Habíamos de reunirnos a medianoche y, sin embargo, dos horas antes aquel claro en el bosque se encontraba ya a rebosar de los personajes más diversos. Brujos, trasgos, duendes, sátiros, seres de barba alargada y ojos profundos en los que navegar en un mar de experiencia y sabiduría, ángeles caídos y espíritus malditos que adoptan forma humana para pasar desapercibidos, plañideras enlutadas que se convertirían en bacantes tras tomar un par de sorbos de la poción que llevábamos toda la tarde preparando con el mayor de los esmeros.
Me aproximé al centro de la reunión y alcé con parsimonia los brazos. Todos callaron. Los rayos de luna que a duras penas conseguían atravesar el espeso ramaje que rodeaba el claro me permitieron atisbar entre los presentes rostros conocidos, seres tan orgullosos de su naturaleza que juegan con placer a mantenerla en secreto durante generaciones, cambiando de personalidad y codeándose con la gente vulgar sin ser objeto de sospecha o suspicacia alguna.
¡Qué divertido jugar con los humanos haciéndoles creer que somos como ellos, que no existimos, que somos leyendas por ellos inventadas! Nunca, encerrados en su orgullo, aceptarán que llevamos milenios disfrutando a su costa, moviendo los hilos de sus sociedades, haciéndoles creer lo que nos apetece, enviando mensajes contradictorios para confundirles y dar pie a sus disparatadas teorías.
La medianoche estaba a punto de llegar, y entonces el diablo todopoderoso nos mostraría, una vez más, el camino hacia los muertos, esos sabios que nunca mienten, que nunca se contradicen, esos cuyo mensaje es alimento para el cuerpo y energía para la mente.
Tomé del brevaje en último lugar. Siempre preferí hablar con los muertos, ellos me enseñan a reírme de la estupidez de los vivos. Comenzaron las voces, aquella verdad tantas veces repetida y sólo comprendida por los verdaderamente iniciados. Y entonces se nos apareció el macho cabrío, y todos se arrodillaron, y yo le miré a los ojos y me sentí como se sentiría el más superior de entre los seres superiores.
El mundo y sus habitantes habían dejado de tener importancia. ¿Para qué preocuparse por los que nunca entenderían?
Podía, ahora sí, comenzar el akelarre...
sábado, 31 de octubre de 2009
lunes, 26 de octubre de 2009
Sonría, por favor
"¡Sonríe!", gritaba el fotógrafo con entonación infantil mientras levantaba un estúpido pájaro de papel y aplicaba el flash.
"¡Sonríe, hijo, que vas a salir serio en la foto!", le recordaba su madre.
Pero el niño no sonreía.
No había sonreído nunca, de hecho, al menos nadie le recordaba ni tan siquiera una mueca casual que pudiera identificarse con una sonrisa. En el colegio los profesores les preguntaban a sus padres, y estos no sabían qué responder. "Es un buen chico", decían, "pero tan serio...". Semejante seriedad no le hacía, por ende, muy popular entre sus amigos, y los escasos amigos que como tales pudieron ser considerados le fueron abandonando, poco a poco, aburridos de una forma de ser que intuían fría y oscura.
El niño creció y comenzó a ser capaz de justificar su actitud. "¡Por qué voy a sonreír si no tengo razones para ello!", solía decir, y huyó buscando su sonrisa perdida. No echó de menos a la gente que le rodeaba, ni su mundo, ni sus costumbres. ¡Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera se había sentido con ellos lo suficientemente a gusto como para sonreír al menos una vez!
Recorrió medio mundo y preguntó por el otro medio hasta que un viejo explorador le habló de una tribu, en el interior de la selva africana, célebre entre los antropólogos por la ausencia, precisamente, de la humana cualidad de la risa.
"Estos son los míos", pensó el chico. Tal vez con ellos encuentre la respuesta.
Navegó ríos, cruzó espesas masas vegetales, subió montañas y luchó con bestias feroces e insectos de picadura mortal hasta que encontró el valle donde habitaba la tribu, que le recibió con cortesía.
El chico nunca había sido tan feliz. Allí nadie sonreía y nadie se extrañaba de que él no lo hiciera. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. ¿Quién necesitaba aquel mundo de sonrisas falsas, de medias sonrisas, de sonrisas irónicas e hipócritas, cuando había encontrado la verdadera sinceridad de la tragedia humana?
