Uno tiende a observarlo en todos los campos del arte y de las ciencias que requieren un componente básico de creatividad. Sucede con los músicos, con los escritores, con los pintores, con los diseñadores, con los cineastas: toda carrera artística llega a un máximo, a un punto álgido a partir del cual el sujeto deja de crear, o sigue creando en menor medida, o no hace más que repetirse a sí mismo de una u otra forma, desarrollando variaciones sobre el mismo tema principal.
Existen excepciones, por supuesto. Siempre podremos encontrar quienes ascendieron siendo aún realmente jóvenes, o quienes no explotaron hasta edades muy avanzadas. Lo que sí que resulta complicado de encontrar es un creador capaz de ser igual de original durante toda su carrera, especialmente si ésta se dilata en el tiempo. A partir de un momento dado, se le valora por lo que fue, por lo que representa, el artista y su obra se funden en un solo símbolo que matiza los defectos de toda creación posterior. Siempre habrá, no obstante, quien, haciendo uso del sarcasmo, suelte la típica broma: "éste también tendría que haber muerto joven".
Porque podría pensarse que el artista tiene, ante todo, un mensaje que enviar al mundo. Ahí radica la originalidad. Hay quien vive década tras década sin aportar nada a su tiempo, y quien, en un momento de lucidez, siente que tiene algo diferente que expresar. Luego ese mensaje se agota, la creatividad desaparece, pero si el artista quiere seguir practicando su arte cuenta, en la mayoría de los casos, con el beneplácito agradecido de aquellos que encontraron placer o utilidad en aquel aporte.
Uno podría plantearse si un mensaje enviado al mundo, quizás en la juventud, justifica una vida de fracasos, o de decepciones, o de excesos. Yo, sin embargo, prefiero plantearme lo contrario, si una vida sin aportes, sin creatividad, una vida plana, incapaz de crear y de disfrutar de las creaciones de otro, merece la pena ser vivida.
miércoles, 28 de abril de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Dame un respiro
Vivir con el agua al cuello es una lata, desde luego. Vivir con el agua al cuello supone carecer de la perspectiva y la reflexión que da la tranquilidad, de la objetividad de quien se sale unos momentos de sí mismo para verse desde fuera, del privilegio del que gozan los que poseen lo más importante: tiempo.
Vivir con el agua al cuello evita pensar, desde luego. Puedo comprender que gente que lleva toda la vida en esta situación sean incapaces de contemplar ninguna otra, y consideren que, al fin y al cabo, su vida no podría ir mejor.
Vivir con el agua al cuello lleva a nutrirse de pedacitos de felicidad.
¿Hay que estar ocupado todo el tiempo para no pensar en lo infeliz que uno puede ser? ¿Es la infelicidad una cualidad exclusiva de los ociosos?
Toda una vida intentando conquistar el tiempo para descubrir que el tiempo lleva a la libertad, la libertad a la reflexión y la reflexión al desasosiego. Es la paradoja del Dios Todopoderoso y Aburrido.
Uno tiende a pensar que vivir con el agua al cuello no es la peor de las opciones, pues peor sería acabar debajo del agua. Algo parecido debía de pensar Sísifo: mejor dejar caer la piedra y volver a subirla que dejarse aplastar por ella. También algo parecido pensarán los peces abisales, esos seres que, como habitantes de la caverna platónica, jamás han visto la luz. Ellos nunca han vivido con el agua al cuello.
Lo peor es que creo que los que viven con el agua al cuello, los que ya se ahogaron, los habitantes de la caverna, Sísifo, los peces abisales, Platón, el Dios Todopoderoso y Aburrido y los que se llaman felices y lo gritan a los cuatro vientos tienen algo en común: a poco que lo piensen, todos descubren que la felicidad es tan imposible como fácil de conseguir. Si crees que la tienes, la tienes. Si no lo crees, no la encontrarás por más que busques.
Y, visto lo visto, ninguna de las opciones merece, en absoluto, la pena.
Vivir con el agua al cuello evita pensar, desde luego. Puedo comprender que gente que lleva toda la vida en esta situación sean incapaces de contemplar ninguna otra, y consideren que, al fin y al cabo, su vida no podría ir mejor.
Vivir con el agua al cuello lleva a nutrirse de pedacitos de felicidad.
¿Hay que estar ocupado todo el tiempo para no pensar en lo infeliz que uno puede ser? ¿Es la infelicidad una cualidad exclusiva de los ociosos?
Toda una vida intentando conquistar el tiempo para descubrir que el tiempo lleva a la libertad, la libertad a la reflexión y la reflexión al desasosiego. Es la paradoja del Dios Todopoderoso y Aburrido.
