez que me pongo a jugar yo solito con el tarot y con mi futuro...
... el ermitaño, oh dios, el ermitaño, ahora sí que no tengo escapatoria...
lunes, 30 de mayo de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
Le estábamos esperando
- ¿Tienen ustedes habitaciones libres?
El tipo parecía confuso. Fruncía el ceño, perdía la mirada y se rascaba la sien. Normal. Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Solo recordaba haber despertado en un autobús con la cabeza apoyada en el cristal y un hilo de baba cayéndole de la boca al bolsillo de la camisa. A su lado una octogenaria a la que descubrió observándole con la curiosa y escandalizada sorpresa con la que los visitantes observan en el zoológico a los monos mientras fornican. Luego el autobús había parado en un lugar desconocido, una especie de plaza en una especie de pueblucho construido en una especie de páramo sin fin. Frente a él, la Pensión Cortes. Se encontraba cansado, así que había decidido hacerse con una habitación.
- Digo que si tienen habitaciones libres.
El tipo de recepción parecía simpático, vivaracho y servicial, tal vez en exceso. Tomaba notas en una pequeña libreta. Alzó la mirada y sonrió de oreja a oreja.
- Por supuesto, para usted siempre tenemos habitaciones libres. ¿Desea la de siempre, señor?
Cualquiera, dijo el tipo, aún más confuso que antes. Esa manera de tratar a los clientes, esa familiaridad, le parecía absurda.
- ¿Sabe qué, señor Pérez? Le estábamos esperando. Suba, suba, por favor, 201.
El señor Pérez hizo ademán de subir, pero antes se atrevió a formular al recepcionista una última pregunta.
- Perdone...
- ¿Sí?
- ¿Me puede decir dónde estamos?
- En la Pensión Cortes, por supuesto...
- Sí, claro, pero... ¿en qué ciudad?
El recepcionista no mostró el menor gesto de sorpresa ante la pregunta. Solo siguió sonriendo y palmeó en el hombro al señor Pérez.
- Ah, señor Pérez, usted siempre igual...
El señor Pérez comenzó el ascenso. Le pareció ver una sombra que se ocultaba en el descansillo de la escalera del piso superior; también un ojo que asomaba a través de una mirilla. El recepcionista todavía le habló desde la lejanía.
- Por cierto, esta vez tenga más cuidado que la vez anterior, si no le importa...
Entonces el señor Pérez pudo haber protestado por la insolencia, o haber salido corriendo, o haber seguido preguntando, o haber llamado a la puerta desde la que le habían estado espiando hacía un momento. Sin embargo, llego a la 201 e introdujo la llave.
Nunca había estado allí. Estaba seguro. Y, no obstante, aquel espacio le resultaba familiar. Notó una presencia a su espalda y comprendió que le iba a resultar difícil descansar...
El tipo parecía confuso. Fruncía el ceño, perdía la mirada y se rascaba la sien. Normal. Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Solo recordaba haber despertado en un autobús con la cabeza apoyada en el cristal y un hilo de baba cayéndole de la boca al bolsillo de la camisa. A su lado una octogenaria a la que descubrió observándole con la curiosa y escandalizada sorpresa con la que los visitantes observan en el zoológico a los monos mientras fornican. Luego el autobús había parado en un lugar desconocido, una especie de plaza en una especie de pueblucho construido en una especie de páramo sin fin. Frente a él, la Pensión Cortes. Se encontraba cansado, así que había decidido hacerse con una habitación.
- Digo que si tienen habitaciones libres.
El tipo de recepción parecía simpático, vivaracho y servicial, tal vez en exceso. Tomaba notas en una pequeña libreta. Alzó la mirada y sonrió de oreja a oreja.
- Por supuesto, para usted siempre tenemos habitaciones libres. ¿Desea la de siempre, señor?
Cualquiera, dijo el tipo, aún más confuso que antes. Esa manera de tratar a los clientes, esa familiaridad, le parecía absurda.
- ¿Sabe qué, señor Pérez? Le estábamos esperando. Suba, suba, por favor, 201.
El señor Pérez hizo ademán de subir, pero antes se atrevió a formular al recepcionista una última pregunta.
- Perdone...
- ¿Sí?
- ¿Me puede decir dónde estamos?
