El Señor Presidente tomó, como cada lunes a primerísima hora, el informe de los Servicios Secretos. "Nada nuevo bajo el sol de nuestra poderosa nación", pensó. Un sistema fuerte, unos servicios de seguridad eficaces, una población homogénea y obediente.
"Pero mantener impoluta esta balsa de aceite tiene un precio", había dicho en algún Consejo de Ministros antes de que estos rompieran a aplaudirle y colmar de alabanzas su porte y su capacidad de liderazgo. Por eso, entre otras razones, enviaba a los chicos del Servicio Secreto a peinar los pueblos y ciudades en busca de disidentes, de librepensadores, de todo aquel que cuestionara, de pensamiento, palabra, obra u omisión, su indiscutible autoridad.
Y si no los encontraban, los Servicios Secretos tenían orden de inventarlos.
"Todo es psicología, control mental", solía pensar, "actuarán como deben si nos temen, y nos temerán más cuanto menos nos conozcan". De modo que los Servicios Secretos se habían convertido para la población en una especie de demonio, en una leyenda, en un personaje de cuento de terror. De tanto en tanto alguien desaparecía, sin motivo aparente, y no se volvía a saber de él. "Han sido los Servicios Secretos", se decía, y todos callaban, "si han sido los Servicios Secretos será por algo", y bajaban la cabeza, aterrorizados como un niño después de una pesadilla.
Así que el Señor Presidente abrió el informe y comenzó a firmar las autorizaciones de detención. "En veinticuatro horas hasta sus registros habrán desaparecido del censo, no quedará ni rastro". En la última página, un grito ahogado brotó de sus labios. Ahí estaba, en el informe maldito, su propia cara, como una broma de mal gusto.
Al Señor Presidente empezó a sudarle el cuello de la camisa, a picarle la nuca, a molestarle la corbata. Se sintió sucio y pesado, se sintió observado, giró sobre sí mismo buscando cámaras de seguridad, tanteó la mesa para encontrar micrófonos. Nada.
Aquella era su cara, y su nombre, y los Servicios Secretos nunca se equivocaban. ¿Sería él, en realidad, un traidor a la patria? Pero, ¿cómo iba a ser así? ¡Si la patria era él!
"No firmaré... por supuesto que no firmaré... ¡habrase visto! Pero el sistema... el sistema es perfecto, si desacredito a los Servicios Secretos habré provocado una fractura, una grieta, un precedente inadmisible... perdería mi credibilidad, parecería un gesto arbitrario, y eso sería fatal...".
Así que firmó, aunque ni él mismo sabía muy bien por qué. "El sistema es el sistema, desde luego, uno no tiene que entenderlo, sólo tiene que cumplir con su función para hacer que perdure". Y su función era firmar aquellos informes...
Se reclinó, por tanto, en su sillón presidencial. Veinticuatro horas después dejaría de existir, los Servicios Secretos son infalibles. ¿Cómo sería la nación sin él? Sentía curiosidad, lástima que no pudiera verlo...
sábado, 29 de enero de 2011
domingo, 23 de enero de 2011
2084
Aquel era, desde luego, un libro electrónico prohibido, fuera de los círculos comerciales y de los derechos de promoción. Por eso esperó hasta que a las 10 de la noche, como siempre desde que tenía memoria, se apagaron las luces de la ciudad y las baterías de los vehículos, y se cerraron las persianas de todas las viviendas.
Solo entonces comenzó a leer el libro, con temor reverencial a los detectores de ruido y de humo que el gobierno había colocado en todos los techos de la ciudad, y cuya activación constituía flagrante delito y severa multa. "La sociedad del riesgo", se titulaba. ¿No era esa la expresión oficial para hacer referencia a la sociedad del pasado, antes del supremo bienestar y de la paz universal?
El libro hablaba de sociedades utópicas, de pasados remotos en los que los humanos opinaban y discrepaban, en los que el diálogo era aceptado, en los que vivir era una aventura y la libertad un valor. Pensó que el autor deliraba, no le extrañaba que estuviera prohibido, escribir ficción podía conducir a penas de extrema dureza.
