"¡No hay otra opción! ¡No hay otra opción!", me gritaba el viejo mientras con mirada extraviada y aliento etílico agitaba una servilleta de papel en la que, además del acostumbrado "Gracias por su visita" impreso de fábrica, se encontraban escritas de su puño y letra las cinco posibles soluciones del mundo del futuro.
"O reducimos el crecimiento de la población o multiplicamos las formas de obtener energía, no hay otra opción". Esa era su opinión, perfectamente expuesta entre trago y trago de Tanqueray tónica.
"La solución exterior, la interior, la social, la atmosférica y la interdimensional", me decía. "¿Cómo?", pregunté.
"Es evidente. Solución uno: podemos conquistar el espacio, una colonización progresiva y en toda regla, aunque desde que pisamos la luna hemos de reconocer que no llevamos muy buen camino. Solución dos: construimos ciudades subterráneas que puedan acoger a los excedentes de población, para lo que, en cualquier caso, se necesitarían generadores de energía. Solución tres: control exhaustivo de la población, aunque para ello habría que romper algún que otro tabú moral, asumiendo el revolucionario axioma que reza: "Para una especie racional y tecnológicamente avanzada la reproducción tiene que dejar de ser una necesidad biológica". Solución cuatro: construimos enormes torres, torres kilométricas, capaces de albergar la población de un país entero, y creamos, a medida que sean necesarios, puentes que las unan, hasta poder crear un nuevo espacio vital, la atmósfera. Ciudades sobre ciudades, vida a dos niveles. Solución cinco: desarrollar la capacidad de realizar viajes interdimensionales y, de este modo, ser capaces de extraer la energía de dimensiones paralelas para beneficio propio".
Yo sonreía. El viejo hipaba, y la nariz se le enrojecía por momentos.
"La otra posibilidad, dadas las circunstancias de superpoblación y desperdicio de los recursos, es la extinción. Así que tú verás...".
Yo le decía que sí, todo el rato. Nunca desprecies las ideas de un viejo borracho. Por si acaso, tengo bien guardada en un cajón aquella servilleta de papel...
martes, 31 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
Common people
Dices que quieres ser como la gente normal, hacer lo que la gente normal hace y pensar lo que la gente normal piensa.
Dices que quieres actuar como ellos, mezclarte con ellos y pasar desapercibida, introducirte en su mundo e incluso llegar a disfrutar de él sin que nadie te considere extraña, sin que nadie te mire raro, sin que nadie te analice de arriba abajo porque todos den por sentado que eres como ellos, gente normal.
¿Pero es ese realmente tu objetivo? ¿Es ese tu sueño?
Tal vez la gente normal no es tan normal como crees, tal vez no es tan normal como creen ellos, tal vez si nadie quisiera ser como la gente normal, la gente normal no existiría, y el concepto de normalidad se desharía como un azucarillo carente de solidez y consistencia.
Dices que quieres ser como la gente normal, y tienes dos opciones: o te consideras normal y asumes la anormalidad de la gente, o disfrutas de tu condición de anormal y le das la espalda a la pobre normalidad.
Dices que quieres actuar como ellos, mezclarte con ellos y pasar desapercibida, introducirte en su mundo e incluso llegar a disfrutar de él sin que nadie te considere extraña, sin que nadie te mire raro, sin que nadie te analice de arriba abajo porque todos den por sentado que eres como ellos, gente normal.
¿Pero es ese realmente tu objetivo? ¿Es ese tu sueño?
Tal vez la gente normal no es tan normal como crees, tal vez no es tan normal como creen ellos, tal vez si nadie quisiera ser como la gente normal, la gente normal no existiría, y el concepto de normalidad se desharía como un azucarillo carente de solidez y consistencia.
Dices que quieres ser como la gente normal, y tienes dos opciones: o te consideras normal y asumes la anormalidad de la gente, o disfrutas de tu condición de anormal y le das la espalda a la pobre normalidad.
jueves, 19 de agosto de 2010
La Mancha Negra
Me lo decía con lágrimas en los ojos, como una súplica, empujada por el deseo de ser oída, de ser creída y de hacer público lo que jamás creyó que fuera ni tan siquiera un secreto:
- Yo no sabía nada de ellos... te lo juro... no sabía nada...