- En la Pensión Cortes, por supuesto...
- Sí, claro, pero... ¿en qué ciudad?
El recepcionista no mostró el menor gesto de sorpresa ante la pregunta. Solo siguió sonriendo y palmeó en el hombro al señor Pérez.
- Ah, señor Pérez, usted siempre igual...
El señor Pérez comenzó el ascenso. Le pareció ver una sombra que se ocultaba en el descansillo de la escalera del piso superior; también un ojo que asomaba a través de una mirilla. El recepcionista todavía le habló desde la lejanía.
- Por cierto, esta vez tenga más cuidado que la vez anterior, si no le importa...
Entonces el señor Pérez pudo haber protestado por la insolencia, o haber salido corriendo, o haber seguido preguntando, o haber llamado a la puerta desde la que le habían estado espiando hacía un momento. Sin embargo, llego a la 201 e introdujo la llave.
Nunca había estado allí. Estaba seguro. Y, no obstante, aquel espacio le resultaba familiar. Notó una presencia a su espalda y comprendió que le iba a resultar difícil descansar...
domingo, 15 de mayo de 2011
El cañón de una recortada
Ya me lo decía mi madre: "No te metas en asuntos de dinero, que no traen nada bueno". El dinero no trae la felicidad, dicen. Hay que admitir, desde luego, que no es aconsejable carecer absolutamente de dinero, especialmente si quieres sobrevivir en el mundo, en la jungla de asfalto, como dicen. Pero sí que es verdad que cantidades muy elevadas de dinero fomentan la envidia, el odio, la avaricia, y atraen una serie de problemas desagradables que sería mejor evitar.
Y, no obstante, la gente sigue metiéndose en asuntos de dinero guiados por la ilusión de beneficios multimillonarios que, en condiciones normales, no traen más que multimillonarias deudas.
Que conste que yo no soy de esos. Se lo estoy diciendo a estos tíos, pero no me hacen ni caso. Y ellos venga con los pagarés falsos, y venga con las deudas de juego, y venga con que el jefe está muy cabreado. ¿Qué jefe, joder?
Alguien muy estúpido y muy irresponsable debe de tener mi nombre, o mi cara, o un número de teléfono o una dirección muy parecidos a los míos, porque de otra forma no se explica que entren aquí estos y, sin preguntar, me aten a una silla, me den de hostias y empiecen a reclamar su dinero.
Y yo sin un duro en la cuenta, maldita sea.
He probado a suplicarles, a llorar, a gritarles, a insultarles, a jurarles que no soy el tío que buscan. "¡Viva la muerte!", voy a proclamar, a ver si con semejante paradoja consigo confundirles.
Lo dudo, en cualquier caso. Estos matones no parecen muy dados a confusiones retóricas.
Lo que no voy a poder hacer es confesarles dónde está el dinero, el puto dinero del que nunca había oído hablar hasta que ellos llegaron.
Quizás si me invento un lugar consigo ganar tiempo para escaparme y desaparecer para siempre. Joder, yo que no he matado una mosca en mi vida. El dinero podría estar en el jardín debajo del árbol, en una cuenta suiza, en un doble fondo del suelo del salón, en el depósito de combustible del coche...
Bah, qué más da. No estoy muy lúcido, desde luego. ¿Quién puede estar lúcido con el cañón de una recortada apuntándole directamente a la frente? En las películas las cosas siempre salen bien. Bonito traje, señores, y bonita pistolita. Viva la muerte.
Y, no obstante, la gente sigue metiéndose en asuntos de dinero guiados por la ilusión de beneficios multimillonarios que, en condiciones normales, no traen más que multimillonarias deudas.
Que conste que yo no soy de esos. Se lo estoy diciendo a estos tíos, pero no me hacen ni caso. Y ellos venga con los pagarés falsos, y venga con las deudas de juego, y venga con que el jefe está muy cabreado. ¿Qué jefe, joder?
Alguien muy estúpido y muy irresponsable debe de tener mi nombre, o mi cara, o un número de teléfono o una dirección muy parecidos a los míos, porque de otra forma no se explica que entren aquí estos y, sin preguntar, me aten a una silla, me den de hostias y empiecen a reclamar su dinero.
Y yo sin un duro en la cuenta, maldita sea.
