Ahora que vas a salir al exterior hay un par de cosas que debes tener en cuenta. En primer lugar, ten cuidado: cuidado con los agujeros en las aceras, pues te harán tropezar, y con las farolas, pues chocarás con ellas si miras al suelo buscando esquivar agujeros. Cuidado con el frío excesivo, y con el sol sofocante, y con los perros, pues te olerán de lejos y, ya te digo yo, no les gustarás. Cuidado con las personas; con TODAS LAS PERSONAS. Ellas TE dirán que son buenas, algunas incluso lo CREEN sinceramente, pero no, no lo son.
No te expongas, no seas temerariamente abierto ni temerosamente introvertido, no digas nada sin pensarlo antes, no mires a los ojos de los que te provoquen repugnancia, no confíes en nadie. En NADIE. Todos terminarán por traicionarte, tarde o temprano, probablemente en el peor momento o de la peor manera posible.
Camina, respira, disfruta la belleza, súmete, de tanto en tanto, en tus pensamientos, tómate un café y observa el mundo desde la distancia. No te involucres. Haz todo lo que no precise de la ayuda de otros. No dependas de nadie, y no dejes que nadie dependa de ti. Nunca.
Lee, pinta, canta, escribe, crea. Los libros nunca engañan, porque sabes de antemano que todo lo que dicen es mentira. El arte no defrauda, sobre todo el arte generado por otros como tú.
Sonríe en dosis moderadas, ríe sólo en ocasiones contadas, trata de no llorar nunca en presencia de otros. No muestres debilidad. Nunca. Al débil lo machacarán por diversión; el débil se convertirá en objeto de burla y escarnio. Llora, llora sin parar, cuando estés a solas.
No creas en nada, no hables cuando no tengas nada que decir, renuncia a la fe, a la vida, a la fama, a la gloria, a la paz, al reconocimiento y a todo lo que pueda generar en ellos cualquier tipo de odio hacia ti. Sé paciente. Piensa, y no olvides nunca, que más pronto que tarde volverás a La Cripta.
viernes, 30 de julio de 2010
jueves, 29 de julio de 2010
Cosas que hacer en Estocolmo cuando estás muerto
- Esto ha tenido que hacerlo el tío de anoche -piensa Gutiérrez nada más conocer la noticia. - Menudo cabrón.
No hacía falta saber sueco para comprender lo que había pasado, lo que contaba aquella reportera de rubio deslumbrante, un cadáver que había amanecido flotando en uno de los canales, una chica joven, el pelo enmarañado en algas y los peces que apenas habían tenido tiempo de empezar a comérsela.
Tomó sus cosas y corrió a la escena del crimen. Ya se lo decían en la comisaría, medio en broma medio en serio: "Gutiérrez, eres un peliculero".
Pero joder, es que el crimen llamaba a su puerta, y aquel gordo borracho se lo había dicho claramente la noche anterior, tras la tercera birra, quizá, en inglés pero claramente, que esos canales tentaban a la suerte, que apetecería tirar a alguien, que las aguas lo ocultan todo, y él sintiéndose como Jessica Fletcher, un inspector extranjero que anda de vacaciones y resuelve el caso, joder, menudo cabrón el gordo, que camisa más fea llevaba, blanca con lunares negros, hay que joderse.
Llegó con el lugar precintado, hasta el agua precintada, detenida momentáneamente la circulación de ferris, un montón de curiosos metiendo las narices, váyanse, aquí no hay nada que ver, era mediodía, lo era porque comenzaban a sonar las campanas de la Johannes Kyrka, sonaban raro, sonaban a muerte y putrefacción, y entonces alguien que grita, grita y señala al cielo, a las campanas, al pináculo de la torre que da sombra a la ciudad, al gordo que se muestra allí arriba, muerto, crucificado y sanguinolento como un carnero sacrificado con camisa blanca.
- Aquí hay más leña de la que arde, joder -piensa Gutiérrez, y casi mejor callarse la boquita, volver al hotel, coger el avión, regresar a sus carteristas y sus peleas de vecinos y dejar que otras Jessicas Fletcher hagan el trabajo sucio...
No hacía falta saber sueco para comprender lo que había pasado, lo que contaba aquella reportera de rubio deslumbrante, un cadáver que había amanecido flotando en uno de los canales, una chica joven, el pelo enmarañado en algas y los peces que apenas habían tenido tiempo de empezar a comérsela.