Luego te contaba que había estado curioseando por internet, que había abierto páginas aparentemente inofensivas que hablaban de conspiraciones, de sociedades secretas y cultos mistéricos, de leyendas urbanas que siempre la habían divertido.
Había escrito un relato, lo había publicado en su blog y luego en papel, en una publicación del pueblo en la que solía colaborar, escasas páginas con una trama intrigante en torno a una sociedad secreta que extendía sus ramas de poder e influencia desde las más altas esferas hasta los niveles más ínfimos. Me dijo hasta el nombre de la sociedad, no lo recuerdo ahora, sí que recuerdo que me repetía desesperada:
- Pero me lo inventé, créeme, el nombre me lo inventé... era ficción...
Comenzaron por llamadas teléfonicas al móvil a las que les sucedía el silencio, una respiración amenazadora al otro lado de la línea, más tarde el correo electrónico, aquel en el que el nombre de la sociedad aparecía como membrete. Una sociedad aparentemente ficticia. Por último, apareció la psicosis, el sentirse observada, espiada en casa, seguida por la calle, maltratada por el prójimo en los comercios, la administración, la circulación urbana.
Me comentó que se sentía "como una apestada", odiada y apartada por la comunidad tras haber desvelado lo indesvelable. No la creí, quiero decir que no presté demasiada atención a su mirada extraviada, a sus temores y obsesiones. Lo último que me dijo es que había recibido por correo una hoja de papel con una mancha en el centro, sólo eso.
- La Mancha Negra, ¿lo ves?, como a Billy Bones... vienen a por mí...
Yo sonreí, la abracé y le dije palabras tranquilizadoras. Aquello fue tres días antes de que desapareciera sin dejar rastro, y dos semanas antes de que en mi buzón apareciera un sobre que contenía una hoja de papel en blanco. En blanco, salvo una mancha en el centro, de color negro.
Ahora giro la cabeza a izquierda y derecha mientras camino por la calle y todo me resulta extraño, amenazador. ¿Por qué me hablaría de la sociedad secreta? Tal vez creen que sé más de lo que realmente sé. Pero, por Dios, si ni siquiera recuerdo el nombre...
- Yo no sabía nada de ellos... te lo juro... no sabía nada...
Luego te contaba que había estado curioseando por internet, que había abierto páginas aparentemente inofensivas que hablaban de conspiraciones, de sociedades secretas y cultos mistéricos, de leyendas urbanas que siempre la habían divertido.
Había escrito un relato, lo había publicado en su blog y luego en papel, en una publicación del pueblo en la que solía colaborar, escasas páginas con una trama intrigante en torno a una sociedad secreta que extendía sus ramas de poder e influencia desde las más altas esferas hasta los niveles más ínfimos. Me dijo hasta el nombre de la sociedad, no lo recuerdo ahora, sí que recuerdo que me repetía desesperada:
- Pero me lo inventé, créeme, el nombre me lo inventé... era ficción...
Comenzaron por llamadas teléfonicas al móvil a las que les sucedía el silencio, una respiración amenazadora al otro lado de la línea, más tarde el correo electrónico, aquel en el que el nombre de la sociedad aparecía como membrete. Una sociedad aparentemente ficticia. Por último, apareció la psicosis, el sentirse observada, espiada en casa, seguida por la calle, maltratada por el prójimo en los comercios, la administración, la circulación urbana.
Me comentó que se sentía "como una apestada", odiada y apartada por la comunidad tras haber desvelado lo indesvelable. No la creí, quiero decir que no presté demasiada atención a su mirada extraviada, a sus temores y obsesiones. Lo último que me dijo es que había recibido por correo una hoja de papel con una mancha en el centro, sólo eso.
- La Mancha Negra, ¿lo ves?, como a Billy Bones... vienen a por mí...
Yo sonreí, la abracé y le dije palabras tranquilizadoras. Aquello fue tres días antes de que desapareciera sin dejar rastro, y dos semanas antes de que en mi buzón apareciera un sobre que contenía una hoja de papel en blanco. En blanco, salvo una mancha en el centro, de color negro.
