lunes, 24 de noviembre de 2008

De mayor quiero ser un personaje de Tim Burton

Siempre tan dulces, tan lánguidos, tan melancólicamente siniestros. Creo que voy a empezar a clavarme agujas en los dedos, y seré una especie de Eduardo Manostijeras, encerrado en mi castillo y emergiendo de allí, de tanto en tanto, sólo para probar las amarguras de la vida entre humanos. O me arrancaré la cabeza y la llevaré siempre bajo el brazo, y cada mañana, nada más despertar, cepillaré mis dientes a conciencia y los limaré para tenerlos terroríficamente afilados, de modo que todos me tengan el miedo debido, y especialmente en las noches de Halloween, cuando coloque mi cabeza, cual calabaza, a las puertas de mi mansión para asustar a los niños tontos que vienen a pedir caramelos.
O no, mejor no, mejor cogeré esas agujas y me las clavaré en los ojos, y seré el niño acerico, tan blandito y sofisticado al mismo tiempo, uno de esos niños friquis bartonianos, como el niño carbón, negro y redondo a simple vista, pero que cuando se acaloraba se ponía rojo como una brasa y echaba humo por las ojeras. El muy bobo se enamoró cándidamente de la niña cerilla, y ella le correspondió durante un tiempo, hasta que tras un abrazo la cabeza de ella, repleta de fósforo, ardió al frotarse con las brasas de él...

lunes, 17 de noviembre de 2008

Y quedó en el suelo, sangrando

Me vino por la espalda. Apareció de repente, entre las sombras, sin avisar, silencioso como sólo lo es quien carece de alma.
Me agarró la cabeza con esas manos sucias y llenas de costras, manos desechas por la podredumbre y la descomposición, las mismas manos que el resto, todos son iguales.
Trató de morderme, detrás, en la nuca, donde el cráneo es más blando y los sesos más jugosos. Jamás pensé que mi hipotálamo llegaría nunca a ser tan valorado como plato principal de una cena.
Me revolví como pude. Afortunadamente, la agilidad y la rapidez de reflejos no son sus mayores virtudes. Le dejé aturdido de un manotazo y corrí a agarrar una barra de hierro que yacía entre los escombros en que se habían convertido las calles. Le golpeé hasta abrirle la cabeza justo cuando comenzaba a recuperarse y a sacarme los dientes.
Y quedó en el suelo, sangrando, los sesos esparcidos en un charco de sangre como picatostes en un gazpacho. Me hubiera quedado pateándole, pero hui rápidamente.
Se me acercaban miles, doblaban la esquina y se dirigían hacia mí, arrastrándose con la mirada perdida, cojeando y chorreando sangre, las ropas echas jirones y las carnes podridas de muertos relativamente recientes.
Debía de ser el último humano en la ciudad. Incluso, por un momento, deseé haberme convertido en zombie cuando pude haberlo hecho, cuando lo hicieron todos, en lugar de tener que luchar ahora por conservar mi vida, como si sirviera para algo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

¿Dónde quedaron aquellos tiempos felices?

Se lo preguntó sin meditarlo, porque en aquel momento sintió que, simplemente, tenía que preguntarlo, de ese modo en el que se plantean las cuestiones más sinceras. Podrían haber estado hablando del pasado, o de la situación política, o de la economía, o del clima, o a lo mejor estaban tan sólo comentando el partido del sábado. En realidad, poco importaba. Cuando una idea quiere aparecer, especialmente si esa idea es recurrente y si su aparición consciente no es más que un producto de una larga elaboración subconsciente, esa idea, finalmente, aparece. Por eso preguntó, sin dirigirle la mirada, lanzando las palabras al aire:
- ¿Dónde quedaron aquellos tiempos felices?
Y en el aire quedaron, suspendidas durante unos segundos. Hasta que el otro las recogió:
- ¿Los tiempos felices? ¿Qué tiempos felices? Los tiempos felices no existieron nunca. Tal vez tú imaginas ahora que fueron felices, pero no, no lo fueron. Si quieres, puedes imaginarte que son felices los tiempos actuales, y problema solucionado.
También esta respuesta quedó flotando en el aire, y esta vez nadie la recogió, y sus componentes comenzaron a mezclarse, a retorcerse en la ingravidez, a dibujar imágenes de ensueño en arabescos imposibles...

lunes, 3 de noviembre de 2008

Guerra preventiva

¿Veis lo que pasa? Ya sabía yo que esto no podía conducir a nada bueno. Ya sé que nunca me creísteis del todo, que pensábais que eran sólo delirios, pero yo lo veía muy claro, y os lo decía, "este tío me va a terminar golpeando", y vosotros que no, que era imposible, que el tío que se me pone delante cuando me miro al espejo no es más que un reflejo, que sólo haría lo que yo hiciera, pero yo no podía evitar tener la sensación de que me miraba mal, de que me odiaba, y que en cualquier momento me soltaría un mamporro y diría algo así como "toma, esto por gilipollas". ¿Por qué se me ponía delante, si no? ¿Qué ocultaba a sus espaldas? ¿O era sólo que no quería dejarme pasar?
Ya os lo dije, "tengo que actuar o este me noquea", y ahora, ¿veis?, ahora le he golpeado, he sido yo el que ha soltado el puñetazo primero, sí, mejor dar antes de que te den, ¿no?, bueno, eso pensaba yo, porque ahora me he hecho daño, mi mano está sangrando y hay trozos de cristal por todas partes.
¿Y sabéis qué es lo peor? Que juraría que, justo en el momento en el que le iba a soltar el puño, el tío estaba también descargando el suyo. No lo podría confirmar, tengo que confesar que cerré los ojos al golpear, no sé, en el fondo odio la violencia, pero es que si me provocan...