Tan a gusto se sintió el chico que sonrió, por primera vez en su vida.
Y los miembros de la tribu, asombrados ante tan esperpéntico gesto, le tomaron por un poseído y le expulsaron, condenándole a vagar por el mundo en soledad.
El chico nunca más volvió a sonreír.
"¡Sonríe, hijo, que vas a salir serio en la foto!", le recordaba su madre.
Pero el niño no sonreía.
No había sonreído nunca, de hecho, al menos nadie le recordaba ni tan siquiera una mueca casual que pudiera identificarse con una sonrisa. En el colegio los profesores les preguntaban a sus padres, y estos no sabían qué responder. "Es un buen chico", decían, "pero tan serio...". Semejante seriedad no le hacía, por ende, muy popular entre sus amigos, y los escasos amigos que como tales pudieron ser considerados le fueron abandonando, poco a poco, aburridos de una forma de ser que intuían fría y oscura.
El niño creció y comenzó a ser capaz de justificar su actitud. "¡Por qué voy a sonreír si no tengo razones para ello!", solía decir, y huyó buscando su sonrisa perdida. No echó de menos a la gente que le rodeaba, ni su mundo, ni sus costumbres. ¡Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera se había sentido con ellos lo suficientemente a gusto como para sonreír al menos una vez!
Recorrió medio mundo y preguntó por el otro medio hasta que un viejo explorador le habló de una tribu, en el interior de la selva africana, célebre entre los antropólogos por la ausencia, precisamente, de la humana cualidad de la risa.
"Estos son los míos", pensó el chico. Tal vez con ellos encuentre la respuesta.
Navegó ríos, cruzó espesas masas vegetales, subió montañas y luchó con bestias feroces e insectos de picadura mortal hasta que encontró el valle donde habitaba la tribu, que le recibió con cortesía.
El chico nunca había sido tan feliz. Allí nadie sonreía y nadie se extrañaba de que él no lo hiciera. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. ¿Quién necesitaba aquel mundo de sonrisas falsas, de medias sonrisas, de sonrisas irónicas e hipócritas, cuando había encontrado la verdadera sinceridad de la tragedia humana?
Tan a gusto se sintió el chico que sonrió, por primera vez en su vida.
Y los miembros de la tribu, asombrados ante tan esperpéntico gesto, le tomaron por un poseído y le expulsaron, condenándole a vagar por el mundo en soledad.
El chico nunca más volvió a sonreír.
sábado, 17 de octubre de 2009
Algo para recordar
Leí no hace mucho la historia de un señor que, siendo ya mayor, se dispuso a escribir sus memorias, no tanto para dejarlas como testimonio de su paso por el mundo como para entretener sus últimos años, o meses, en él. Así que acumuló energía, tomó su máquina de escribir y se puso manos a la obra.
Muy pronto aquel señor se dio cuenta de un detalle en el que no había reparado y que creo que nos sucedería a bastantes de nosotros si nos viéramos en sus circunstancias, y es que en su vida no había sucedido nada interesante, de tal modo que en tres o cuatro meses había recorrido a través de las páginas toda su juventud y su madurez, y había llegado al momento preciso en el que se encontraba escribiendo sus memorias.
La teclas de la máquina cesaron por un momento su incesante actividad. El viejo quedó pensativo. ¿Qué hacer, pues?
Decidió entonces inclinarse por la opción más lógica. Continuó, pues, escribiendo. Escribió sus memorias de las horas que sucederían inmediatamente, luego las del día siguiente. Unas semanas después sus memorias alcanzaban hasta la Navidad de dos años después de aquel en el que se encontraba.
Y lo más divertido no es que sus memorias fueran, por lo general, acertadas. Eso es más triste que divertido, y nos pasaría a muchos, y tendríamos así una prueba irrefutable de la adormecedora cotidianeidad de nuestras vidas. Lo más divertido es comprobar aquello en lo que falló, que fue en su propia muerte, pues cuando el viejo murió llevaba ya escritos, aparte de casi ochenta años de vida pasada, más de un centenar de la vida que aún le quedaba por vivir.