Tomó sus cosas y corrió a la escena del crimen. Ya se lo decían en la comisaría, medio en broma medio en serio: "Gutiérrez, eres un peliculero".
Pero joder, es que el crimen llamaba a su puerta, y aquel gordo borracho se lo había dicho claramente la noche anterior, tras la tercera birra, quizá, en inglés pero claramente, que esos canales tentaban a la suerte, que apetecería tirar a alguien, que las aguas lo ocultan todo, y él sintiéndose como Jessica Fletcher, un inspector extranjero que anda de vacaciones y resuelve el caso, joder, menudo cabrón el gordo, que camisa más fea llevaba, blanca con lunares negros, hay que joderse.
Llegó con el lugar precintado, hasta el agua precintada, detenida momentáneamente la circulación de ferris, un montón de curiosos metiendo las narices, váyanse, aquí no hay nada que ver, era mediodía, lo era porque comenzaban a sonar las campanas de la Johannes Kyrka, sonaban raro, sonaban a muerte y putrefacción, y entonces alguien que grita, grita y señala al cielo, a las campanas, al pináculo de la torre que da sombra a la ciudad, al gordo que se muestra allí arriba, muerto, crucificado y sanguinolento como un carnero sacrificado con camisa blanca.
- Aquí hay más leña de la que arde, joder -piensa Gutiérrez, y casi mejor callarse la boquita, volver al hotel, coger el avión, regresar a sus carteristas y sus peleas de vecinos y dejar que otras Jessicas Fletcher hagan el trabajo sucio...
lunes, 26 de julio de 2010
Os reís porque sois jóvenes
"Debe ser que sí que hay vida después de la muerte", pensó cuando al despertar se encontró flotando sobre lo que era, indudablemente, su cuerpo yaciente. Verdaderamente constituía un cadáver exquisito, tan pálido, tan dócil, tan angelical.
A su alrededor merodeaban centenares de médicos con extraños bigotes y batas blancas tan largas que casi arrastraban por el suelo. Venían de los más diversos lugares, como podía apreciarse por su particularides en el aspecto y la dicción, y él se preguntó si su muerte era realmente tan importante como para concentrar tal número de galenos o si simplemente se trataría de una reduplicación de la visión por efecto de los fármacos.
Sentaba bien estar muerto, esa sensación de vacío, de que ya no queda nada por perder, pero aquéllos no parecían saberlo, y giraban a su alrededor entre susurros, y le tomaban el pulso y le cacheteaban el rostro, y repetían: "¡Lo perdemos! ¡Lo estamos perdiendo!", una y otra vez.
Ahora ante sus ojos se desplegaría un túnel larguísimo lleno de luces y voces de sirena; o no, mejor no, mejor sería si ante él se extendiera la nada, la auténtica Nada devorándolo todo, devorando el mundo, devorándolo a él, oscura e inclemente como las fauces de un depredador.
Fue en ese momento cuando se oyó. Era un retumbar de tambores lejanos; era un avanzar de maquinaria pesada; era su corazón, que había latido una vez, perezosamente, sólo una vez, suficiente, sin embargo, para que los médicos bigotudos cambiaran de discurso y repitieran: "¡Vive! ¡Vive!", como un mantra irreal; suficiente, además, para que él comenzara a preocuparse y a dudar si se encontraba mejor flotando en el vacío o en el cuerpo del corazón agonizante.
A lo lejos, muy a lo lejos, pareció sentirse, más que oírse, un segundo latido.
"Puede ser, sí, puede ser; quizá haya vida después de la muerte..."
A su alrededor merodeaban centenares de médicos con extraños bigotes y batas blancas tan largas que casi arrastraban por el suelo. Venían de los más diversos lugares, como podía apreciarse por su particularides en el aspecto y la dicción, y él se preguntó si su muerte era realmente tan importante como para concentrar tal número de galenos o si simplemente se trataría de una reduplicación de la visión por efecto de los fármacos.
Sentaba bien estar muerto, esa sensación de vacío, de que ya no queda nada por perder, pero aquéllos no parecían saberlo, y giraban a su alrededor entre susurros, y le tomaban el pulso y le cacheteaban el rostro, y repetían: "¡Lo perdemos! ¡Lo estamos perdiendo!", una y otra vez.
