Cada vez soporto menos la luz del sol, su presencia indiscreta, su supuesta calidez que me quema la piel y deslumbra mis ojos, la mala educación de quien entra sin llamar creyéndose tan importante como para no pedir permiso.
Huiría de la luz y me encerraría en algún lugar cómodo y fresco, donde mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. La oscuridad es honesta, y los seres que habitan en ella son, por sistema, injustamente tratados por las imposiciones del mundo solar. No necesito para nada la ayuda ni la dependencia del astro rey, rey absoluto, soberbio y despreocupado. No quiero volver a verlo, ni encontrarme frente a él, y ahora sí que me gustaría ser inmortal, aunque sólo fuera para sobrevivirle y, cuando se encontrara a punto de la extinción, cuando su luz, ya tenue, no hiciera más que bañar en penumbra la tierra, saldría de mi cueva y me reiría a carcajadas señalándole con el dedo.
Son ya tantos, tantos eones de tiempo sometidos a sus caprichosos designios...
lunes, 27 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
A contrarreloj
Decidió que su opción era la huida hacia delante, aun a sabiendas de que era la opción equivocada. Así que agachó la cabeza y dio un paso al frente, y luego otro, y otro...
Pensó que terminaría por cansarse, que la fatiga se acumularía por el continuo avance y le obligaría a detenerse, pero no fue así. Sólo miraba la punta de sus zapatos que, allí en el suelo, aparecían y desaparecían alternativamente bajo sus piernas. No se trataba de llegar a ningún sitio, sólo de seguir.
Así se caminó su vida de principio a fin. Anduvo más que nadie, llegó más lejos, subió más alto, y sin embargo nunca disfrutó de sus logros, nunca levantó las manos en señal de triunfo, sencillamente porque la prueba a la que se enfrentaba no consistía en cubrir la mayor distancia, sino en vencer al tiempo que, inexorable, iba desgranando, paso a paso, su reloj de arena.
En algún momento, al menos, pudo admitir que, solventando obstáculos, logró olvidar que los minutos iban extinguiéndosele. Pero, en definitiva, en esa carrera, en la carrera contra el reloj, fue incapaz de vencer.
Pensó que terminaría por cansarse, que la fatiga se acumularía por el continuo avance y le obligaría a detenerse, pero no fue así. Sólo miraba la punta de sus zapatos que, allí en el suelo, aparecían y desaparecían alternativamente bajo sus piernas. No se trataba de llegar a ningún sitio, sólo de seguir.
Así se caminó su vida de principio a fin. Anduvo más que nadie, llegó más lejos, subió más alto, y sin embargo nunca disfrutó de sus logros, nunca levantó las manos en señal de triunfo, sencillamente porque la prueba a la que se enfrentaba no consistía en cubrir la mayor distancia, sino en vencer al tiempo que, inexorable, iba desgranando, paso a paso, su reloj de arena.
En algún momento, al menos, pudo admitir que, solventando obstáculos, logró olvidar que los minutos iban extinguiéndosele. Pero, en definitiva, en esa carrera, en la carrera contra el reloj, fue incapaz de vencer.
lunes, 13 de octubre de 2008
Transiberiano
No te hace falta abrir los ojos para saber que el cielo, allí ante ti, en algún lugar del infinito, se rompe en multitud de destellos de un rojo brillante, como rescoldos de un fuego que hubiera ardido durante toda la noche.
Nadie quiere saber de dónde vienes, a nadie le importa dónde vas. En realidad, sientes que te encuentras solo, tan solo, de hecho, como habías buscado sentirte. Y lo único que precisas, en este mundo tan frío, es acercarte al horizonte y calentar las palmas de tus manos en las brasas antes de que estas terminen de extinguirse.
Amenaza lluvia, aunque tampoco eso te inquieta demasiado. La lluvia nunca podrá apagar el sol...
Nadie quiere saber de dónde vienes, a nadie le importa dónde vas. En realidad, sientes que te encuentras solo, tan solo, de hecho, como habías buscado sentirte. Y lo único que precisas, en este mundo tan frío, es acercarte al horizonte y calentar las palmas de tus manos en las brasas antes de que estas terminen de extinguirse.
Amenaza lluvia, aunque tampoco eso te inquieta demasiado. La lluvia nunca podrá apagar el sol...
domingo, 5 de octubre de 2008
Las puertas de la percepción
Qué ganas tengo de abrir una puerta al Inframundo, una de esas puertas místicas que me pongan en contacto con los seres que habitan más allá de nuestra percepción, a ver si pueden confirmarme que esos otros niveles de conciencia son igual de pobres que este, que en el fondo no hay gran cosa, ni aquí ni allá, que merezca la pena, porque lo que pienso hacer en ese caso es dejar la puerta abierta y quitarme de en medio, desaparecer, poner pies en polvorosa y si te he visto no me acuerdo, y que por la puerta penetren espíritus del más allá que creen en el más acá caos y desesperación, y que todos se sometan de nuevo a los dioses antediluvianos que allí habitan, todos arrodillados ante Cthulhu, o ante Astarté, o ante los siete Annunaki, qué bien me lo pasaría observando desde la distancia y sabiendo que, en el fondo, yo he sido la causa y el agente.
Aunque para ello tuviera que perder para siempre mi alma, ese alma, que, en el fondo, siempre me ha sido tan ajena...
Aunque para ello tuviera que perder para siempre mi alma, ese alma, que, en el fondo, siempre me ha sido tan ajena...