Uno tiende a pensar que vivir con el agua al cuello no es la peor de las opciones, pues peor sería acabar debajo del agua. Algo parecido debía de pensar Sísifo: mejor dejar caer la piedra y volver a subirla que dejarse aplastar por ella. También algo parecido pensarán los peces abisales, esos seres que, como habitantes de la caverna platónica, jamás han visto la luz. Ellos nunca han vivido con el agua al cuello.
Lo peor es que creo que los que viven con el agua al cuello, los que ya se ahogaron, los habitantes de la caverna, Sísifo, los peces abisales, Platón, el Dios Todopoderoso y Aburrido y los que se llaman felices y lo gritan a los cuatro vientos tienen algo en común: a poco que lo piensen, todos descubren que la felicidad es tan imposible como fácil de conseguir. Si crees que la tienes, la tienes. Si no lo crees, no la encontrarás por más que busques.
Y, visto lo visto, ninguna de las opciones merece, en absoluto, la pena.
martes, 13 de abril de 2010
Smoking point: fragmentos de conversaciones aeroportuarias mantenidas con desconocidos
"... en realidad no sé qué hago aquí, ni por qué voy a coger este avión, una huida hacia adelante, eso es lo que es, y ya está, me voy lo más lejos posible sabiendo que, tarde o temprano, terminaré volviendo a lo mismo de siempre..."
"... si me preguntas dónde me gustaría vivir, te diría que casi en cualquier sitio del mundo, aunque sólo durante unos meses; eso sí, si la pregunta es dónde me gustaría vivir el resto de mi vida, prácticamente en ninguno. El resto es mucho tiempo, joder, aunque no sepas cuánto es, sólo de pensarlo... si me das unos meses, me monto una vida cojonuda; ahora bien, ten por seguro que me terminaré cansando y te pediré montarme otra... si es que todo, al final, es para nada..."
"... el problema ya no es que yo me canse de la gente; es que creo que la gente también se cansa de mí... vamos, que no hay quien me aguante... si es que no me aguanto ni yo mismo, joder, en el fondo su actitud es comprensible..."
"... tratas de buscarle sentido a la vida en todas partes, y llegas a la conclusión de que no lo tiene... tratas entonces de refugiarte en los demás, ya sabes, conversar, compartir, yo ofrezco, tú ofreces, intercambio de ideas, y resulta que tú te has agotado y los demás te miran como si fuera mejor que no estuvieras allí... pocas cosas hay más tristes que una conversación insustancial, un abrazo vacío, la negativa al intercambio de quien defiende lo suyo a capa y espada, por más absurdo que sea... casi mejor desaparecer, pero... ¿cómo se desaparece? ¿Adónde van los desaparecidos?"
" ... me voy, que ya sale mi avión... para qué, en el fondo... a ver si se estrella de una vez, joder, estoy harto de que siempre se estrelle el avión de los demás..."
"... si me preguntas dónde me gustaría vivir, te diría que casi en cualquier sitio del mundo, aunque sólo durante unos meses; eso sí, si la pregunta es dónde me gustaría vivir el resto de mi vida, prácticamente en ninguno. El resto es mucho tiempo, joder, aunque no sepas cuánto es, sólo de pensarlo... si me das unos meses, me monto una vida cojonuda; ahora bien, ten por seguro que me terminaré cansando y te pediré montarme otra... si es que todo, al final, es para nada..."
"... el problema ya no es que yo me canse de la gente; es que creo que la gente también se cansa de mí... vamos, que no hay quien me aguante... si es que no me aguanto ni yo mismo, joder, en el fondo su actitud es comprensible..."
"... tratas de buscarle sentido a la vida en todas partes, y llegas a la conclusión de que no lo tiene... tratas entonces de refugiarte en los demás, ya sabes, conversar, compartir, yo ofrezco, tú ofreces, intercambio de ideas, y resulta que tú te has agotado y los demás te miran como si fuera mejor que no estuvieras allí... pocas cosas hay más tristes que una conversación insustancial, un abrazo vacío, la negativa al intercambio de quien defiende lo suyo a capa y espada, por más absurdo que sea... casi mejor desaparecer, pero... ¿cómo se desaparece? ¿Adónde van los desaparecidos?"
" ... me voy, que ya sale mi avión... para qué, en el fondo... a ver si se estrella de una vez, joder, estoy harto de que siempre se estrelle el avión de los demás..."
jueves, 8 de abril de 2010
Azares del destino y de la historia
Cuando Platón concluyó el último de sus diálogos, lo enrolló y selló con satisfacción. Había sido capaz de plasmar por escrito todas las ideas que durante años habían estado bullendo en su mente, ideas originales, distintas a las de sus contemporáneos, y lo había hecho, además, de forma bella, literaria, jugando tanto con la perfección del lenguaje griego como con los conceptos tratados. ¡Qué gran creación la de aquel personaje, Sócrates! Gracias a él, sus argumentaciones se habían desarrollado en toda su verdadera dimensión. El personajes de Sócrates sería el gran mediador entre el mundo y su trascendencia, y la historia, desde luego, le recordaría como el nexo ideal entre la ficción en la que se movía y él, Platón, el autor, el genial creador de un edificio conceptual que sería recordado durante generaciones.