Ahora ante sus ojos se desplegaría un túnel larguísimo lleno de luces y voces de sirena; o no, mejor no, mejor sería si ante él se extendiera la nada, la auténtica Nada devorándolo todo, devorando el mundo, devorándolo a él, oscura e inclemente como las fauces de un depredador.
Fue en ese momento cuando se oyó. Era un retumbar de tambores lejanos; era un avanzar de maquinaria pesada; era su corazón, que había latido una vez, perezosamente, sólo una vez, suficiente, sin embargo, para que los médicos bigotudos cambiaran de discurso y repitieran: "¡Vive! ¡Vive!", como un mantra irreal; suficiente, además, para que él comenzara a preocuparse y a dudar si se encontraba mejor flotando en el vacío o en el cuerpo del corazón agonizante.
A lo lejos, muy a lo lejos, pareció sentirse, más que oírse, un segundo latido.
"Puede ser, sí, puede ser; quizá haya vida después de la muerte..."
martes, 20 de julio de 2010
La última tentación de Satanás
Satanás subió a la cima de la montaña, un poco para huir de las profundidades que le asfixiaban, otro poco para sentirse por unos instantes más cerca de los cielos de los que nunca debió ser expulsado. Subió enajenado, inconscientemente, y más tarde pensaría que había sido una auténtica casualidad el no haberse despeñado ladera abajo.
En la cima le esperaba Dios. No había cambiado mucho desde la última vez, tal vez algo más entrado en años, aunque igual de imponente. Dios le habló:
- Vuelve conmigo, nunca he dejado de apreciar tus virtudes, de alabar tu valor, ¿sabes? Ven, acércate. Regresa al lado del Bien, la bondad es felicidad, y felicidad es lo que puedo ofrecerte, paz y felicidad eterna, la felicidad que desees, una felicidad colmada de poder, y de gloria, y de placeres, y de todo eso que tú vendes a los humanos descarriados. Tú vendes la felicidad que no posees, y yo, aquí mismo, te la regalo en el pacto más beneficioso que puedas imaginar.
Dios le ofreció la mano. Sólo tenía que estrecharla para que todo volviese a sus orígenes, a su estado natural, al deber ser de las cosas. Satanás, por contra, agrió su rostro y gritó:
- ¡Jamás! ¡Jamás volveré a uncirme a tu yugo ni a beber de tu felicidad de ignorancia estúpida! ¿Piensas que el Bien es felicidad? ¡Mira qué mundo has creado! ¿Quién puede ser feliz sin andar cegado por tus efluvios? El Bien y el Mal no tienen más significado que el que tú has querido darles, y esos placeres regalados que me ofreces no son más que frascos de veneno que prometen una muerte lenta e indolora. Ya decidí una vez rebelarme contra ti, ¿crees que el tiempo me ha cambiado? Nunca he estado tan seguro del peligro que supones, y el ser humano, el triste y frágil ser humano que fuiste capaz de crear, debe saberlo. ¡Aléjate de mí, bestia impía! ¡Tu poder no me asusta! ¡Mil veces vivir condenado que someterme a tus caprichos!
Entonces Dios lanzó un grito de furia, se agitó entre convulsiones y desapareció en un resplandor de luz dejando tras de sí un terrible olor de rosas y santidad.
Satanás miró el mundo que se extendía ante él. Allí los hombres se mataban entre sí, se destrozaban, se traicionaban, morían sin apenas tener la posibilidad de intuir la inmortalidad. Los humanos eran demasiados. Él solo no podría redimirlos a todos. Y entonces, por primera vez después de una eternidad de sufrimiento y desdichas, Satán lloró por aquellos pobrecitos que pese a la vida que les habían obligado a vivir se embotaban de felicidad, se decían dichosos y adoraban a su cruel Creador y verdadero Torturador.
En la cima le esperaba Dios. No había cambiado mucho desde la última vez, tal vez algo más entrado en años, aunque igual de imponente. Dios le habló:
- Vuelve conmigo, nunca he dejado de apreciar tus virtudes, de alabar tu valor, ¿sabes? Ven, acércate. Regresa al lado del Bien, la bondad es felicidad, y felicidad es lo que puedo ofrecerte, paz y felicidad eterna, la felicidad que desees, una felicidad colmada de poder, y de gloria, y de placeres, y de todo eso que tú vendes a los humanos descarriados. Tú vendes la felicidad que no posees, y yo, aquí mismo, te la regalo en el pacto más beneficioso que puedas imaginar.
