El chico estaba callado, escuchando. Miraba a unos y a otros, a todos los que se encontraban alrededor de aquella mesa, todos hablando sin parar, que si esto, que si lo otro. De vez en cuando asentía, sonreía confirmando su presencia y su atención, pero ni una palabra había aún brotado de sus labios cuando uno de los presentes se fijó en él y le dirigió directamente la palabra.
- Eh, y tú, ¿qué? Cuéntate algo, ¿no?
El chico se encogió de hombros. ¿Para qué?, parecía decir con su gesto, si yo me conformo con escuchar.
- Venga, hombre, no seas tan callado. Algo tendrás que decir.
En esta ocasión, el chico negó con la cabeza, visiblemente incómodo.
- Ni siquiera sabemos cómo es tu voz. ¿Es que no vas a decirnos nada? ¡Seguro que tienes algo que decir! Vamos, hombre, que no nos vamos a reír de ti...
Entonces sucedió algo inesperado. El chico se inclinó sobre la mesa, miró a unos y a otros y abrió la boca para decir algo, pero lo que salió de entre sus dientes fue una lengua enorme y viscosa, un músculo húmedo de varios metros de longitud que, es de suponer, había permanecido hasta entonces enrollado en la garganta de su poseedor como la de un camaleón. El chico trataba de explicarse, agitaba los brazos impotente y su aparato fonador, colmado por semejante monstruo, sólo podía emitir estertores y sonidos guturales.
Hubo quien chilló histéricamente y quien pretendió levantarse de su asiento y abandonar la reunión visiblemente ofendido, qué falta de educación y de compostura, qué mal gusto el de mostrar semejante atrocidad. Sin embargo, la lengua comenzó a agitarse con vida propia, volcó todas las copas, bañó en saliva la ensalada y las flores que se disponían en el centro de mesa y golpeó, de un solo golpe prolongado y certero, el rostro de todos los presentes, un formidable guantazo lingüístico que acabó con todos por el suelo.
El chico, ligeramente avergonzado y aún sin decir "esta boca es mía", mostraba las palmas de sus manos en una expresión que hubo quien interpretó como un "qué queréis, yo no tengo la culpa, yo estaba muy bien calladito".
Entre los presentes, esta vez sí y durante un buen rato, se hizo, por fin, el silencio.
domingo, 26 de septiembre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
Verano nuclear
¿Y si el mundo se encontrara cubierto de nieblas perpetuas?
Entonces el ser humano no hubiera necesitado desarrollar el sentido de la vista, ver qué, si el mundo no permite percibir lo situado a más de un palmo de distancia. No existiría el paisaje, ni el horizonte, ni los astros que penden del cielo, ni la visión en profundidad, ni los estudios pictóricos, y sus habitantes habrían tenido que adaptarse, tal vez desarrollar el oído o algún otro sentido que nos es, a día de hoy, desconocido.
Si el mundo se poblara de nieblas así, de repente, el ser humano inadaptado se encontraría desorientado, perdido, tal vez incapaz, en un primer momento, de desarrollar las actividades que antes componían su vida. Habría que inventar una vida nueva, podríamos decir. Reinventarse o morir.
El sol sería un bien escaso. Tal vez de ese modo el ser humano comprendería su importancia, tal vez la vida se reduciría a lo más básico y verdaderamente importante. Tal vez el tiempo se detuviese; el tiempo es tan caprichoso que si no se lo tiene en cuenta se achica y se disuelve como un azucarillo; y no existirían las horas si todo estuviera cubierto de nieblas, y tal vez los humanos serían peregrinos nómadas buscando encontrar por casualidad una razón para seguir vivos, y tal vez la escasez de luz convertiría todo nuestro entorno en un páramo interminable del que, por otra parte, no seríamos conscientes al no poder percibirlo.
Posiblemente el mundo se terminaría apagando. Se está apagando, de todas maneras, a pesar de la luz y del sentido de la vista. Aunque, si el mundo consiguiera sobrevivir entre nieblas, si un puñado de nómadas solitarios lo recorrieran más por instinto que por interés, algunos aspectos positivos terminarían por destacarse...
Entonces el ser humano no hubiera necesitado desarrollar el sentido de la vista, ver qué, si el mundo no permite percibir lo situado a más de un palmo de distancia. No existiría el paisaje, ni el horizonte, ni los astros que penden del cielo, ni la visión en profundidad, ni los estudios pictóricos, y sus habitantes habrían tenido que adaptarse, tal vez desarrollar el oído o algún otro sentido que nos es, a día de hoy, desconocido.