Ahora giro la cabeza a izquierda y derecha mientras camino por la calle y todo me resulta extraño, amenazador. ¿Por qué me hablaría de la sociedad secreta? Tal vez creen que sé más de lo que realmente sé. Pero, por Dios, si ni siquiera recuerdo el nombre...
viernes, 13 de agosto de 2010
Maldito encargo
- Un Jägermeister con hielo, por favor. Y tú, qué. Vengo por la caja, ¿la tienes?
El barman no tardó en llegar con la copa de Jäger. En cuanto al otro, apenas levantó una ceja en señal de asentimiento, se sacó un puro y lo encendió con parsimonia. Yo aproveché para hacerme un pitillo y esperar con calma absoluta a que aquel desconocido se dignara a contarme algo. Aparentar tranquilidad y dominio de la situación era fundamental.
La verdad es que ya podía el Toni recompensarme como me merecía. Aquel papelón era desagradable, inquietante, y ya se lo dije cuando me habló de ello, que si alguien le había propuesto recoger una caja que otro alguien le tenía que entregar en aquel bar, pero ese alguien no podría asistir, así que se lo pidió al Toni, no pasaría nada porque ese alguien y el otro alguien no se conocían, tampoco el Toni conocía a nadie, ya le valía al Toni haber aceptado y darse cuenta luego de que tenía no sé qué negocios que atender y de que lo mejor era pedírmelo a mí. Ya me las pagaría, ya…
Así que ahí estaba yo, dándole al cigarrillo, en aquel bar junto al tipo desconocido que portaba una caja de cartón de tamaño considerable y fumaba puros, y no hablaba demasiado. Aquel puro se hacía eterno, y el tío no decía ni una palabra. Finalmente me ofreció la caja. Casi no pesaba. Yo no tenía ni idea de su contenido, y me sorprendió captar un gesto en aquel rostro aparentemente impenetrable del que deduje, casi sin error posible, que él tampoco sabía nada.
“Este tío no debe ser el alguien en cuestión”, pensé, “tal vez sólo alguien a quien otro alguien le ha pedido que entregue la caja en nombre de un tercer alguien a quien no conoce”.
Aquello apestaba, de modo que apagué el piti, apuré el Jäger, dejé un billete sobre la mesa, cargué con la caja y salí pitando. Que le dieran al Toni, joder. Que le dieran.
Antes de torcer la primera esquina ya tenía decidido que abriría la caja, pese a las advertencias del Toni: “No te detengas. No mires atrás. Ven directo a mi casa y me das la caja sin abrirla, ¿de acuerdo?”.
Que le dieran al Toni.
Abrí la caja escondido entre bidones de basura apilados en un callejón.
La caja estaba completamente vacía.
La pateé y me largué corriendo. Joder, sí que apestaba, aquello…
El barman no tardó en llegar con la copa de Jäger. En cuanto al otro, apenas levantó una ceja en señal de asentimiento, se sacó un puro y lo encendió con parsimonia. Yo aproveché para hacerme un pitillo y esperar con calma absoluta a que aquel desconocido se dignara a contarme algo. Aparentar tranquilidad y dominio de la situación era fundamental.
La verdad es que ya podía el Toni recompensarme como me merecía. Aquel papelón era desagradable, inquietante, y ya se lo dije cuando me habló de ello, que si alguien le había propuesto recoger una caja que otro alguien le tenía que entregar en aquel bar, pero ese alguien no podría asistir, así que se lo pidió al Toni, no pasaría nada porque ese alguien y el otro alguien no se conocían, tampoco el Toni conocía a nadie, ya le valía al Toni haber aceptado y darse cuenta luego de que tenía no sé qué negocios que atender y de que lo mejor era pedírmelo a mí. Ya me las pagaría, ya…
Así que ahí estaba yo, dándole al cigarrillo, en aquel bar junto al tipo desconocido que portaba una caja de cartón de tamaño considerable y fumaba puros, y no hablaba demasiado. Aquel puro se hacía eterno, y el tío no decía ni una palabra. Finalmente me ofreció la caja. Casi no pesaba. Yo no tenía ni idea de su contenido, y me sorprendió captar un gesto en aquel rostro aparentemente impenetrable del que deduje, casi sin error posible, que él tampoco sabía nada.