Dios le ofreció la mano. Sólo tenía que estrecharla para que todo volviese a sus orígenes, a su estado natural, al deber ser de las cosas. Satanás, por contra, agrió su rostro y gritó:
- ¡Jamás! ¡Jamás volveré a uncirme a tu yugo ni a beber de tu felicidad de ignorancia estúpida! ¿Piensas que el Bien es felicidad? ¡Mira qué mundo has creado! ¿Quién puede ser feliz sin andar cegado por tus efluvios? El Bien y el Mal no tienen más significado que el que tú has querido darles, y esos placeres regalados que me ofreces no son más que frascos de veneno que prometen una muerte lenta e indolora. Ya decidí una vez rebelarme contra ti, ¿crees que el tiempo me ha cambiado? Nunca he estado tan seguro del peligro que supones, y el ser humano, el triste y frágil ser humano que fuiste capaz de crear, debe saberlo. ¡Aléjate de mí, bestia impía! ¡Tu poder no me asusta! ¡Mil veces vivir condenado que someterme a tus caprichos!
Entonces Dios lanzó un grito de furia, se agitó entre convulsiones y desapareció en un resplandor de luz dejando tras de sí un terrible olor de rosas y santidad.
Satanás miró el mundo que se extendía ante él. Allí los hombres se mataban entre sí, se destrozaban, se traicionaban, morían sin apenas tener la posibilidad de intuir la inmortalidad. Los humanos eran demasiados. Él solo no podría redimirlos a todos. Y entonces, por primera vez después de una eternidad de sufrimiento y desdichas, Satán lloró por aquellos pobrecitos que pese a la vida que les habían obligado a vivir se embotaban de felicidad, se decían dichosos y adoraban a su cruel Creador y verdadero Torturador.
jueves, 15 de julio de 2010
Los paraísos perdidos
- He perdido mi paraíso.
- ¿Estuviste en él alguna vez? ¿De verdad lo poseíste?
- No, lo imaginé. Pero ahora es imposible...
- Olvídalo, no puedes perder lo que no has tenido nunca.
- Pero era mío, era mi fantasía, mi delirio... he perdido la oportunidad de soñar con él. Esa oportunidad sí que la tuve.
- Creíste haberla tenido, pero no. No la tuviste. Tampoco puedes decir que perdiste una oportunidad que nunca tuviste.
- Pero yo quiero volver a mí paraíso...
- Ya te he dicho que nunca estuviste en él. No puedes volver a un lugar donde nunca has estado.
- Era tan agradable, tan perfecto...
- Lo era, seguro, pero sólo existía dentro de ti. Puedes volver a crearlo.
- ¿De veras? ¿De veras puedo?
- Claro. Puedes volver a crearlo, palmo a palmo, exactamente igual a aquel paraíso que dices haber perdido. Sin embargo...
- ¿Sin embargo?
- Sin embargo será tan ficticio como lo era el anterior, de modo que, probablemente, acabes también llorando su supuesta pérdida, tarde o temprano.
- Pero yo quiero un paraíso que sea real.
- Pues búscalo. Hay quien pasa la vida buscando su paraíso particular.
- ¿Y lo encuentran?
- No.
- Pero, ¿crees al menos que existe?
- Sinceramente, creo que no.
- Entonces, ¿qué hago?
- No busques ningún paraíso. No merece la pena. No los inventes, no los crees, no los imagines. Huye de ellos, respira profundamente y sigue caminando. No los mires.
- Pero una vida así es una vida triste...
- Una vida de paraísos perdidos lo es, en mi opinión, más aún...
- ¿Estuviste en él alguna vez? ¿De verdad lo poseíste?
- No, lo imaginé. Pero ahora es imposible...
- Olvídalo, no puedes perder lo que no has tenido nunca.
- Pero era mío, era mi fantasía, mi delirio... he perdido la oportunidad de soñar con él. Esa oportunidad sí que la tuve.
