lunes, 28 de septiembre de 2009

La mejor actuación de tu vida

"Todos somos actores", dijo, y comenzó a liarse uno de esos cigarrillos con aroma a vainilla. "¿Qué?", le repliqué, no tanto ensordecido por la música rock y distraído por el camarero que nos ponía las cervezas como aturdido ante la afirmación.
"Todos somos actores", volvió a decir, y mientras encendía el mechero comenzó a contarme que los seres humanos siempre están representando un papel, unos frente a otros, como una inmensa obra de teatro interactiva donde los actores eran los espectadores, y viceversa. "La clave está en ser tú mismo, te dicen, pero, ¿cómo consigues ser tú mismo? ¿Acaso sabes quién eres? Quieras o no terminas actuando, representas un papel cómico o uno trágico dependiendo del momento, de lo que esperan los demás, de cómo te sientes, de lo que te dictan las costumbres o las circunstancias. El actor más admirado es el que domina un mayor número de registros; sin embargo, curiosamente, los premios suelen recaer en especialistas que dominan a la perfección un solo papel. Estos son, a la vez, odiados y envidiados".
"¿Y qué papeles interpretas tú?", le pregunté.
"Los que puedo. Como todos".
Le dije que entonces éramos buenos actores, nosotros los humanos. Él sonrió, aspiró una calada y sorbió lentamente un buen trago de su cerveza. "Tenemos toda una vida para aprendernos el papel, ¿no crees?".
La cerveza era de trigo, el bar oscuro y lleno de humo. La música de The Who. Aquello me pareció un decorado de cine negro. Me pregunté si aquel tío estaría siendo sincero o estaba, simplemente, actuando para mí.
Luego lo pensé. Claro que estaba actuando. Y muy bien, por cierto. Aunque el mundo se encuentra tan lleno de grandísimos actores que es realmente complicado premiar a tan sólo uno de ellos...

jueves, 24 de septiembre de 2009

La intrahistoria del asesino

"Después de matarles lancé el arma al Támesis, me lavé las manos en el lavabo de un Burger King y volví a casa a esperar instrucciones".
El asesino a sueldo hizo lo que tenía que hacer. Él había seguido las instrucciones al pie de la letra, maldita sea. Cómo iba a saber que aquel niño estúpido se cruzaría en su camino. El azar, el siempre inesperado azar le había jugado, esta vez, una mala pasada.
La policía no le encontraría, al plan de huida era perfecto. Ni siquiera le hubieran buscado si el único asesinado hubiera sido ese mafioso despreciable. Pero el niño... el niño lo cambiaba todo. Ahora removerían cielo y tierra buscándole, sí, el asunto saldría en las noticias y una conmoción general removería las sucias entrañas de esa sociedad escandalizable sólo cuando quieren los medios.
Ese no era el problema. Tampoco lo sería su jefe, por más que trinara ante el error cometido y, más que probablemente, enviara a algún otro sicario para dispararle intentando cortar de raíz el resto del desagradable incidente.
El verdadero problema era aquel runrún en el cerebro. No estaba seguro, quizá se tratara de eso que llaman conciencia. ¿Cómo se le había ocurrido al imbécil de su amigo dejarle Crimen y castigo precisamente aquella semana?
Se miró al espejo, renegó de Dostoievski y de sus libros, de su amigo, de su jefe y de la puta vida, disparó contra su imagen y mil trozos de vidrio volaron en todas direcciones. Desde luego, era más fácil apretar el gatillo que soportar los remordimientos. El próximo disparo no reventaría el simple reflejo de su cabeza. Maldita sea.

domingo, 20 de septiembre de 2009

He visto cosas que vosotros no creeríais

He surgido de la nada, he visto cómo el mundo crecía a mi alrededor de forma incontrolada, he alzado los brazos para intentar tocar el cielo.
He vagado por las tinieblas, me he arrastrado por el barro, he llorado, he reído, he luchado durante años por superar todos esos sentimientos y convertirme en un ente inmutable.
He visto a los humanos ayudándose entre sí, y les he visto matarse a dentelladas como fieras. Alguna vez les he preguntado por qué, y no han sabido responderme.
He buscado la verdad, he renegado de ella y escupido en su memoria. Unas veces, he creído tener en mis manos las llaves de la felicidad; otras, he estado convencido de que nunca existieron. Puedo decir que pude ser feliz y no quise. Puedo decir que nunca supe lo que quería. Puedo decir que quizás he estado dando vueltas en lugar de caminar recto, que la luz era engañosa, que nadie anduvo más desorientado que yo.
Puedo decir, en definitiva, que lo he intentado para nada y que la intención no sirve de consuelo.
Y todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

"No hay de qué tener miedo"

"Das un poco de miedo", le dijo el niño al monstruo que, al despertar, había encontrado observándole en su habitación, a los pies de su cama.
El monstruo no se movió, sino que permaneció allí, babeante, la mirada de sus ojos amarillentos fija en la del niño. Daba un poco de miedo, en efecto. Al menos al principio, hasta que transcurrieron unos segundos que parecieron eternos en aquella quietud pictórica.
Luego el miedo se fue perdiendo, el niño se fue deshaciendo de él poco a poco, como quien se despoja de un pesado abrigo. En un momento dado el niño se incorporó ligeramente y de entre las sábanas sacó una mano frágil y titubeante que acercó al monstruo hasta casi tocarlo.
"No hay de qué tener miedo", pensó el niño. "Es un monstruo bueno". Y la mano rozó aquella piel viscosa y llena de escamas, un tacto desagradable que dibujó en el niño una fugaz mueca de asco que el monstruo aprovechó para abrir la boca, una boca enorme, inimaginable, inverosímil, y devorar al niño.
Se lo tragó de un bocado, con huesos y todo, casi sin masticar. Luego eructó satisfecho. La cena había sido reconfortante, limpia y sabrosa. La víctima apenas había opuesto resistencia. Desde luego, no había de qué tener miedo.