“Este tío no debe ser el alguien en cuestión”, pensé, “tal vez sólo alguien a quien otro alguien le ha pedido que entregue la caja en nombre de un tercer alguien a quien no conoce”.
Aquello apestaba, de modo que apagué el piti, apuré el Jäger, dejé un billete sobre la mesa, cargué con la caja y salí pitando. Que le dieran al Toni, joder. Que le dieran.
Antes de torcer la primera esquina ya tenía decidido que abriría la caja, pese a las advertencias del Toni: “No te detengas. No mires atrás. Ven directo a mi casa y me das la caja sin abrirla, ¿de acuerdo?”.
Que le dieran al Toni.
Abrí la caja escondido entre bidones de basura apilados en un callejón.
La caja estaba completamente vacía.
La pateé y me largué corriendo. Joder, sí que apestaba, aquello…
lunes, 9 de agosto de 2010
El mensaje del personaje
- Lo primero, desde luego, es crear un personaje. Sin un personaje no eres nada. Uno, o varios, claro, pero esas son ya cuestiones de más complejidad que trataremos más adelante. Y, teniendo como objetivo manejar el mayor número de personajes posible, uno para cada entorno, si es necesario, sería realmente triste que fracasaras en la creación del primero de ellos. Así pues, créate un personaje y dale vida, habla con él, sácalo a pasear, que todos vean que existe, que se convenzan de que no es una creación artificial. Para eso, por supuesto, tienes que saberte el papel, saber qué decir y cómo actuar en cada momento, esto es, qué diría y cómo actuaría tu personaje, por supuesto.
Hubo quien interpretó tan bien el papel de su personaje, o de sus personajes, que terminó por no distinguir con claridad, o no distinguir en absoluto, cuál era el yo real y cuál el ficticio. Es la magia del mundo de la interpretación, amigo mío, que si te entregas a ella de verdad termina por difuminarse y fusionarse con la realidad como los colores en la paleta de un pintor.
Pero volvamos a lo nuestro. Imagina que has creado un personaje convincente y auténtico, una figura que te fascina a ti y a los demás. Te queda el mensaje. Porque, estimado amigo, se trata del personaje y del mensaje, y si no tienes mensaje, el personaje termina languideciendo, aburriendo y quedándose en un amago de lo que pudo ser. El mensaje es fundamental, hay que transmitir algo, existen personajes perfectamente trabajados que no llegan a nada porque carecen de un mensaje significativo. Así que busca algo interesante que decir, algo que nadie haya dicho antes, qué fácil se dice esto pero qué difícil de encontrar es, y grítalo a los cuatro vientos, grítalo con convicción, sólo los grandes personajes capaces, además, de transmitir su mensaje con convicción, sobreviven al paso del tiempo, a la ignorancia, a la decrepitud y al desánimo.
De modo que mírame a los ojos y dime con sinceridad: ¿qué mensaje tienes que transmitir al mundo?
Hubo quien interpretó tan bien el papel de su personaje, o de sus personajes, que terminó por no distinguir con claridad, o no distinguir en absoluto, cuál era el yo real y cuál el ficticio. Es la magia del mundo de la interpretación, amigo mío, que si te entregas a ella de verdad termina por difuminarse y fusionarse con la realidad como los colores en la paleta de un pintor.
Pero volvamos a lo nuestro. Imagina que has creado un personaje convincente y auténtico, una figura que te fascina a ti y a los demás. Te queda el mensaje. Porque, estimado amigo, se trata del personaje y del mensaje, y si no tienes mensaje, el personaje termina languideciendo, aburriendo y quedándose en un amago de lo que pudo ser. El mensaje es fundamental, hay que transmitir algo, existen personajes perfectamente trabajados que no llegan a nada porque carecen de un mensaje significativo. Así que busca algo interesante que decir, algo que nadie haya dicho antes, qué fácil se dice esto pero qué difícil de encontrar es, y grítalo a los cuatro vientos, grítalo con convicción, sólo los grandes personajes capaces, además, de transmitir su mensaje con convicción, sobreviven al paso del tiempo, a la ignorancia, a la decrepitud y al desánimo.