Cuando Fernando Pessoa concluyó su obra, firmó con el nombre de otro y se sintió satisfecho. Firmó, en realidad, con los nombre de varios otros, con nombres ficticios que habían dejado de serlo en sus manos. Pronto todos alabarían, por ejemplo, a Ricardo Reis, su poesía y las pequeñas piezas de su vida que habían sido inteligentemente dejadas en el camino de los investigadores le convertirían en inmortal, a Ricardo Reis, alguien que ni siquiera había existido nunca. Fernando Pessoa sería un desconocido, sí, un alma gris que apenas hizo nada destacable en su vida. Pero nadie sabría, nadie podría ni tan siquiera sospechar, que aquel Ricardo Reis al que todos buscarían había salido, porque sí, de sus anónimas manos.
Cuando Fernando Pessoa concluyó su obra, firmó con el nombre de otro y se sintió satisfecho. Firmó, en realidad, con los nombre de varios otros, con nombres ficticios que habían dejado de serlo en sus manos. Pronto todos alabarían, por ejemplo, a Ricardo Reis, su poesía y las pequeñas piezas de su vida que habían sido inteligentemente dejadas en el camino de los investigadores le convertirían en inmortal, a Ricardo Reis, alguien que ni siquiera había existido nunca. Fernando Pessoa sería un desconocido, sí, un alma gris que apenas hizo nada destacable en su vida. Pero nadie sabría, nadie podría ni tan siquiera sospechar, que aquel Ricardo Reis al que todos buscarían había salido, porque sí, de sus anónimas manos.
lunes, 5 de abril de 2010
El grito
Gritar es signo de histeria, de debilidad. Quien grita da muestras evidentes de haber perdido el control de sus emociones, de sentirse presa de tensiones insoportables que precisan desahogo, de ser víctima de pasiones, dolores o inquietudes que de ningún modo le son provechosas.
Jamás gritará quien se encuentre en paz consigo mismo y con su entorno, jamás gritará, por tanto, un iluminado, un eremita, un anacoreta.
Los seres superiores, de hecho, no gritan. ¿Alguien ha oído alguna vez el grito de un dios o de un ser de luz, ya sea ángel o demonio? Sólo cuando el ser humano, tímido en sus pretensiones y corto en su imaginación, les dota de ilusorias cualidades humanas.
Las plantas no gritan, por más dolor que se les inflija. Las plantas, tal vez, sean seres superiores.
Los muertos no gritan.
El grito de Munch no grita. La figura se retuerce en el lienzo, sentimos su dolor y lo compartimos, pero su grito no llega a nuestros oídos.
Aunque, tal vez, nuestra sea la falta. Porque no lo oímos, pero el grito existe. Un grito desgarrador, aterrador, un grito interno que muchos son incapaces de comprender.
Tal vez ese grito, mudo para nosotros, sea el grito de los elegidos. Tal vez las plantas gritan y lanzan su grito al cielo, tal vez los dioses gritan, gritan sin poder dejar de hacerlo, gritan por el mundo que crearon y lo hacen desde el maldito primer instante de la vida.
Los muertos gritan, gritan en sus tumbas, gritan sus espíritus, gritan por haber sufrido la condena de existir. Y no los oímos.
Los muertos, definitivamente, son seres superiores.
Jamás gritará quien se encuentre en paz consigo mismo y con su entorno, jamás gritará, por tanto, un iluminado, un eremita, un anacoreta.
Los seres superiores, de hecho, no gritan. ¿Alguien ha oído alguna vez el grito de un dios o de un ser de luz, ya sea ángel o demonio? Sólo cuando el ser humano, tímido en sus pretensiones y corto en su imaginación, les dota de ilusorias cualidades humanas.
Las plantas no gritan, por más dolor que se les inflija. Las plantas, tal vez, sean seres superiores.
Los muertos no gritan.
El grito de Munch no grita. La figura se retuerce en el lienzo, sentimos su dolor y lo compartimos, pero su grito no llega a nuestros oídos.
Aunque, tal vez, nuestra sea la falta. Porque no lo oímos, pero el grito existe. Un grito desgarrador, aterrador, un grito interno que muchos son incapaces de comprender.
Tal vez ese grito, mudo para nosotros, sea el grito de los elegidos. Tal vez las plantas gritan y lanzan su grito al cielo, tal vez los dioses gritan, gritan sin poder dejar de hacerlo, gritan por el mundo que crearon y lo hacen desde el maldito primer instante de la vida.
Los muertos gritan, gritan en sus tumbas, gritan sus espíritus, gritan por haber sufrido la condena de existir. Y no los oímos.
Los muertos, definitivamente, son seres superiores.