El día que comenzó a soplar el viento nadie creyó que fuera a ser para tanto. Algún árbol volcado, algún poste de la luz, nada que un eficiente servicio municipal no pudiera reparar. Los tejados más frágiles se divertían volando de un sitio a otro, sustituyendo a las bandadas de golondrinas que habían decidido esperar a que el temporal amainase.
De eso hace ya demasiado tiempo. Cuando las primeras casas empezaron a ser arrancadas de cuajo surgieron los primeros gritos de pánico, de gente que comprendía en aquel mismo instante que sus vidas iban forzosamente a sufrir un desagradable giro. Cuando el huracán se convirtió en el pan nuestro de cada día hubo que añadirlo a una rutina que nunca sería como antes. Ya que la arena se introducía, grano a grano, en los ojos, hubo que aprender a caminar a ciegas, ya que la superficie era impracticable, hubo que urbanizar el subsuelo, ya que Eolo había decidido tiranizar sus territorios, la única solución fue bajar a pedir asilo a los dominios de Hades.
Apostaría lo que fuera a que las golondrinas, todas, están ya muertas.
martes, 30 de agosto de 2005
domingo, 28 de agosto de 2005
La cara oculta de la luna
La luna siempre nos enseña la misma cara, esa luminosa y llena de cráteres, de mares sin agua y de desierto interminable.
¿Por qué?
Un físico respondería que ello se debe a que la velocidad de rotación de la luna, a causa precisamente de la atracción que sobre ella ejerce la masa de la Tierra, es igual a su velocidad de traslación alrededor de este nuestro planeta.
Un ufólogo defendería la teoría de que los selenitas, miembros de una raza inteligente y avanzada como la que más, urden esa trama para así poder emerger a la superficie desde sus ciudades subterráneas sin llamar la atención de los curiosos terráqueos.
Para un poeta, la luna no es más que una amante cruel que nos seduce con su rostro más encantador, mientras su lado oculto se prepara para asestarnos el golpe de gracia.
Sea cual sea la respuesta correcta, comprendo la actitud de la luna. Mostrarse completamente es ponerse en evidencia, y esto es señal de debilidad. Jugar al misterio, sin embargo, es una táctica mediante la cual pueden ganarse las batallas más imposibles.
Aconsejo a todos que sean como la luna, y que oculten como un tesoro su parte más frágil, antes de que los curiosos terráqueos la descubran y la destruyan.
¿Por qué?
Un físico respondería que ello se debe a que la velocidad de rotación de la luna, a causa precisamente de la atracción que sobre ella ejerce la masa de la Tierra, es igual a su velocidad de traslación alrededor de este nuestro planeta.
Un ufólogo defendería la teoría de que los selenitas, miembros de una raza inteligente y avanzada como la que más, urden esa trama para así poder emerger a la superficie desde sus ciudades subterráneas sin llamar la atención de los curiosos terráqueos.
Para un poeta, la luna no es más que una amante cruel que nos seduce con su rostro más encantador, mientras su lado oculto se prepara para asestarnos el golpe de gracia.
Sea cual sea la respuesta correcta, comprendo la actitud de la luna. Mostrarse completamente es ponerse en evidencia, y esto es señal de debilidad. Jugar al misterio, sin embargo, es una táctica mediante la cual pueden ganarse las batallas más imposibles.
Aconsejo a todos que sean como la luna, y que oculten como un tesoro su parte más frágil, antes de que los curiosos terráqueos la descubran y la destruyan.
miércoles, 24 de agosto de 2005
"No te comas las uñas"
Ya me lo decía mi madre: "No te comas las uñas". Y yo, ni caso.
Llevo todo el verano sentándome, por las tardes, en un jardincito que construí en la parte trasera de mi casa. Es un lugar acogedor, un locus amoenus en el que deleitarme con unos minutos de lectura y alejarme del sofocante calor del exterior. Mientras leo, me como las uñas, una fea costumbre que no he podido (ni querido) mitigar en toda mi vida. Las muerdo, las mastico y las escupo como hacían los piratas con su tabaco. No hay nadie a mi alrededor, así que tampoco lo considero un gesto descortés o inapropiado.