En esa sociedad los humanos morían por enfermedades, no existía la medicina genética digital, sino que otros humanos, los doctores, los llamaban, ofrecían sustancias que curaban los males. ¿Y la gente, entonces, no elegía cuándo morir?
El libro contaba cómo ellos le dijeron a la población que no asumieran riesgos, que ciertas costumbres eran viciosas y perniciosas, que pensar llevaba a la disensión y esta al conflicto, que ya ellos pensarían por todos los demás, que el contacto humano desataba fricciones. ¿Que provocaba placer? Y qué más da. Olvídemos el placer y dediquémonos a evitar los riesgos para conseguir la paz universal.
Nadie sabía quiénes eran ellos, pero estaban tan seguros de sí mismos...
Fue todo esto lo que precipitó los acontecimientos, lo que llevó a continuar con las prohibiciones, se prohibieron los desplazamientos de larga duración, gran parte de los alimentos de consumo habitual, los gritos, las protestas. Se prohibió mostrar infelicidad en público.
Cuando las prohibiciones fueron demasiadas, el departamento de justicia emitió un nuevo código legal en el que no aparecían los actos delictivos, sino solo los permitidos. Ese fue el origen de la prohibición de salir a la calle. El aire contaminado era un riesgo más a evitar.
Pensó que aquel libro le resultaba extrañamente interesante. Un mundo de fantasía, lejos de la sociedad perfecta en la que habitaba. Mientras se tomaba su pastilla-cena y asimilaba sus nutrientes pensó en cómo sería vivir peligrosamente. Salir a la calle, qué locura.
Guardó el libro, bien guardado. No quería que los sensores de movimiento que patrullaban por la calle detectaran su presencia en el salón. Tocaba acostarse y dormir las cinco horas reglamentarias. Menos mal que le había tocado vivir en la sociedad de la felicidad universal, vivir en el pasado hubiera sido horrible. Aunque aquel libro... quizá volvería al día siguiente a leer unas páginas. La premisa constitucional estaba clara, desde luego, la felicidad era que todos pensasen lo mismo, pero pensar un poquito diferente... solo un poquito... quizá nadie se diera cuenta...
Solo entonces comenzó a leer el libro, con temor reverencial a los detectores de ruido y de humo que el gobierno había colocado en todos los techos de la ciudad, y cuya activación constituía flagrante delito y severa multa. "La sociedad del riesgo", se titulaba. ¿No era esa la expresión oficial para hacer referencia a la sociedad del pasado, antes del supremo bienestar y de la paz universal?
El libro hablaba de sociedades utópicas, de pasados remotos en los que los humanos opinaban y discrepaban, en los que el diálogo era aceptado, en los que vivir era una aventura y la libertad un valor. Pensó que el autor deliraba, no le extrañaba que estuviera prohibido, escribir ficción podía conducir a penas de extrema dureza.
En esa sociedad los humanos morían por enfermedades, no existía la medicina genética digital, sino que otros humanos, los doctores, los llamaban, ofrecían sustancias que curaban los males. ¿Y la gente, entonces, no elegía cuándo morir?
El libro contaba cómo ellos le dijeron a la población que no asumieran riesgos, que ciertas costumbres eran viciosas y perniciosas, que pensar llevaba a la disensión y esta al conflicto, que ya ellos pensarían por todos los demás, que el contacto humano desataba fricciones. ¿Que provocaba placer? Y qué más da. Olvídemos el placer y dediquémonos a evitar los riesgos para conseguir la paz universal.
Nadie sabía quiénes eran ellos, pero estaban tan seguros de sí mismos...
Fue todo esto lo que precipitó los acontecimientos, lo que llevó a continuar con las prohibiciones, se prohibieron los desplazamientos de larga duración, gran parte de los alimentos de consumo habitual, los gritos, las protestas. Se prohibió mostrar infelicidad en público.