Si el mundo se poblara de nieblas así, de repente, el ser humano inadaptado se encontraría desorientado, perdido, tal vez incapaz, en un primer momento, de desarrollar las actividades que antes componían su vida. Habría que inventar una vida nueva, podríamos decir. Reinventarse o morir.
El sol sería un bien escaso. Tal vez de ese modo el ser humano comprendería su importancia, tal vez la vida se reduciría a lo más básico y verdaderamente importante. Tal vez el tiempo se detuviese; el tiempo es tan caprichoso que si no se lo tiene en cuenta se achica y se disuelve como un azucarillo; y no existirían las horas si todo estuviera cubierto de nieblas, y tal vez los humanos serían peregrinos nómadas buscando encontrar por casualidad una razón para seguir vivos, y tal vez la escasez de luz convertiría todo nuestro entorno en un páramo interminable del que, por otra parte, no seríamos conscientes al no poder percibirlo.
Posiblemente el mundo se terminaría apagando. Se está apagando, de todas maneras, a pesar de la luz y del sentido de la vista. Aunque, si el mundo consiguiera sobrevivir entre nieblas, si un puñado de nómadas solitarios lo recorrieran más por instinto que por interés, algunos aspectos positivos terminarían por destacarse...
domingo, 12 de septiembre de 2010
El extranjero
En ocasiones me viene a la memoria el señor Meursault, ese personaje creado por Albert Camus en El extranjero, y hago un repaso a su forma de ver el mundo, a su escepticismo radical, a su pasividad, a ese "nada importa gran cosa porque, al fin y al cabo, todo va a seguir igual", a ese rasgo que comparte con la filosofía oriental y que pinta el mundo de un gris ambiguo, ni blanco ni negro, "y total, si todo va a terminar como tenga que terminar", para qué pretender nada, para qué tener ilusiones.
El señor Meursault ni cree, ni descree. "El señor Meursault vaga por el mundo como un alma en pena, como un cadáver provisto de funciones vitales", dirán unos, "el señor Meursault ha comprendido el absurdo del mundo y se acerca a la beatitud", dirán otros.
Y lo más gracioso es que al señor Meursault, con seguridad, todo lo que dijeran de él le daría igual. Si la sociedad le recrimina, él ni se inmuta; si le ignora, ni se entera.
Y yo, en ocasiones, pienso en él para llegar a la conclusión de que no concluyo nada, de qué no sé si censurarlo o admirarlo, de qué quizá sea un privilegiado, quizá un condenado, quizá un cínico estúpido. Aunque si a él le daría igual, no sé por qué debería importarme a mí...
El señor Meursault ni cree, ni descree. "El señor Meursault vaga por el mundo como un alma en pena, como un cadáver provisto de funciones vitales", dirán unos, "el señor Meursault ha comprendido el absurdo del mundo y se acerca a la beatitud", dirán otros.
Y lo más gracioso es que al señor Meursault, con seguridad, todo lo que dijeran de él le daría igual. Si la sociedad le recrimina, él ni se inmuta; si le ignora, ni se entera.
Y yo, en ocasiones, pienso en él para llegar a la conclusión de que no concluyo nada, de qué no sé si censurarlo o admirarlo, de qué quizá sea un privilegiado, quizá un condenado, quizá un cínico estúpido. Aunque si a él le daría igual, no sé por qué debería importarme a mí...
viernes, 10 de septiembre de 2010
Demasiadas novelas de Stephen King
"¡Vaya tío más tonto!", pensaba mientras salía de la tienda de electrodomésticos con la máquina trituradora entre las manos. "¿Qué se habrá creído ese jovenzuelo, que por hacer de vendedor puede andar bromeando con los clientes? ¡Vaya confianzas!".
En realidad, y bien mirado, tenía su gracia. Aquel chico hablando sobre las virtudes de la trituradora y su sorprendente precio, ella casi convencida, y de repente un rostro serio, una voz cavernosa y una estúpida advertencia en plan "tenga cuidado con esta trituradora, está maldita", todo acompañado, cómo no, de una risa macabra. Qué chico tan desconsiderado, de verdad, a punto estuvo de hablar con su jefe. No obstante, prefirió pasarlo por alto y comprar de todos modos el aparato, intentando olvidar a aquel desagradable que, seguramente, sería un fanático del cine gore y habría leído demasiadas novelas de Stephen King, que últimamente encuentra el mal lo mismo en un frigorífico que en un prospecto de jarabe o un jersey de lana.
Al entrar en casa, aún llevando la trituradora, sintió algo extraño, un escalofrío, un presentimiento. "¿Será verdad que están intentando sugestionarme?", se preguntó, y en realidad no le dio importancia, como tampoco se lo dio a aquella sombra que le pareció ver en el pasillo, ni a la lámpara que se balanceaba. "Bah, corrientes de aire".