Tras dos meses de lecturas y meditaciones en mi florido pensil, comencé a notar como surgían, entre el césped y las flores que lo adornan, un tipo de vegetación que hasta entonces me resultaba desconocida. No tardé mucho en comprobar que se trataba de uñas.
¿Uñas creciendo en mi jardín, como vulgares semillas vegetales?
Me picó la curiosidad y me dejé llevar por ella, lo cual ahora lamento. Observaba las uñas cada tarde, su lento proceso de crecimiento, y e incluso me sorprendí a mí mismo utlizando la regadera para mantener la tierra húmeda y nutritiva.
Mi alarma se desató cuando brotaron, tras la uñas, como tallos sustentadores, pequeños deditos de frágil apariencia. Entonces me decidí a acabar con el problema de raíz, pero cortar un dedo es una acción repugnante, imagínenselos crujiendo y sangrando, y por más que lo intenté me resultó imposible. Así que me resigné a dejarlos crecer.
Ahora comienzo a asustarme. De los dedos surgieron manos, decenas de manos que brotan de la tierra de mi jardín y lo pueblan como setas tras una noche de lluvia. Y en la base de las manos más creciditas comienzan a distinguirse, indudables, unos brazos que parecen querer agarrarme y llevarme consigo.
Llevo todo el verano sentándome, por las tardes, en un jardincito que construí en la parte trasera de mi casa. Es un lugar acogedor, un locus amoenus en el que deleitarme con unos minutos de lectura y alejarme del sofocante calor del exterior. Mientras leo, me como las uñas, una fea costumbre que no he podido (ni querido) mitigar en toda mi vida. Las muerdo, las mastico y las escupo como hacían los piratas con su tabaco. No hay nadie a mi alrededor, así que tampoco lo considero un gesto descortés o inapropiado.
Tras dos meses de lecturas y meditaciones en mi florido pensil, comencé a notar como surgían, entre el césped y las flores que lo adornan, un tipo de vegetación que hasta entonces me resultaba desconocida. No tardé mucho en comprobar que se trataba de uñas.
¿Uñas creciendo en mi jardín, como vulgares semillas vegetales?
Me picó la curiosidad y me dejé llevar por ella, lo cual ahora lamento. Observaba las uñas cada tarde, su lento proceso de crecimiento, y e incluso me sorprendí a mí mismo utlizando la regadera para mantener la tierra húmeda y nutritiva.
Mi alarma se desató cuando brotaron, tras la uñas, como tallos sustentadores, pequeños deditos de frágil apariencia. Entonces me decidí a acabar con el problema de raíz, pero cortar un dedo es una acción repugnante, imagínenselos crujiendo y sangrando, y por más que lo intenté me resultó imposible. Así que me resigné a dejarlos crecer.
Ahora comienzo a asustarme. De los dedos surgieron manos, decenas de manos que brotan de la tierra de mi jardín y lo pueblan como setas tras una noche de lluvia. Y en la base de las manos más creciditas comienzan a distinguirse, indudables, unos brazos que parecen querer agarrarme y llevarme consigo.
sábado, 20 de agosto de 2005
Y al séptimo descanso (crónicas del Anticristo)
El primer día destruyo al hombre y los animales de la tierra según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras.
Después destruyo las aguas y los seres que habitan en ellas, y los pájaros del cielo.
Al día siguiente, acabo con las luces en la bóveda de los cielos, esas luces que separan el día de la noche y alumbran a la tierra.
El cuarto día destruyo los continentes y la tierra que verdea y engendra semilla.
Para el quinto día dejo la destrucción de la bóveda llamada cielo y que separaba aguas de aguas.
El sexto día es el día en el que son destruidos definitivamente el cielo y la tierra, y en el que deja de existir la luz.
Y al séptimo día, cuando sólo quedo yo, me tomo un más que merecido descanso, ahíto de satisfacción.
Para la nueva semana, comienzo a autodestruirme.
Después destruyo las aguas y los seres que habitan en ellas, y los pájaros del cielo.
Al día siguiente, acabo con las luces en la bóveda de los cielos, esas luces que separan el día de la noche y alumbran a la tierra.
El cuarto día destruyo los continentes y la tierra que verdea y engendra semilla.
Para el quinto día dejo la destrucción de la bóveda llamada cielo y que separaba aguas de aguas.