De modo que mírame a los ojos y dime con sinceridad: ¿qué mensaje tienes que transmitir al mundo?
miércoles, 4 de agosto de 2010
Todos somos Zutano
Existe la posibilidad, en efecto, de que alguien ahí arriba, en algún lugar divino o humano, tenga el poder suficiente como para controlar la vida de las pobres personitas de a pie. Alguien poderoso de verdad, quiero decir, no un politicastro o un empresario ricachón pero mundano, alguien capaz de dirigir a su gusto no sólo los movimientos y tendencias de masas sino las vidas de los seres individuales. Un Dios, vamos, tanto si habita en los cielos como en un castillo muy, muy alto con un salón llenos de pantallas de televisión desde las que sigue todos los avatares de su diversión particular, que no es otra, desde luego, que hacer uso y abuso de su poder.
Es de suponer, desde luego, que ese ser poderoso se convierte, de vez en cuando, en una mano negra capaz de enviar calamidades y tragedias a donde le apetezca. Quizá tiene buen corazón, esta mano negra, no lo negamos, pero, ¿quién no se divertiría en su lugar? ¿Quién no calmaría su hastío haciendo sufrir a seres inferiores? Yo lo haría, si pudiera...
Y más aún. Es posible que ese ser poderoso, ahí arriba, se divierta haciéndole la vida imposible a una sola persona, todo el tiempo, una especie de Job puesto a prueba por el capricho y para la diversión del que maneja el cotarro, del que mueve los hilos, del titiritero del mundo. Pues ése, ese desgraciado, es Zutano, el tercero en discordia, el que no importa, el que ni viene ni se le espera, alguien tan insignificante que sólo sirve para que los dioses se echen unas carcajadas a su costa.
A Zutano se le dirige, se le anima, se le da conciencia y voluntad, se le lleva de un lado a otro y se le somete a todas las calamidades que pueda ocurrírseles a los poderosos, a cada cual más retorcida e inverosímil. Y Zutano no puede hacer otra cosa que negar con la cabeza, suponer que su suerte funesta cambiará algún día y seguir siendo el hazmerreír.
Zutano nunca pensaría que es víctima de un plan perfectamente trazado para mantenerlo en una tibia infelicidad, y los dioses, o los poderosos, disfrutan sin cansarse de las desgracias que le imprimen y que, de paso, les reafirma en su poder y en su estatus superior. En realidad, nadie puede culparles. De hecho, yo, en su lugar, también lo haría.
El mismo Zutano, si pudiera, también se reiría de otro Zutano...
Es de suponer, desde luego, que ese ser poderoso se convierte, de vez en cuando, en una mano negra capaz de enviar calamidades y tragedias a donde le apetezca. Quizá tiene buen corazón, esta mano negra, no lo negamos, pero, ¿quién no se divertiría en su lugar? ¿Quién no calmaría su hastío haciendo sufrir a seres inferiores? Yo lo haría, si pudiera...
Y más aún. Es posible que ese ser poderoso, ahí arriba, se divierta haciéndole la vida imposible a una sola persona, todo el tiempo, una especie de Job puesto a prueba por el capricho y para la diversión del que maneja el cotarro, del que mueve los hilos, del titiritero del mundo. Pues ése, ese desgraciado, es Zutano, el tercero en discordia, el que no importa, el que ni viene ni se le espera, alguien tan insignificante que sólo sirve para que los dioses se echen unas carcajadas a su costa.
A Zutano se le dirige, se le anima, se le da conciencia y voluntad, se le lleva de un lado a otro y se le somete a todas las calamidades que pueda ocurrírseles a los poderosos, a cada cual más retorcida e inverosímil. Y Zutano no puede hacer otra cosa que negar con la cabeza, suponer que su suerte funesta cambiará algún día y seguir siendo el hazmerreír.
Zutano nunca pensaría que es víctima de un plan perfectamente trazado para mantenerlo en una tibia infelicidad, y los dioses, o los poderosos, disfrutan sin cansarse de las desgracias que le imprimen y que, de paso, les reafirma en su poder y en su estatus superior. En realidad, nadie puede culparles. De hecho, yo, en su lugar, también lo haría.
El mismo Zutano, si pudiera, también se reiría de otro Zutano...