Media hora después se encontraba metiendo la mano en la trituradora Star 2000, provista de más de una decena de cuchillas irrompibles y a estrenar. Ella diría que lo estaba haciendo contra su voluntad, aunque entre las voces que habían comenzado a hablar en su cabeza, las ganas de meterle miedo al insolente de la tienda haciendo verdad sus profecías y el monstruo sin ojos que se le había reflejado en el espejo, no estaba segura del todo.
De lo que sí estaba segura, muy segura, es de que aquella broma le estaba doliendo cantidad.
Y de que quien fuera, probablemente no ella, iba a tener que pasar un buen rato limpiando las salpicaduras de sangre que llenaban la cocina.
En realidad, y bien mirado, tenía su gracia. Aquel chico hablando sobre las virtudes de la trituradora y su sorprendente precio, ella casi convencida, y de repente un rostro serio, una voz cavernosa y una estúpida advertencia en plan "tenga cuidado con esta trituradora, está maldita", todo acompañado, cómo no, de una risa macabra. Qué chico tan desconsiderado, de verdad, a punto estuvo de hablar con su jefe. No obstante, prefirió pasarlo por alto y comprar de todos modos el aparato, intentando olvidar a aquel desagradable que, seguramente, sería un fanático del cine gore y habría leído demasiadas novelas de Stephen King, que últimamente encuentra el mal lo mismo en un frigorífico que en un prospecto de jarabe o un jersey de lana.
Al entrar en casa, aún llevando la trituradora, sintió algo extraño, un escalofrío, un presentimiento. "¿Será verdad que están intentando sugestionarme?", se preguntó, y en realidad no le dio importancia, como tampoco se lo dio a aquella sombra que le pareció ver en el pasillo, ni a la lámpara que se balanceaba. "Bah, corrientes de aire".
Media hora después se encontraba metiendo la mano en la trituradora Star 2000, provista de más de una decena de cuchillas irrompibles y a estrenar. Ella diría que lo estaba haciendo contra su voluntad, aunque entre las voces que habían comenzado a hablar en su cabeza, las ganas de meterle miedo al insolente de la tienda haciendo verdad sus profecías y el monstruo sin ojos que se le había reflejado en el espejo, no estaba segura del todo.
De lo que sí estaba segura, muy segura, es de que aquella broma le estaba doliendo cantidad.
Y de que quien fuera, probablemente no ella, iba a tener que pasar un buen rato limpiando las salpicaduras de sangre que llenaban la cocina.
lunes, 6 de septiembre de 2010
El más allá puede ser enorme
Alguien le había dicho que más allá de la cordillera que serpenteaba el horizonte se encontraba su hogar, su Ítaca particular, aquel reposo que llevaba tanto tiempo anhelando. Alguien realmente ignorante, o realmente bromista, o realmente malvado. Porque cuando después de una infinidad de días con sus noches, de penurias y cansancio, de ascensiones vertiginosas, de desfiladeros inabarcables y de abismos insondables consiguió llegar a la cima, cuando la cordillera quedó atrás y ante sus ojos se abrió aquel esperado más allá, lo que encontró fue un extenso pedazo de tierra plana, una inmensa llanura que parecía no tener fin y que abarcaba hasta donde llegaba la vista.
Trató de atisbar a lo lejos, de buscar una señal, un punto de referencia, pero la llanura se repetía a sí misma hasta la saciedad.
Así que pese a tantos esfuerzos en vano, y en lugar de lamentarse, de gritar o de volver atrás, tomó su petate y comenzó el descenso mascullando algo así como: "Total, qué más da". Qué más daba, en realidad. Puestos a caminar, y desconociendo si su Ítaca particular llegaría algún día, no le importaba mucho ascender o llanear.
En fin, no era cuestión de entretenerse más de la cuenta, quedaba todo un latifundio por cruzar, aunque no supiera muy bien qué había al otro lado, aunque tampoco le importara ya demasiado...
Trató de atisbar a lo lejos, de buscar una señal, un punto de referencia, pero la llanura se repetía a sí misma hasta la saciedad.
Así que pese a tantos esfuerzos en vano, y en lugar de lamentarse, de gritar o de volver atrás, tomó su petate y comenzó el descenso mascullando algo así como: "Total, qué más da". Qué más daba, en realidad. Puestos a caminar, y desconociendo si su Ítaca particular llegaría algún día, no le importaba mucho ascender o llanear.
En fin, no era cuestión de entretenerse más de la cuenta, quedaba todo un latifundio por cruzar, aunque no supiera muy bien qué había al otro lado, aunque tampoco le importara ya demasiado...