"¿Por qué?" es siempre la pregunta más difícil de contestar. Uno puede decir el qué, sobre todo si el qué es aceptable. El qué, en cualquier caso, es la pregunta por la objetividad. También puede comentar el quién, o el cuál, sujetos señalables de una acción determinada. Por supuesto que podrá comentar el cómo, o el cuándo, o el dónde, circunstancias concretas que giran alrededor del hecho.
Pero preguntarse por el porqué es preguntar por las causas últimas, es rastrear en el interior de uno mismo y de los demás, es tratar de comprender el mundo y el universo en que se engloba.
Por eso tiene tanto mérito preguntar siempre el porqué, por eso molesta tanto que te lo estén preguntando constantemente, por eso hay quien decide no plantearse las causas de nada. ¿Que por qué lo hacen? Imaginen...
Ahora bien, hay otra pregunta que aún se yergue más temible ante los ojos de la mente inquieta. El para qué. Y es que las causas miran al pasado, y preguntar por ellas es conocer los mecanismos de funcionamiento de la realidad; pero la finalidad mira al futuro, y adentrarse en sus galerías sería algo así como pretender dar un paseo por el más alla.
Porque lo pasado, pasado está, y generar un interés por conocerlo no pasa de la mera curiosidad. Pero conocer el futuro es tener la capacidad para cambiarlo...
sábado, 28 de febrero de 2009
sábado, 21 de febrero de 2009
El año de la rata y el dúo de la tos
Se veía a sí mismo caminando por el bosque con una pala en una mano y una bolsa de basura en la otra. Era pleno día, y sin embargo la espesura del bosque sólo permitía la entrada de finos rayos de sol que, aislados, se dejaban observar como haces de luz procedentes de alguna linterna. Tal vez fuera la mejor manera de celebrar el año de la rata, recoger los cadáveres que de estos animalitos cayeran de los árboles y meterlos en una bolsa. Cenizas a las cenizas, y polvo al polvo.
Pensó que comenzaba a refrescar, o tal vez fuera una corriente de aire que se colaba, como los rayos del sol, entre los enormes troncos. ¿Y si enfermaba? Alguien le había dicho una vez que no era bueno exponerse a las corrientes de aire.
Si enfermaba empezaría a toser. Sería desagrable. O quizás no. Quizás la tos le uniría a otras personas, a veces los problemas unen. Otros personas que, como él haría, toserían continuamente. Y juntos conformarían una melodiosa filarmónica de expectoraciones.
Pero de momento no tosía. "Mierda", murmuró, ante la posibilidad perdida de conocer gente.
Regresó a casa con la bolsa repleta de cadáveres de roedores, aunque ni siquiera sabía muy bien qué haría con ellos. Trato de toser, sin conseguirlo aún. Una rata más se añadió a su colección, una que encontró en el vestíbulo y que pisó con fuerza, pues debía estar bien muerta para permanecer quietecita en la bolsa.
Luego en casa se enteró de que el año de la rata había terminado 27 días antes, que realmente se encontraba en el año del búfalo. Intentó toser, otra vez sin resultado. "Mierda", volvió a murmurar. ¿Cómo haría para recoger cadáveres de búfalos y meterlos en bolsas de basura? ¿Cómo sin la ayuda de otros tosedores? ¿Cómo si ni siquiera intentándolo conseguía provocarse un sola tos?
Pensó que comenzaba a refrescar, o tal vez fuera una corriente de aire que se colaba, como los rayos del sol, entre los enormes troncos. ¿Y si enfermaba? Alguien le había dicho una vez que no era bueno exponerse a las corrientes de aire.
Si enfermaba empezaría a toser. Sería desagrable. O quizás no. Quizás la tos le uniría a otras personas, a veces los problemas unen. Otros personas que, como él haría, toserían continuamente. Y juntos conformarían una melodiosa filarmónica de expectoraciones.
Pero de momento no tosía. "Mierda", murmuró, ante la posibilidad perdida de conocer gente.