Falló en su muerte. O tal vez, simplemente, no quiso incluirla en sus memorias. En realidad, creo que nadie recuerda su propia muerte, de modo que esa omisión es comprensible.
Recordar el doble de lo que has vivido es, en cualquier caso, una rareza fascinante.
Muy pronto aquel señor se dio cuenta de un detalle en el que no había reparado y que creo que nos sucedería a bastantes de nosotros si nos viéramos en sus circunstancias, y es que en su vida no había sucedido nada interesante, de tal modo que en tres o cuatro meses había recorrido a través de las páginas toda su juventud y su madurez, y había llegado al momento preciso en el que se encontraba escribiendo sus memorias.
La teclas de la máquina cesaron por un momento su incesante actividad. El viejo quedó pensativo. ¿Qué hacer, pues?
Decidió entonces inclinarse por la opción más lógica. Continuó, pues, escribiendo. Escribió sus memorias de las horas que sucederían inmediatamente, luego las del día siguiente. Unas semanas después sus memorias alcanzaban hasta la Navidad de dos años después de aquel en el que se encontraba.
Y lo más divertido no es que sus memorias fueran, por lo general, acertadas. Eso es más triste que divertido, y nos pasaría a muchos, y tendríamos así una prueba irrefutable de la adormecedora cotidianeidad de nuestras vidas. Lo más divertido es comprobar aquello en lo que falló, que fue en su propia muerte, pues cuando el viejo murió llevaba ya escritos, aparte de casi ochenta años de vida pasada, más de un centenar de la vida que aún le quedaba por vivir.
Falló en su muerte. O tal vez, simplemente, no quiso incluirla en sus memorias. En realidad, creo que nadie recuerda su propia muerte, de modo que esa omisión es comprensible.
Recordar el doble de lo que has vivido es, en cualquier caso, una rareza fascinante.
domingo, 11 de octubre de 2009
Aquel clic y el gélido contacto del cañón en la frente
Realmente no sintió miedo hasta que oyó aquel clic. Ni siquiera cuando volvió en sí y no pudo abrir los ojos, vendados como los tenía, de modo que la noche de la que tenía que haber despertado parecía haberse hecho eterna; ni cuando intentó quitarse la venda y comprobó que sus manos estaban atadas a su espalda, fuerte, concienzudamente; ni cuando intentó llamar a su mujer y las palabras se le ahogaron en la garganta amordaza.
Supuso que alguien tendría que hablarle, que le dirigirían la palabra, nadie ataba a un inocente así, porque sí, si no pretendía algo. Un rescate, un robo, la combinación de la caja fuerte. Esperó durante minutos que parecieron horas a que alguien se dirigiera a él en busca de alguna información. Nada. Silencio y oscuridad.
Pensó que aquello sólo podía deberse a una de dos razones: o se trataba de una equivocación, y entonces todo se solucionaría más pronto que tarde, o era una broma pesada que acabaría en unos minutos entre gritos de sorpresa y palmaditas en la espalda. ¿Por qué otra razón le tendrían, si no, allí atado?
Por eso no sentía miedo. Porque ni siquiera es posible tener en cuenta lo que la mente concibe como absurdo, lo que no puede ser.
El miedo comenzó con aquel cañón, frío como el hielo, apoyado en su frente. Sólo entonces pensó en su mujer, en su vida, en que había despertado atado sin razón y que le estaban apuntando a la cabeza con un arma. Tragó saliva, y esta cruzó por su garganta como un papel de lija. El clic desató el pánico.
El pánico, sin embargo, duró poco, escasos segundos. Los que tardó la detonación en hacerse oír. A partir de ese momento dejó de preocuparse por su mujer, por su casa, por el silencio y la oscuridad, por el dedo que había apretado el gatillo, por quién limpiaría los restos de sangre y sesos desperdigados por el suelo y las paredes.
Supuso que alguien tendría que hablarle, que le dirigirían la palabra, nadie ataba a un inocente así, porque sí, si no pretendía algo. Un rescate, un robo, la combinación de la caja fuerte. Esperó durante minutos que parecieron horas a que alguien se dirigiera a él en busca de alguna información. Nada. Silencio y oscuridad.