Cuando las prohibiciones fueron demasiadas, el departamento de justicia emitió un nuevo código legal en el que no aparecían los actos delictivos, sino solo los permitidos. Ese fue el origen de la prohibición de salir a la calle. El aire contaminado era un riesgo más a evitar.
Pensó que aquel libro le resultaba extrañamente interesante. Un mundo de fantasía, lejos de la sociedad perfecta en la que habitaba. Mientras se tomaba su pastilla-cena y asimilaba sus nutrientes pensó en cómo sería vivir peligrosamente. Salir a la calle, qué locura.
Guardó el libro, bien guardado. No quería que los sensores de movimiento que patrullaban por la calle detectaran su presencia en el salón. Tocaba acostarse y dormir las cinco horas reglamentarias. Menos mal que le había tocado vivir en la sociedad de la felicidad universal, vivir en el pasado hubiera sido horrible. Aunque aquel libro... quizá volvería al día siguiente a leer unas páginas. La premisa constitucional estaba clara, desde luego, la felicidad era que todos pensasen lo mismo, pero pensar un poquito diferente... solo un poquito... quizá nadie se diera cuenta...
lunes, 17 de enero de 2011
Imagina
Imagina que el mundo solo existe porque nosotros lo concebimos, que es verdad lo que nos cuentan los más radicales de entre los subjetivistas.
Imagina que no hay realidad más allá de ti mismo, que tú creas el mundo y que absolutamente nadie sabe cómo ese mundo, tu mundo, realmente es. ¿Y si cada uno de nosotros viéramos un mundo absolutamente diferente? ¿Y si lo que tú llamas azul no se parece en nada a lo que llamo azul yo?
Imagina que con cada sujeto perceptor que desaparece, desaparece también un mundo, "su" mundo particular. Que todo en ese mundo deja de existir si nadie lo percibe. ¿Hace algún ruido un árbol que cae, absolutamente solo, en mitad del bosque?
Solo existe, según esto, lo que percibimos. Por eso no existen más galaxias que las que, como mucho, intuimos, y si descubriéramos alguna nos sentiríamos como si la hubiésemos creado. Por eso existe Batman, y Sancho Panza, y Luke Skywalker. Porque existen, en tu imaginación o en la mía, o en un mundo que creemos imaginación y es tan real como el que creemos habitar. ¿Qué más da dónde existen, si el caso es que existen? Y si lo dudas, ¿por qué no te extraña que te esté hablando de ellos?
Imagina ahora que desaparece el ser humano, así, en general, que se apagan a la vez todos los mecanismos receptores del mundo. Adiós mundo, adiós universo, girando en el vacío como un árbol cayendo solo en el bosque.
Siempre nos quedarán los dioses, no obstante, para crear nuevos sujetos que creen nuevos mundos al comprobar que, efectivamente, están en ellos. Y si no, que los imaginen, ¿no?, si esa es otra forma de existir.
¿Y si los dioses dejan de existir? O peor aún: ¿y si los dioses existen, igual que existe todo lo demás, únicamente porque nosotros los percibimos?
Imagina.
Imagina que no hay realidad más allá de ti mismo, que tú creas el mundo y que absolutamente nadie sabe cómo ese mundo, tu mundo, realmente es. ¿Y si cada uno de nosotros viéramos un mundo absolutamente diferente? ¿Y si lo que tú llamas azul no se parece en nada a lo que llamo azul yo?
Imagina que con cada sujeto perceptor que desaparece, desaparece también un mundo, "su" mundo particular. Que todo en ese mundo deja de existir si nadie lo percibe. ¿Hace algún ruido un árbol que cae, absolutamente solo, en mitad del bosque?
Solo existe, según esto, lo que percibimos. Por eso no existen más galaxias que las que, como mucho, intuimos, y si descubriéramos alguna nos sentiríamos como si la hubiésemos creado. Por eso existe Batman, y Sancho Panza, y Luke Skywalker. Porque existen, en tu imaginación o en la mía, o en un mundo que creemos imaginación y es tan real como el que creemos habitar. ¿Qué más da dónde existen, si el caso es que existen? Y si lo dudas, ¿por qué no te extraña que te esté hablando de ellos?