He probado a suplicarles, a llorar, a gritarles, a insultarles, a jurarles que no soy el tío que buscan. "¡Viva la muerte!", voy a proclamar, a ver si con semejante paradoja consigo confundirles.
Lo dudo, en cualquier caso. Estos matones no parecen muy dados a confusiones retóricas.
Lo que no voy a poder hacer es confesarles dónde está el dinero, el puto dinero del que nunca había oído hablar hasta que ellos llegaron.
Quizás si me invento un lugar consigo ganar tiempo para escaparme y desaparecer para siempre. Joder, yo que no he matado una mosca en mi vida. El dinero podría estar en el jardín debajo del árbol, en una cuenta suiza, en un doble fondo del suelo del salón, en el depósito de combustible del coche...
Bah, qué más da. No estoy muy lúcido, desde luego. ¿Quién puede estar lúcido con el cañón de una recortada apuntándole directamente a la frente? En las películas las cosas siempre salen bien. Bonito traje, señores, y bonita pistolita. Viva la muerte.
lunes, 9 de mayo de 2011
Pandemia
Cuando aquella mañana se miró al espejo lo tuvo claro. Ojos hinchados e inyectados en sangre, labios cortados, piel reseca y pálida, penetrante dolor de cabeza, ritmo respiratorio irregular, dolor y malestar general. No había duda: él era el portador primigenio de una enfermedad altamente contagiosa que, extendida en forma de pandemia, acabaría, con total probabilidad, con la mayor parte de la humanidad.
Trató de hacerse a la idea. No es fácil asumir que la especie a la que has pertenecido desde tu nacimiento está al borde de una extinción violenta y dolorosa, pero si además todo comienza en ti, en tu propio organismo, la cosa adquiere aún una mayor dimensión.
Probablemente todo comenzaría con vómitos, temblores, convulsiones; tal vez los ojos enrojecieran como los de un diablo, tal vez la piel se llenara de llagas purulentas, o se cayeran los dientes, o empezaran todos a escupir toneladas de sangre. Todo ello llevaría a una muerte espantosa.
En escasos días las ciudades serían un caos, los servicios habrían dejado de funcionar, las calles se encontrarían llenas de cadáveres y la humanidad habría quedado reducida a un puñado de almas en pena vagando sin sentido y esperando su contagio, condenación y muerte definitiva.
Ante tal perspectiva, decidió pasarse por la consulta de un especialista.
Cuando el galeno le dijo que se trataba de un vulgar principio de resfriado, su rabia se desató. Cómo se atrevía, su ineptitud supondría el fin de la raza humana, por Dios, si ni siquiera intentaba ponerlo en cuarentena, el mundo le culparía a él, y todos morirían como animales de granja por su estulticia y molicie.
Luego, por la tarde, se volvió a mirar al espejo y se notó mejorado. Trató de escupir sangre, de arrancarse un diente, de morderse la lengua, de devorarle los intestinos al vecino, de sufrir un ataque epiléptico, de vomitar entre convulsiones. Nada.
Sintió un odio tremendo por sí mismo y por todos los seres humanos, esa especie biológicamente frágil que había sobrevivido, una vez más, de pura casualidad.
Trató de hacerse a la idea. No es fácil asumir que la especie a la que has pertenecido desde tu nacimiento está al borde de una extinción violenta y dolorosa, pero si además todo comienza en ti, en tu propio organismo, la cosa adquiere aún una mayor dimensión.
Probablemente todo comenzaría con vómitos, temblores, convulsiones; tal vez los ojos enrojecieran como los de un diablo, tal vez la piel se llenara de llagas purulentas, o se cayeran los dientes, o empezaran todos a escupir toneladas de sangre. Todo ello llevaría a una muerte espantosa.
En escasos días las ciudades serían un caos, los servicios habrían dejado de funcionar, las calles se encontrarían llenas de cadáveres y la humanidad habría quedado reducida a un puñado de almas en pena vagando sin sentido y esperando su contagio, condenación y muerte definitiva.
Ante tal perspectiva, decidió pasarse por la consulta de un especialista.
Cuando el galeno le dijo que se trataba de un vulgar principio de resfriado, su rabia se desató. Cómo se atrevía, su ineptitud supondría el fin de la raza humana, por Dios, si ni siquiera intentaba ponerlo en cuarentena, el mundo le culparía a él, y todos morirían como animales de granja por su estulticia y molicie.