Pensó que aquello sólo podía deberse a una de dos razones: o se trataba de una equivocación, y entonces todo se solucionaría más pronto que tarde, o era una broma pesada que acabaría en unos minutos entre gritos de sorpresa y palmaditas en la espalda. ¿Por qué otra razón le tendrían, si no, allí atado?
Por eso no sentía miedo. Porque ni siquiera es posible tener en cuenta lo que la mente concibe como absurdo, lo que no puede ser.
El miedo comenzó con aquel cañón, frío como el hielo, apoyado en su frente. Sólo entonces pensó en su mujer, en su vida, en que había despertado atado sin razón y que le estaban apuntando a la cabeza con un arma. Tragó saliva, y esta cruzó por su garganta como un papel de lija. El clic desató el pánico.
El pánico, sin embargo, duró poco, escasos segundos. Los que tardó la detonación en hacerse oír. A partir de ese momento dejó de preocuparse por su mujer, por su casa, por el silencio y la oscuridad, por el dedo que había apretado el gatillo, por quién limpiaría los restos de sangre y sesos desperdigados por el suelo y las paredes.
domingo, 4 de octubre de 2009
¿Quién mató a Esteban Pérez?
- ¿Por qué coño no te pondrán azúcar cuando pides un café bombón? - me dijo Esteban momentos después de que se fuera la camarera. Suspiró disgustado, se levantó y volvió al poco tiempo con un par de sobrecitos que volcó sobre el café ya bañado en leche condensada. Sólo entonces comenzó a hablarme del tema que le había llevado a citarme en aquella cafetería.
- Creo que he creado el personaje perfecto - comenzó. - Ahora sí que puedo decirlo. Basta ya de noveluchas de medio pelo con personajes planos y tramas previsibles. Por fin una novela policíaca tendrá un personaje de verdad, un personaje inteligente, capaz de actuar con cautela y tomar decisiones drásticas cuando la situación así lo impone. Hasta le he puesto nombre: Abraham. Abraham Nogales. ¿Qué te parece? Tiene fuerza, ¿verdad?
Le pregunté qué tenía ese policía para ser tan especial. ¿Era un detective, un comisario?
- Ni mucho menos. Es un gánster. Un matón con sus sicarios y todo. Frío y calculador pero, al mismo tiempo, racional y sensible. Sabe lo que tiene que hacer en cada momento y por qué. Yo mismo me asombro al releer las páginas que escribo. Actúa con personalidad propia, en ocasiones parece encontrarse más allá de mi pluma, por encima de su propio creador. Actúa con autonomía, por así decirlo, y lo hace con tanta coherencia y verosimilitud...
Le felicité. Luego se me ocurrió una idea, y no pude evitar dársela a conocer.
- Tal vez puedas crear un personaje mítico. Una saga, una serie de novelas como las de los grandes maestros, como las de Christie, Doyle...
Entonces su rostro mostró un trazo sombrío. Se inclinó sobre mí y me susurró al oído, como si tuviera miedo a estar siendo espiado:
- Creo que voy a matarlo.
- ¿Vas a matar a...?
- A Abraham Nogales, sí. Puedo hacerlo, soy su creador, ¿no? Es un personaje demasiado hecho, no puede sobrevivir. Las grandes figuras han de tener un gran final, un final trágico, tal vez traicionado por una chica, tal vez disparado por la espalda...
Fue entonces cuando la situación tomó un giro inesperado, cuando entraron en la cafetería aquellos dos tipos con gabardina, saludaron con educación a la camarera, compraron un paquete de Marlboro en la máquina de la entrada, se acercaron a nosotros y se nos quedaron mirando. En realidad, se le quedaron mirando a él.
- ¿Esteban Pérez?
- Sí.
- Sintiéndolo mucho, tenemos que acabar con usted. De parte de Abraham Nogales.
Pude ver claramente las metralletas que sostenían, ocultas por su atuendo, preparadas para disparar.
- ¿Es una broma? - dijo Esteban tartamudeando de miedo.
- Me temo que no, Señor Pérez.
- Pero si Abraham Nogales no existe...
- Pues acabamos de estar con él, y nos ha enviado a llenarle el cuerpo de plomo, Señor Pérez. "Es una cuestión de supervivencia", ha dicho. "Acabad con él antes de que él acabe con nosotros".