sábado, 12 de septiembre de 2009

La inmortalidad vista desde fuera

Uno siempre pensó que en esto de la vida las medias tintas eran lo peor. O se moría joven, evitando en la medida de lo posible el desencanto de ver que el tiempo pasaba y todo acabaría, o no se moría nunca y el desencanto desaparecía en una eternidad de posibilidades.
De modo que la vida se convertía en una lucha entre las ganas de perecer y el deseo de no hacerlo nunca.
Sucede que llega un momento en el que morir joven comienza a resultar cada vez más difícil, hasta un punto en que parece convertirse en una auténtica utopía. No puede morir joven quien ya no es joven.
Queda únicamente, como modo de evitar la estulticia de las medias tintas, alcanzar la inmortalidad. Y su búsqueda se convierte en tanto más angustiosa cuanto que se yergue ya como única posibilidad fiable.
Es preocupante que la única posibilidad de huir de la vulgaridad humana radique en una fantasía que cualquiera de esos vulgares humanos tacharía de delirio intolerable.
¿Alguien guarda en algún lugar el secreto de la inmortalidad? Que lo pase, por favor...

martes, 8 de septiembre de 2009

El porqué de la náusea

Debe de ser que en cada lugar dejamos una impregnación, una marca, un rastro inapreciable de nuestro paso y de las sensaciones, buenas o malas, que en él hemos experimentado. Alegrías, tristezas, miedo, dolor, sorpresa. Y esa marca se hace más evidente, o más duradera, cuanto más intensa ha sido la emoción que la ha provocado.
Como los fantasmas que están obligados a vivir eternamente los momentos clave de su vida, y convierten en malditos, con sus apariciones, los lugares donde estos se produjeron.
¿Y qué sucede con el dolor existencial? ¿Y si alguien sufre sólo por existir, por estar vivo, por saber positivamente que en algún momento dejará de estarlo? En ese caso, el rastro se genera a cada paso y permanece mientras lo haga la vida de su creador.
De modo que, para cierto tipo de personas, volver a los lugares comunes es como revivir una fantasmagórica escena de dolor. En ese momento nace la náusea sartreana.
Y la única solución que se me ocurre para ese tipo de personas es huir, buscar lugares desconocidos, no volver nunca al lugar del crimen en que se ha convertido su vida.
Tal vez de ahí nazca mi gusto por no repetir nunca destino en mis viajes.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La revelación y el revelador

Sucede que llega un punto en el que ya no vale seguir el camino trazado, en que los objetivos siguen tan lejos que el desánimo inunda al caminante, en que las motivaciones que le llevaron a iniciar la andadura han quedado ya tan atrás que casi se pierden en los abismos de la memoria.
Entonces el caminante avanza por inercia, sin saber muy bien la causa ni la finalidad de los pasos que se van sucediendo, uno tras otro. Casi es mejor no pensar, pues ponerse a buscar porqués sólo llevaría al fracaso. Pero el caminante recuerda que fue el pensamiento el que le llevó a iniciar el camino. Su lógica era tan franca, tan aplastante... y ahora ni siquiera puede recordar cómo comenzaba...
Sucede que el caminante necesita, para continuar, una revelación que le muestre que sigue la senda correcta, que le reafirme en sus convicciones o que las quiebre y las sustituya definitivamente.
Porque toda una vida caminando en solitario, y contracorriente, mina la mentalidad más fuerte.
Sucede, sin embargo, que las revelaciones son tan escasas, tan valiosas, que su aparición, como la de una piedra preciosa, se da sólo muy de tarde en tarde. Y el caminante se pregunta por qué narices, precisamente como ocurre con las piedras preciosas, las revelaciones siempre acaban en malas manos.

martes, 1 de septiembre de 2009

El Principito de Antoine de Saint-Exupéry

Cuando leí El Principito con 10 años me pareció un cuento algo insulso sobre un niño que va de un lado a otro buscando amigos. No le encontré mucho más. Eso sí, el contexto de galaxias y viajes interestelares, así como la inocencia bobalicona del protagonista, me hacían sonreír.
Después leí El Principito con 20 años, y me pareció una crítica a la sociedad y sus modelos humanos basados en la envidia, la avaricia y el egoísmo. El Príncipe, en su inocencia, era capaz de desnudar todas las miserias humanas. Comprobar lo detestable de la verdadera naturaleza del ser humano me provocaba rabia.
Ahora he leído El Principito con 30 años. Creo que es un ejemplo de la candidez perdida, de un pasado de sueños e ideales que se han ido para siempre y que necesitan de un milagro interestelar para volver, aunque sólo sea fugazmente. Ahora, el protagonismo del libro ha pasado del joven Príncipe al piloto que comprende que el mundo nunca fue realmente como de niño pensó que era. Ahora su lectura me provoca ganas de llorar.
Siempre ponen El Principito como ejemplo de libro que cambia con los años. Pero el libro sigue siendo el mismo, es el lector quien cambia. De hecho, no es El Principito un libro único en su especie. Sensaciones parecidas me invadieron al releer Demian, de Herman Hesse, y 1984, de George Orwell, por ejemplo.
Me da auténtico pavor pensar en las consecuencias de una lectura de estos libros a los 40. Afortunadamente, diez años es mucho tiempo y sobrevivir a ellos, en principio, altamente improbable...