Regresó a casa con la bolsa repleta de cadáveres de roedores, aunque ni siquiera sabía muy bien qué haría con ellos. Trato de toser, sin conseguirlo aún. Una rata más se añadió a su colección, una que encontró en el vestíbulo y que pisó con fuerza, pues debía estar bien muerta para permanecer quietecita en la bolsa.
Luego en casa se enteró de que el año de la rata había terminado 27 días antes, que realmente se encontraba en el año del búfalo. Intentó toser, otra vez sin resultado. "Mierda", volvió a murmurar. ¿Cómo haría para recoger cadáveres de búfalos y meterlos en bolsas de basura? ¿Cómo sin la ayuda de otros tosedores? ¿Cómo si ni siquiera intentándolo conseguía provocarse un sola tos?
domingo, 15 de febrero de 2009
Una nueva forma de viajar
Pensé que ya no tendría que hacer más maletas, ni más colas en los aeropuertos, ni más esperas estúpidas. Había encontrado la forma definitiva de viajar.
Convencido de lo que hacía, y con ese gusanillo en el estómago que ataca a todo viajero en los momentos previos a la partida, me senté ante mi ordenador y me conecté al Google Earth, o al Yahoo Maps, o a uno de esos mapamundis instantáneos vía satélite que circulan por la red. Elegí una ciudad al azar, paseé por sus calles, acercándome a ellas a vista de pájaro tanto como podía, avanzando por ellas a golpe de cursor. Conocí monumentos, parques, cafés, me encontré ante atascos de tráfico y manifestaciones culturales de lo más diverso.
Así conocí Dijon, en Francia; y Matagalpa, en Nicaragua; y Hyderabad, en la India.
Hasta que un día me embarqué en una aventura superior. No sé por qué, pero el viajero siempre busca nuevas experiencias, capaces de superar todo lo anteriormente vivido.
Aterrizé en pleno desierto de Libia y comencé a caminar. Pensé que si caminaba hacia el este llegaría al Nilo; luego, que si caminaba al norte alcanzaría el Mediterráneo. Nada de esto pasó. En mi camino sólo encontraba dunas, y más dunas de arena seca y tierra árida.
Cuando desfallecí de sed y hambre, de calor y soledad, me estaba preguntando quién narices me había mandado a mí visitar esos lugares...
Convencido de lo que hacía, y con ese gusanillo en el estómago que ataca a todo viajero en los momentos previos a la partida, me senté ante mi ordenador y me conecté al Google Earth, o al Yahoo Maps, o a uno de esos mapamundis instantáneos vía satélite que circulan por la red. Elegí una ciudad al azar, paseé por sus calles, acercándome a ellas a vista de pájaro tanto como podía, avanzando por ellas a golpe de cursor. Conocí monumentos, parques, cafés, me encontré ante atascos de tráfico y manifestaciones culturales de lo más diverso.
Así conocí Dijon, en Francia; y Matagalpa, en Nicaragua; y Hyderabad, en la India.
Hasta que un día me embarqué en una aventura superior. No sé por qué, pero el viajero siempre busca nuevas experiencias, capaces de superar todo lo anteriormente vivido.
Aterrizé en pleno desierto de Libia y comencé a caminar. Pensé que si caminaba hacia el este llegaría al Nilo; luego, que si caminaba al norte alcanzaría el Mediterráneo. Nada de esto pasó. En mi camino sólo encontraba dunas, y más dunas de arena seca y tierra árida.
Cuando desfallecí de sed y hambre, de calor y soledad, me estaba preguntando quién narices me había mandado a mí visitar esos lugares...
miércoles, 11 de febrero de 2009
0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89...
Que si la sucesión de Fibonacci, que si el número φ, es decir, la proporción áurea a la que tienden los cocientes de dos números consecutivos de la susodicha sucesión, que si el hombre de Vitrubio, que si los patrones modélicos se esconden tras los números y se manifiestan en la naturaleza... La verdad es que estaría bien que todo se rigiera según un orden determinado, y estaría mucho mejor si el hombre llegara a conocerlo, a cuantificarlo mediante una fórmula.