Luego, por la tarde, se volvió a mirar al espejo y se notó mejorado. Trató de escupir sangre, de arrancarse un diente, de morderse la lengua, de devorarle los intestinos al vecino, de sufrir un ataque epiléptico, de vomitar entre convulsiones. Nada.
Sintió un odio tremendo por sí mismo y por todos los seres humanos, esa especie biológicamente frágil que había sobrevivido, una vez más, de pura casualidad.
lunes, 2 de mayo de 2011
No todo es lo que parece
Una vez conocí a un tipo que no salía en las fotos. No me refiero a ese tipo de gente que se retira cuando todos los demás ponen cara de estúpido y sonríen al objetivo, ni a los que se tapan el rostro para escapar de los paparazzi. Este tipo del que hablo decía padecer una extraña anomalía celular, una especie de mutación genética que impedía que ciertos tipos de luz se reflejaran sobre él. Tampoco se veía en los espejos, por tanto. Así, al menos, lo explicaba él. Tanto por una cualidad como por la otra había quien le llamaba "vampiro". Yo, desde luego, solo me encontraba con él por las noches. Tal vez para alimentar su propia leyenda solía frecuentar el Gothic, ese antro oscuro y andrajoso donde tantas copas tomamos juntos antes de que terminaran por cerrarlo, siempre con su amplia gabardina negra y su rostro pálido como la luz de la luna...
Aunque esto último, su palidez natural, bien pudiera deberse a una afección derivada de la hemofilia que, según me contó, padecía desde pequeño y que le obligaba a llevar en los bolsillos de su gabardina bolsas de sangre "para casos de urgencia", decía él, aunque nunca supe muy bien cómo las usaba.
Era, en cualquier caso, un tipo interesante, agradable y leal, aunque con un humor un tanto macabro: una vez que había tomado alguna copa de más de aquel extraño brebaje que siempre le pedía al mismo camarero del Gothic me contó, entre susurros, que había degollado a su casero y que lo tenía colgado del techo, en el salón, desangrándose mientras recogía su sangre en un barreño. Cómo nos reímos aquella noche...
Todo aquello fue antes de que nos distanciáramos, antes de que cerraran el Gothic. Todavía recuerdo la noche en la que entré en el aseo y me lo encontré allí con una chica. "No es lo que parece", me dijo, y sonrió. Yo me retiré, no soy yo de esos que se meten en asuntos ajenos, y si él lo dijo, sería verdad, pero recuerdo perfectamente la bella imagen que se captaba en el espejo del lavabo, ese espejo que, incapaz de reflejarle a él, mostraba a la joven casi levitando, mirando al infinito con ojos suplicantes, mientras de su cuello brotaban como por arte de magia dos tremendos chorros de sangre...
Aunque esto último, su palidez natural, bien pudiera deberse a una afección derivada de la hemofilia que, según me contó, padecía desde pequeño y que le obligaba a llevar en los bolsillos de su gabardina bolsas de sangre "para casos de urgencia", decía él, aunque nunca supe muy bien cómo las usaba.
Era, en cualquier caso, un tipo interesante, agradable y leal, aunque con un humor un tanto macabro: una vez que había tomado alguna copa de más de aquel extraño brebaje que siempre le pedía al mismo camarero del Gothic me contó, entre susurros, que había degollado a su casero y que lo tenía colgado del techo, en el salón, desangrándose mientras recogía su sangre en un barreño. Cómo nos reímos aquella noche...
Todo aquello fue antes de que nos distanciáramos, antes de que cerraran el Gothic. Todavía recuerdo la noche en la que entré en el aseo y me lo encontré allí con una chica. "No es lo que parece", me dijo, y sonrió. Yo me retiré, no soy yo de esos que se meten en asuntos ajenos, y si él lo dijo, sería verdad, pero recuerdo perfectamente la bella imagen que se captaba en el espejo del lavabo, ese espejo que, incapaz de reflejarle a él, mostraba a la joven casi levitando, mirando al infinito con ojos suplicantes, mientras de su cuello brotaban como por arte de magia dos tremendos chorros de sangre...