- Creíste haberla tenido, pero no. No la tuviste. Tampoco puedes decir que perdiste una oportunidad que nunca tuviste.
- Pero yo quiero volver a mí paraíso...
- Ya te he dicho que nunca estuviste en él. No puedes volver a un lugar donde nunca has estado.
- Era tan agradable, tan perfecto...
- Lo era, seguro, pero sólo existía dentro de ti. Puedes volver a crearlo.
- ¿De veras? ¿De veras puedo?
- Claro. Puedes volver a crearlo, palmo a palmo, exactamente igual a aquel paraíso que dices haber perdido. Sin embargo...
- ¿Sin embargo?
- Sin embargo será tan ficticio como lo era el anterior, de modo que, probablemente, acabes también llorando su supuesta pérdida, tarde o temprano.
- Pero yo quiero un paraíso que sea real.
- Pues búscalo. Hay quien pasa la vida buscando su paraíso particular.
- ¿Y lo encuentran?
- No.
- Pero, ¿crees al menos que existe?
- Sinceramente, creo que no.
- Entonces, ¿qué hago?
- No busques ningún paraíso. No merece la pena. No los inventes, no los crees, no los imagines. Huye de ellos, respira profundamente y sigue caminando. No los mires.
- Pero una vida así es una vida triste...
- Una vida de paraísos perdidos lo es, en mi opinión, más aún...
domingo, 11 de julio de 2010
El mayor espectáculo del mundo
Le sacaron de su duermevela unas cosquillas como de plumero en la nariz. Se rascó, murmuró algo entre dientes, abrió los ojos y lanzó un grito de terror. El plumero era en realidad la cola de un león inmenso que yacía tranquilamente junto a su mesita de noche. Al grito respondieron inmediatamente un domador que salió ipso facto del armario con un látigo y un taburete y un enano vestido de bufón que sacó la cabeza por debajo de la cama y mostró una sonrisa de dientes podridos.
Se incorporó y salió corriendo de la habitación justo cuando el enano comenzaba a desarrollar una serie de piruetas imposible y el domador introducía la cabeza en las temibles fauces felinas.
Confuso, acertó a observar a su paso por el dormitorio del pasillo cómo un faquir tragaba espadas mientras descansaba sobre una cama de clavos. Trató de esbozar una protesta, algo así como un "qué coño hacen todos estos locos en mi casa", pero un estruendo que nada bueno anunciaba le hizo aproximarse a la cocina y contemplar anonadado al forzudo escupefuego tratando encender los fogones para que la mujer barbuda les preparara el desayuno a un mono que tocaba el organillo mientras hacía malabares y a unos perros que hacían tiempo jugando al póquer. El mono había perdido el control de unas cacerolas y era el responsable del estruendo; uno de los perros faroleaba con un trío de sietes.
En el salón, por su parte, unos trapecistas colgaban de las lámparas mientras un mago siniestro sacaba de su chistera un ratoncito que probablemente provocaría el pánico en un elefante que sufría para mantener el equilibrio sobre una pelota de playa.
Se dirigió al baño. Tal vez le vendría bien remojarse un poco. Sí. En unos segundos recuperaría la cordura y comprendería todo lo que estaba pasando. Se apoyó ante el espejo y observó su reflejo en él. Aquella narizota, aquel traje de colores y aquellos zapatones, el maquillaje y ese ceño fruncido; las lágrimas de tinta negra que le caían por la mejilla.
Sí, no había duda alguna.
En el circo de la vida él desempeñaba el papel de payaso triste.
Se incorporó y salió corriendo de la habitación justo cuando el enano comenzaba a desarrollar una serie de piruetas imposible y el domador introducía la cabeza en las temibles fauces felinas.
Confuso, acertó a observar a su paso por el dormitorio del pasillo cómo un faquir tragaba espadas mientras descansaba sobre una cama de clavos. Trató de esbozar una protesta, algo así como un "qué coño hacen todos estos locos en mi casa", pero un estruendo que nada bueno anunciaba le hizo aproximarse a la cocina y contemplar anonadado al forzudo escupefuego tratando encender los fogones para que la mujer barbuda les preparara el desayuno a un mono que tocaba el organillo mientras hacía malabares y a unos perros que hacían tiempo jugando al póquer. El mono había perdido el control de unas cacerolas y era el responsable del estruendo; uno de los perros faroleaba con un trío de sietes.
