domingo, 27 de febrero de 2011

La sutil magia del espionaje

Cuentan las crónicas que, a principios del siglo pasado, hubo en Escocia un tipo que dedicó su vida, sin razón aparente, a espiar a los demás. Así, al menos, lo refiere una pequeña reseña del Edinburgh Evening News el 18 de octubre de 1920. Dicha fecha coincide con la del hallazgo del cadáver del personaje en cuestión, y su historia es tan curiosa que dio lugar a comentarios de todo tipo entre sus conciudadanos, algunos basados en la realidad y otros sumamente exagerados, que se prolongaron durante décadas.
Steve Wilson, que así se llamaba, comenzó a espiar a los demás a la tierna edad de 10 años. Llevó una vida tan gris y anodina como su propio nombre, lo cual es lógico si tenemos en cuenta su dedicación al espionaje y la discreción que de ella se supone. Vivió, trabajó en una imprenta, no tuvo mujer ni descendencia, se paseó la ciudad de cabo a rabo siguiendo a los demás y los clasificó, detallando actividades, aficiones e incluso perversiones y secretos, en un inmenso archivo que, en el momento de la muerte de Wilson o, más bien, de su hallazgo en un mugriento piso dos semanas después de la muerte real, constaba ya de más de 3.600 individuos, sumando los ya fallecidos y los jóvenes de reciente "adquisición" por el espía en cuestión.
La pregunta es: "¿cómo puede alguien espiar a 3.000 personas al mismo tiempo?" Y la respuesta de Wilson, probablemente, sería: "porque nadie hace, en el fondo, nada especial". Y así, por cierto, lo corroboran las fichas de Wilson.
Una vida gris siguiendo a miles de individuos grises.
"Hay algo de morbosa posesión en el hecho de espiar a los demás. Mientras los observe sin denotar mi presencia soy su dueño, su amo, soy un ser superior a ellos". Estas palabras, tomadas de uno de los relatos holmesianos de Arthur Conan Doyle, apareció recortada y pegada sobre la funda de los archivos de Wilson y, a buen seguro, explica en parte sus motivaciones.
Lo más curioso del caso es que tres meses después de la aparición de la reseña en el Edinburgh Evening News un tal McIntyre reclamó como suyos todos los archivos de Wilson. Aseguró haber espiado regularmente a Wilson desde que este tenía 12 años, movido por la curiosidad, y que había persistido en esa labor durante ni más ni menos que 48 años. Como prueba mostró un impresionante dossier en el que Wilson era analizado día a día en sus más insignificantes actos, desde ir al baño a espiar al prójimo, a miles de ellos, de hecho.
McIntyre aseguró que 48 años le daban el derecho de posesión sobre Wilson y, muerto este, sobre su trabajo.
No quedan, lamentablemente, indicios que nos puedan llevar a conocer el destino definitivo de los archivos de Wilson. Tampoco vuelven las hemerotecas a hacer referencia a este McIntyre, ni a ningún otro ser, superior entre los superiores, que hubiera dedicado su vida a espiar a McIntyre mientras este espiaba a Wilson mientras este espiaba a sus convecinos.
Una lástima, desde luego.

domingo, 20 de febrero de 2011

El cuarto poder

No son la prensa, desde luego. Fueron ellos quienes dijeron que el cuarto poder era la prensa, utilizándola como cortina de humo, y nadie se dio cuenta, y los de la prensa tan contentos y felices, orgullosos de creerse el cuarto poder y de que todo el mundo lo supiera. Solo un ingenuo puede creer que tiene el poder y que todo el mundo lo sabe. Si todos saben quién es su poseedor, ningún poder dura mucho sin cambiar de manos.
A ellos, por supuesto, no los conoce nadie.
No son el Club Bilderberg, evidentemente. Demasiado glamur, demasiado vestidito y traje de Armani, demasiada alfombra roja. Más preparados para comer canapés que para manejar el mundo. Y en su deseo de ocultarse, precisamente, o más concretamente en el deseo de que los demás sepan que se ocultan, radica su debilidad.
A ellos, por supuesto, nadie les para por la calle para señalarles con el dedo y pedirles un autógrafo, talvez porque no conducen Mercedes, ni se alojan en el Hilton. Solo se reúnen, de vez en cuando, y arreglan el mundo... a su gusto, claro. Que si nos inventamos una guerra, que si extendemos el pánico por una enfermedad, que si agrandamos el temor por catástrofes naturales que solo nosotros podríamos evitar, que si les hacemos comer lo que queremos, oír lo que queremos, ver lo que queremos, saber lo que queremos, única y exclusivamente, aunque no se trate más que de una enorme mentira.
La idea es hacerles creer, a todos, a la gente, al mundo, que son más de lo que son, y que lo que tienen vale tanto la pena que lo mejor es no hacer nada, no vaya a ser que la situación cambie. Si consiguen que la gente tenga miedo a los cambios, ya han dado un gran paso; si consiguen que ni siquiera piensen en cambiar, han dado el paso definitivo.
No son el cuarto poder, qué demonios. Son el primero y el único, y su mundo, para ellos, el perfecto y definitivo...