Lástima que ni el propio ser humano responda a las condiciones de simetría y proporcionalidad que han intentado asignarle. No, al menos, en su constitución interna...
Siempre me he preguntado por qué, más allá de una funcionalidad a posteriori o del puro azar, las vísceras humanas se disponen de forma asimétrica. Y por qué, sin ir más lejos, el corazón late en el ala izquierda del pecho.
Aunque una vez conocí a un tipo que tenía el corazón en el lado derecho, es decir, dos tercios a la derecha del plano medio y un tercio a la izquierda. Y tampoco pasaba nada. ¿Notarían ustedes alguna diferencia si el corazón les latiera en el costado derecho? Yo creo que no la notaría ni aunque dejara de latir...
El tipo aquel no tenía problema alguno con su corazón, hasta que repentinamente empezó a latir con velocidad creciente, más y más creciente, hasta que estalló, y entonces se acabó todo. Luego descubrieron que la proporción en la que los latidos intensificaron su frecuencia era equivalente al aumento de las cantidades en la sucesión de Fibonacci. Qué paradoja...
Lástima que ni el propio ser humano responda a las condiciones de simetría y proporcionalidad que han intentado asignarle. No, al menos, en su constitución interna...
Siempre me he preguntado por qué, más allá de una funcionalidad a posteriori o del puro azar, las vísceras humanas se disponen de forma asimétrica. Y por qué, sin ir más lejos, el corazón late en el ala izquierda del pecho.
Aunque una vez conocí a un tipo que tenía el corazón en el lado derecho, es decir, dos tercios a la derecha del plano medio y un tercio a la izquierda. Y tampoco pasaba nada. ¿Notarían ustedes alguna diferencia si el corazón les latiera en el costado derecho? Yo creo que no la notaría ni aunque dejara de latir...
El tipo aquel no tenía problema alguno con su corazón, hasta que repentinamente empezó a latir con velocidad creciente, más y más creciente, hasta que estalló, y entonces se acabó todo. Luego descubrieron que la proporción en la que los latidos intensificaron su frecuencia era equivalente al aumento de las cantidades en la sucesión de Fibonacci. Qué paradoja...
viernes, 6 de febrero de 2009
Cefalea inducida
Me di cuenta de que sólo me dolía cuando pensaba en ello, de que las distracciones, la desatención, hacían desaparecer el dolor.
Y me alegré por ello. Me alegré de poseer el control, de saber que la solución, en última instancia, dependía de mí. Ahora podría acabar con este molesto dolor de cabeza.
Dejé pues, de pensar en el dolor. Dejé, incluso, de pensar en mi cabeza, ya saben, si algo no molesta uno deja de percatarse de su presencia.
Y dejé, por tanto, de prestarle atención. Hasta tal punto fue así, que la dejé olvidada en algún sitio y ahora no puedo recordar dónde.
Sí, sí, en efecto, como lo oyen, mi cabeza se quedó en algún lugar del que yo salí sin darme cuenta.
Y la situación, en estos momentos, es un tanto molesta. La cefalea ha desaparecido, desde luego, pero mi cabeza también, y me resulta muy desagradable mirarme al espejo y ver ese hueco antinatural de cuello para arriba.
Por otra parte, es lógico que no pueda recordar dónde la dejé olvidada. Cómo lo voy a recordar, si no tengo cabeza para hacerlo...
Y me alegré por ello. Me alegré de poseer el control, de saber que la solución, en última instancia, dependía de mí. Ahora podría acabar con este molesto dolor de cabeza.
Dejé pues, de pensar en el dolor. Dejé, incluso, de pensar en mi cabeza, ya saben, si algo no molesta uno deja de percatarse de su presencia.
Y dejé, por tanto, de prestarle atención. Hasta tal punto fue así, que la dejé olvidada en algún sitio y ahora no puedo recordar dónde.