Esteban palideció y me miró buscando respuestas, ayuda, comprensión. Aquella mirada fue lo último que recuerdo de Esteban. Luego una ráfaga luminosa, un estruendo atroz, la camarera que se tira al suelo, el cadáver de mi amigo aún sentado en su silla, gotas de sangre sobre el café bombón, el matón que enciende un Marlboro y huye antes de que a nadie se le pudiera ocurrir hacer o decir nada.
Todavía pienso que si hubiera actuado, si hubiera respondido ante aquellos ojos suplicantes... Pero qué podía hacer. Sólo tengo una cosa clara: me lo pensaré mucho antes de escribir una novela, especialmente si en ella aparecen personajes que podrían acabar conmigo.
- Creo que he creado el personaje perfecto - comenzó. - Ahora sí que puedo decirlo. Basta ya de noveluchas de medio pelo con personajes planos y tramas previsibles. Por fin una novela policíaca tendrá un personaje de verdad, un personaje inteligente, capaz de actuar con cautela y tomar decisiones drásticas cuando la situación así lo impone. Hasta le he puesto nombre: Abraham. Abraham Nogales. ¿Qué te parece? Tiene fuerza, ¿verdad?
Le pregunté qué tenía ese policía para ser tan especial. ¿Era un detective, un comisario?
- Ni mucho menos. Es un gánster. Un matón con sus sicarios y todo. Frío y calculador pero, al mismo tiempo, racional y sensible. Sabe lo que tiene que hacer en cada momento y por qué. Yo mismo me asombro al releer las páginas que escribo. Actúa con personalidad propia, en ocasiones parece encontrarse más allá de mi pluma, por encima de su propio creador. Actúa con autonomía, por así decirlo, y lo hace con tanta coherencia y verosimilitud...
Le felicité. Luego se me ocurrió una idea, y no pude evitar dársela a conocer.
- Tal vez puedas crear un personaje mítico. Una saga, una serie de novelas como las de los grandes maestros, como las de Christie, Doyle...
Entonces su rostro mostró un trazo sombrío. Se inclinó sobre mí y me susurró al oído, como si tuviera miedo a estar siendo espiado:
- Creo que voy a matarlo.
- ¿Vas a matar a...?
- A Abraham Nogales, sí. Puedo hacerlo, soy su creador, ¿no? Es un personaje demasiado hecho, no puede sobrevivir. Las grandes figuras han de tener un gran final, un final trágico, tal vez traicionado por una chica, tal vez disparado por la espalda...
Fue entonces cuando la situación tomó un giro inesperado, cuando entraron en la cafetería aquellos dos tipos con gabardina, saludaron con educación a la camarera, compraron un paquete de Marlboro en la máquina de la entrada, se acercaron a nosotros y se nos quedaron mirando. En realidad, se le quedaron mirando a él.
- ¿Esteban Pérez?
- Sí.
- Sintiéndolo mucho, tenemos que acabar con usted. De parte de Abraham Nogales.
Pude ver claramente las metralletas que sostenían, ocultas por su atuendo, preparadas para disparar.
- ¿Es una broma? - dijo Esteban tartamudeando de miedo.
- Me temo que no, Señor Pérez.
- Pero si Abraham Nogales no existe...
- Pues acabamos de estar con él, y nos ha enviado a llenarle el cuerpo de plomo, Señor Pérez. "Es una cuestión de supervivencia", ha dicho. "Acabad con él antes de que él acabe con nosotros".
Esteban palideció y me miró buscando respuestas, ayuda, comprensión. Aquella mirada fue lo último que recuerdo de Esteban. Luego una ráfaga luminosa, un estruendo atroz, la camarera que se tira al suelo, el cadáver de mi amigo aún sentado en su silla, gotas de sangre sobre el café bombón, el matón que enciende un Marlboro y huye antes de que a nadie se le pudiera ocurrir hacer o decir nada.
Todavía pienso que si hubiera actuado, si hubiera respondido ante aquellos ojos suplicantes... Pero qué podía hacer. Sólo tengo una cosa clara: me lo pensaré mucho antes de escribir una novela, especialmente si en ella aparecen personajes que podrían acabar conmigo.