Imagina ahora que desaparece el ser humano, así, en general, que se apagan a la vez todos los mecanismos receptores del mundo. Adiós mundo, adiós universo, girando en el vacío como un árbol cayendo solo en el bosque.
Siempre nos quedarán los dioses, no obstante, para crear nuevos sujetos que creen nuevos mundos al comprobar que, efectivamente, están en ellos. Y si no, que los imaginen, ¿no?, si esa es otra forma de existir.
¿Y si los dioses dejan de existir? O peor aún: ¿y si los dioses existen, igual que existe todo lo demás, únicamente porque nosotros los percibimos?
Imagina.
miércoles, 12 de enero de 2011
Apaga la luz
Estabas durmiendo, podrías jurarlo. Estabas durmiendo y te ha despertado la sensación de una presencia extraña a los pies de tu cama. La percibes, tus ojos siguen cerrados, ni siquiera te has movido, pero tus sentidos se han abierto de par en par.
Alguien te observa, en la oscuridad, mientras duermes. Lo hueles, dirías que oyes su respiración, muy cerca de tu oído, tal vez quiera susurrarte algo, o tal vez sea el roce de sus ropas contra tus sábanas.
Te mata la curiosidad y te come la inquietud y, sin embargo, jamás osarías abrir los ojos y enfrentar la realidad. La realidad puede ser peor que cualquiera de tus miedos.
Por tu cabeza pasan en cuestión de segundos visitantes de dormitorio, abducciones extraterrestres, súcubos, apariciones marianas, asesinos psicópatas, espíritus del más allá, poseídos, tipos extraños con gabardina y patitas de cabra, dragones de fantasía, niños japoneses con voz cavernaria, monstruos que salen del armario, chicas en camisón con las cuencas de los ojos huecas, revelaciones divinas, impregnaciones del pasado, trastornos mentales, universos paralelos, puertas interdimensionales, reptilianos, anunnakis, ángeles caídos, arcángeles no caídos, tunas que cantan serenatas, ladrones, secuestradores, ratas, culebras y otros insectos, vampiros, zombies, infectados, hologramas, proyecciones del más allá, hombres de las estrellas, máquinas del tiempo, presentadores de telediario, sátiros, ninfas, descuartizadores, chupacabras, hombres del saco, genios de la lámpara, calaveras portadoras de guadañas, demonios tentadores, almas en pena, fantasmas interiores, los placeres más sublimes y las torturas más terroríficas.
Pero sabes que la realidad puede, perfectamente, superar a la ficción.
Así que continúas con los ojos cerrados y tratas de volver a dormirte. Piensas que si tiene que pasar algo, ya pasará. Comienzas a contar ovejitas que saltan vallas...
Alguien te observa, en la oscuridad, mientras duermes. Lo hueles, dirías que oyes su respiración, muy cerca de tu oído, tal vez quiera susurrarte algo, o tal vez sea el roce de sus ropas contra tus sábanas.
Te mata la curiosidad y te come la inquietud y, sin embargo, jamás osarías abrir los ojos y enfrentar la realidad. La realidad puede ser peor que cualquiera de tus miedos.
Por tu cabeza pasan en cuestión de segundos visitantes de dormitorio, abducciones extraterrestres, súcubos, apariciones marianas, asesinos psicópatas, espíritus del más allá, poseídos, tipos extraños con gabardina y patitas de cabra, dragones de fantasía, niños japoneses con voz cavernaria, monstruos que salen del armario, chicas en camisón con las cuencas de los ojos huecas, revelaciones divinas, impregnaciones del pasado, trastornos mentales, universos paralelos, puertas interdimensionales, reptilianos, anunnakis, ángeles caídos, arcángeles no caídos, tunas que cantan serenatas, ladrones, secuestradores, ratas, culebras y otros insectos, vampiros, zombies, infectados, hologramas, proyecciones del más allá, hombres de las estrellas, máquinas del tiempo, presentadores de telediario, sátiros, ninfas, descuartizadores, chupacabras, hombres del saco, genios de la lámpara, calaveras portadoras de guadañas, demonios tentadores, almas en pena, fantasmas interiores, los placeres más sublimes y las torturas más terroríficas.