domingo, 13 de febrero de 2011

Chamanismo doméstico

Después de varios meses de caminos escarpados, de alturas vertiginosas, de llanuras inabarcables, de tundra, de taigas, de estepa, después de combatir contra manadas de lobos hambrientos, de dormir al raso a temperaturas inhumanas, de preguntar a unos y a otros sin obtener respuesta y de continuar adelante pese a todo, inasequible al desaliento, el viajero se encontró frente al chamán.
- Perdone, Sr. Chamán, ¿me podría tirar al suelo esos huesitos y analizarlos para decirme algo de mi futuro?
El chamán, ataviado con la piel de un oso que debió de ser enorme, cargado de abalorios y piedrecitas de colores, con la piel curtida por el sol y el paso del tiempo, con el rostro cubierto de arrugas, arrojó los huesos y caviló durante unos segundos que al viajero se le hicieron más largos y pesados que todos los meses de viaje hasta llegar allí. Al fin habló.
- Has cometido un error, viajero. Eso es lo que dicen los huesos.
- ¿Qué error?
- No tenías que haber venido. Sólo esto pueden decirte los huesos. Esto y nada más.
El chamán permaneció impertubable. El viajero quedó estupefacto. Se levantó y comenzó el camino que le llevaría de vuelta al lugar de donde había venido.
Años después se le ocurriría pensar que tal vez los huesos le dirían, si en aquel momento volviera a consultarlos, que dejar al chamán y volverse sin decir nada había sido otro error. Un segundo error, tan grave como el primero. Tal vez debió quedarse un tiempo conviviendo con la tribu. Ir había sido un error, pero quedarse podría ser un acierto. ¿Sería eso lo que quiso decir el chamán? No obstante, pensó, no iba a volver allí para preguntarlo.

sábado, 5 de febrero de 2011

Aquel día no había muerto nadie

- Y tanto guardar, ¿para qué? - pensaba mientras mascaba chicle mecánicamente. - Tanto dato, tanto registro, tanto investigar, y archivar, y fichar, y recordar, y todo para perdurar en la memoria de los tiempos. ¡Qué le importará a los humanos del futuro cómo somos ahora!
Había poco trabajo aquel día. Ni un cliente en toda la mañana. Por eso había sacado una silla a la entrada y se había sentado a tomar el fresco. No hay nada como el ocio para permitir que vuele la imaginación.
- En el pasado se preocuparon bien poco de archivar. Se dedicaban más bien a vivir, supongo. O más bien a sobrevivir. Y lo que consideraban importante ahora nos importa tres pimientos a nosotros. A nosotros nos interesa más lo que ellos no tuvieron interés en recoger, por eso buscamos en sus restos, por eso especulamos sobre su vida diaria, por eso entre mil fajos de papel sagrado nos volvemos locos al encontrar uno que, precisamente, estaba allí de casualidad.
Se le posó una mosca en el brazo. Ya empezaba a hacer calor.
- Probablemente, si les interesa algo de nosotros, será aquello que precisamente menos estemos valorando en la actualidad. Tal vez algo que tengamos delante y a lo que no le demos la menor importancia. Es todo una cuestión de perspectiva. Tal vez archivar no sirve para nada. Para crear una falsa impresión de eternidad, como mucho.
Miró el letrero de su negocio: "Ataúdes Jiménez". Hoy, seguramente, no se había muerto nadie...
- Al menos yo no me quedaré sin trabajo. Los muertos siempre existirán. Aunque, pensándolo bien, guardar cuerpos inertes sí que es guardar un elemento inútil. Quizá en el futuro no les den a los cuerpos muertos ningún valor, ni les rindan culto, ni los metan en cajas. Quizá hasta la muerte pierda trascendencia. Quizá en el futuro le den a la vida el valor que tiene, también, sin menospreciarla, pero sin sobrevalorarla. O quizá el futuro no exista y se acabaron los problemas...
Sopló de repente una ligera brisa que refresco el ambiente. Escupió el chicle. Aquel día no había muerto nadie...