Sí, sí, en efecto, como lo oyen, mi cabeza se quedó en algún lugar del que yo salí sin darme cuenta.
Y la situación, en estos momentos, es un tanto molesta. La cefalea ha desaparecido, desde luego, pero mi cabeza también, y me resulta muy desagradable mirarme al espejo y ver ese hueco antinatural de cuello para arriba.
Por otra parte, es lógico que no pueda recordar dónde la dejé olvidada. Cómo lo voy a recordar, si no tengo cabeza para hacerlo...
domingo, 1 de febrero de 2009
El encanto de la minoría
Es curioso. Te pasas toda una vida fluctuando ante la paradoja de ser diferente a la obediente mayoría de encefalograma plano, por un lado; y tratar de iluminar a ese mayoría ignorante, por otro. Malgastas horas y horas predicando en el desierto, tratando de abrir los ojos de aquellos que ni siquiera saben que los ojos pueden abrirse. Y cuando por fin consigues tu objetivo, cuando tus preferencias se identifican con las de la gente, te das cuenta de que han bastardeado su sentido, te sientes a disgusto y eliges cambiar de preferencias antes que adscribirte a la masa.
Quizá es que no se trata de elegir lo mejor, sino tan sólo saborear el placer de haber elegido lo diferente. O tal vez, sencillamente, es que lo mejor es tan incomprensible para la mayoría que siempre será indicativo de gente privilegiada.
Uno puede, por ejemplo, vestir todos los días de negro, o llevar bombín, monóculo y reloj de bolsillo, o escuchar grupos de música pop de Brunei, o lamentar que Los Pitufos aún no tengan versión cinematográfica en estos tiempos en los que la falta de originalidad obliga a buscar posibles remakes hasta debajo de las piedras.
Y, sin embargo, cuando todos vistan de negro, cuando todos lleven bombín y monóculo, cuando el pop de Brunei se encuentre en el top de ventas y cuando la gente llene los cines para ver a Los Pitufos, uno mirará a su alrededor y probablemente se pregunte por qué luchó tanto por tener eso que ahora le produce, como mucho, una leve sensación de decepción y repugnancia al mismo tiempo.
Aprovechen ahora, pues, para ser diferentes, porque ya están creando la versión cinematográfica de esos enanos azules con gorro blanco y enemigo gargameliano, porque el Emule está a punto de llegar a Brunei, porque el negro estiliza mucho y el bombín y el monóculo... ya se volverán a poner de moda, tiempo al tiempo. Y cuando quieran ser verdaderamente distintos a la mayoría, quizá ya sea demasiado tarde...
Quizá es que no se trata de elegir lo mejor, sino tan sólo saborear el placer de haber elegido lo diferente. O tal vez, sencillamente, es que lo mejor es tan incomprensible para la mayoría que siempre será indicativo de gente privilegiada.
Uno puede, por ejemplo, vestir todos los días de negro, o llevar bombín, monóculo y reloj de bolsillo, o escuchar grupos de música pop de Brunei, o lamentar que Los Pitufos aún no tengan versión cinematográfica en estos tiempos en los que la falta de originalidad obliga a buscar posibles remakes hasta debajo de las piedras.
Y, sin embargo, cuando todos vistan de negro, cuando todos lleven bombín y monóculo, cuando el pop de Brunei se encuentre en el top de ventas y cuando la gente llene los cines para ver a Los Pitufos, uno mirará a su alrededor y probablemente se pregunte por qué luchó tanto por tener eso que ahora le produce, como mucho, una leve sensación de decepción y repugnancia al mismo tiempo.
Aprovechen ahora, pues, para ser diferentes, porque ya están creando la versión cinematográfica de esos enanos azules con gorro blanco y enemigo gargameliano, porque el Emule está a punto de llegar a Brunei, porque el negro estiliza mucho y el bombín y el monóculo... ya se volverán a poner de moda, tiempo al tiempo. Y cuando quieran ser verdaderamente distintos a la mayoría, quizá ya sea demasiado tarde...