Pero sabes que la realidad puede, perfectamente, superar a la ficción.
Así que continúas con los ojos cerrados y tratas de volver a dormirte. Piensas que si tiene que pasar algo, ya pasará. Comienzas a contar ovejitas que saltan vallas...
miércoles, 5 de enero de 2011
La conjunción Júpiter-Urano
Se levantó agitado de su mesa de trabajo y comenzó a moverse por la habitación como ausente, de un lado para otro, rascándose compulsivamente la cabeza en un gesto que repetía hasta la saciedad cuando las preocupaciones le perturbaban.
- Júpiter-Urano... -susurraba para sus adentros. - Júpiter-Urano... ¿pero cómo no me he dado cuenta antes?
Mecánicamente se volvió a inclinar sobre los papelajos amarillentos que se desparramaban por la mesa. En ellos podían verse mapas del cielo, cartas astrales, constelaciones, y toda una parafernalia más propia de un druida medieval o de un navegante renacentista que de un gris urbanita. Cualquiera diría que el universo se había dado la vuelta y ahora el cielo se había tumbado, boca arriba, a mirar el techo de aquella habitación.
- Ahora lo entiendo todo... los planetas no mienten. La conjunción Júpiter-Urano, la oposición de Saturno, las cuadraturas de Plutón, maldito Plutón, esta será tu venganza por la ofensa sufrida, me gustaría ver las caras de esos engreídos de la Unión Astronómica Internacional cuando comprueben tu poder y tu influencia. Planeta enano, ¿no? Pues ahí la llevan...
Echó una última ojeada a sus papeles, comprobó que sus cálculos eran correctos, se asomó a la ventana y miró al cielo, tal vez buscando respuestas sobre el terreno, tal vez para recordar la imagen que vería por última vez. Preparó sus cosas, las metió en una pequeña maleta y bajó a su sotano.
- Aquí arriba ya no hay nada que hacer... -mascullaba como una cantinela mientras se perdía en la oscuridad de las escaleras y cerraba las puertas tras de sí.
A la mañana siguiente preguntaron por él en el trabajo. A la semana, su familia denunció a la policía su desaparición.
Nadie, por supuesto, volvió a saber de él.
- Júpiter-Urano... -susurraba para sus adentros. - Júpiter-Urano... ¿pero cómo no me he dado cuenta antes?
Mecánicamente se volvió a inclinar sobre los papelajos amarillentos que se desparramaban por la mesa. En ellos podían verse mapas del cielo, cartas astrales, constelaciones, y toda una parafernalia más propia de un druida medieval o de un navegante renacentista que de un gris urbanita. Cualquiera diría que el universo se había dado la vuelta y ahora el cielo se había tumbado, boca arriba, a mirar el techo de aquella habitación.
- Ahora lo entiendo todo... los planetas no mienten. La conjunción Júpiter-Urano, la oposición de Saturno, las cuadraturas de Plutón, maldito Plutón, esta será tu venganza por la ofensa sufrida, me gustaría ver las caras de esos engreídos de la Unión Astronómica Internacional cuando comprueben tu poder y tu influencia. Planeta enano, ¿no? Pues ahí la llevan...
Echó una última ojeada a sus papeles, comprobó que sus cálculos eran correctos, se asomó a la ventana y miró al cielo, tal vez buscando respuestas sobre el terreno, tal vez para recordar la imagen que vería por última vez. Preparó sus cosas, las metió en una pequeña maleta y bajó a su sotano.
- Aquí arriba ya no hay nada que hacer... -mascullaba como una cantinela mientras se perdía en la oscuridad de las escaleras y cerraba las puertas tras de sí.
A la mañana siguiente preguntaron por él en el trabajo. A la semana, su familia denunció a la policía su desaparición.
Nadie, por supuesto, volvió a saber de él.