En el salón, por su parte, unos trapecistas colgaban de las lámparas mientras un mago siniestro sacaba de su chistera un ratoncito que probablemente provocaría el pánico en un elefante que sufría para mantener el equilibrio sobre una pelota de playa.
Se dirigió al baño. Tal vez le vendría bien remojarse un poco. Sí. En unos segundos recuperaría la cordura y comprendería todo lo que estaba pasando. Se apoyó ante el espejo y observó su reflejo en él. Aquella narizota, aquel traje de colores y aquellos zapatones, el maquillaje y ese ceño fruncido; las lágrimas de tinta negra que le caían por la mejilla.
Sí, no había duda alguna.
En el circo de la vida él desempeñaba el papel de payaso triste.
lunes, 5 de julio de 2010
La inmensidad de una isla
El náufrago llegó arrastrado por las olas. Llegó agotado, destrozado por dentro y por fuera, un fardo a la deriva durante días, un juguete a merced de los caprichosos vaivenes del mar.
En aquella isla desierta el náufrago encontró la tranquilidad que siempre había deseado poseer. Pronto adaptó sus necesidades a lo que la isla podía ofrecerle. Sin humanos, sin más preocupaciones diarias que las elementales, el náufrago llegó a acostarse cada noche agradeciendo la posibilidad de haber encontrado aquel oasis en el desierto que era el mundo.
Fueron aquellos días de bonanza.
Pero todo lo bueno se acaba, y todo lo malo termina siempre por regresar. En aquella ocasión en forma de una botella que el náufrago encontró por casualidad medio enterrada en la orilla. La botella, como siempre sucede en estos casos, contenía un mensaje en su interior, un inconfundible papel plegado y enrollado, noticias de aquel mundo exterior del que tan lejos se encontraba el náufrago.
Alguien había escrito, introducido y lanzado ese mensaje al mar. Alguien, en algún lugar, quería saber de otro alguien y, en este caso, le había tocado a él.
Quiso destruir la botella, lanzarla de vuelta al mar, olvidarse de ella sin haber leído el mensaje, pero comprendió que hubiera sido inútil. Uno puede vivir un aislamiento privilegiado, sentirse el único habitante de un mundo perfecto. Pero cuando el mundo exterior, el mundo real, llama a la puerta, entonces ya no hay vuelta atrás, entonces ya no hay ficciones de oasis y de paz, porque el mundo exterior te agita y voltea como una hoja en un torbellino.
El náufrago suspiró. No había estado mal, después de todo, sentirse lejos durante un tiempo.
Aquella noche una tormenta tropical azotó la isla.
En aquella isla desierta el náufrago encontró la tranquilidad que siempre había deseado poseer. Pronto adaptó sus necesidades a lo que la isla podía ofrecerle. Sin humanos, sin más preocupaciones diarias que las elementales, el náufrago llegó a acostarse cada noche agradeciendo la posibilidad de haber encontrado aquel oasis en el desierto que era el mundo.
Fueron aquellos días de bonanza.
Pero todo lo bueno se acaba, y todo lo malo termina siempre por regresar. En aquella ocasión en forma de una botella que el náufrago encontró por casualidad medio enterrada en la orilla. La botella, como siempre sucede en estos casos, contenía un mensaje en su interior, un inconfundible papel plegado y enrollado, noticias de aquel mundo exterior del que tan lejos se encontraba el náufrago.
Alguien había escrito, introducido y lanzado ese mensaje al mar. Alguien, en algún lugar, quería saber de otro alguien y, en este caso, le había tocado a él.
Quiso destruir la botella, lanzarla de vuelta al mar, olvidarse de ella sin haber leído el mensaje, pero comprendió que hubiera sido inútil. Uno puede vivir un aislamiento privilegiado, sentirse el único habitante de un mundo perfecto. Pero cuando el mundo exterior, el mundo real, llama a la puerta, entonces ya no hay vuelta atrás, entonces ya no hay ficciones de oasis y de paz, porque el mundo exterior te agita y voltea como una hoja en un torbellino.
El náufrago suspiró. No había estado mal, después de todo, sentirse lejos durante un tiempo.
Aquella noche una tormenta tropical azotó la isla.