El sexto día es el día en el que son destruidos definitivamente el cielo y la tierra, y en el que deja de existir la luz.
Y al séptimo día, cuando sólo quedo yo, me tomo un más que merecido descanso, ahíto de satisfacción.
Para la nueva semana, comienzo a autodestruirme.
martes, 16 de agosto de 2005
Astral
Cierro los ojos, relajo los miembros y pienso en blanco. Mi alma quiere salir, y yo lo creo, y lo deseo, y la mera voluntad lo hace posible.
Mi respiración se regulariza, se estabiliza al mínimo y comienzo a sentirme flotar. Salto, me balanceo, me agito con entusiasmo sin que mi cuerpo lo perciba. Abro los ojos y veo ahí abajo, tumbado, algo que antes era yo, dormido, sin alma.
Paseo, visito los lugares más recónditos del planeta, de los astros vecinos, del universo, de los planos astrales. Saludo a seres de luz que me contestan afables.
Decido volver, a mi centro, a mi cuerpo. Una sacudida, una entrada furtiva. Despierto. No sé si he soñado o no. Como siempre. Hay ciertas experiencias que son más excitantes entre los inciertos límites de la incertidumbre.
Mi respiración se regulariza, se estabiliza al mínimo y comienzo a sentirme flotar. Salto, me balanceo, me agito con entusiasmo sin que mi cuerpo lo perciba. Abro los ojos y veo ahí abajo, tumbado, algo que antes era yo, dormido, sin alma.
Paseo, visito los lugares más recónditos del planeta, de los astros vecinos, del universo, de los planos astrales. Saludo a seres de luz que me contestan afables.
Decido volver, a mi centro, a mi cuerpo. Una sacudida, una entrada furtiva. Despierto. No sé si he soñado o no. Como siempre. Hay ciertas experiencias que son más excitantes entre los inciertos límites de la incertidumbre.
viernes, 12 de agosto de 2005
Míralas crepitar
El fuego debe de ser mágico, luces de colores que producen calor y desaparecen en el aire, desvanecidas...
Hubiera dado la vida por controlar el fuego, ya desde pequeño, cuando, en las frías noches de invierno, sus padres le acercaban a la chimenea y él quedaba hipnotizando, viajando por lugares lejanos que se reflejaban en sus ojos y que se perdían en aquella ventanita luminosa a medida que los gruesos troncos terminaban por sucumbir ante el poder incontrolable de las llamas.
Hubiera querido poseer una llama perenne, una cerilla inconsumible, un sol en su dormitorio. El papel ardía dócil, como una doncella que reclama el socorro de su caballero, mientras el plástico se retorcía rebelde y clamaba justicia. Luces, olores, sensaciones... observar el fuego era asistir a la representación teatral de la vida en su más cruda verdad.
Cuando todo hubo ardido, sólo le quedó prenderse fuego a sí mismo. Allí, abajo, sus pies también se consumían como la materia inerte. Las piernas comenzaban a dolerle, y él las miraba crepitar.
Nada le importaba. Era tan bonito...
Hubiera dado la vida por controlar el fuego, ya desde pequeño, cuando, en las frías noches de invierno, sus padres le acercaban a la chimenea y él quedaba hipnotizando, viajando por lugares lejanos que se reflejaban en sus ojos y que se perdían en aquella ventanita luminosa a medida que los gruesos troncos terminaban por sucumbir ante el poder incontrolable de las llamas.
Hubiera querido poseer una llama perenne, una cerilla inconsumible, un sol en su dormitorio. El papel ardía dócil, como una doncella que reclama el socorro de su caballero, mientras el plástico se retorcía rebelde y clamaba justicia. Luces, olores, sensaciones... observar el fuego era asistir a la representación teatral de la vida en su más cruda verdad.
Cuando todo hubo ardido, sólo le quedó prenderse fuego a sí mismo. Allí, abajo, sus pies también se consumían como la materia inerte. Las piernas comenzaban a dolerle, y él las miraba crepitar.
Nada le importaba. Era tan bonito...
miércoles, 10 de agosto de 2005
Entre la coyuntura económica y el don de la Musas
A veces pienso que la realidad se mueve bajo los dictados del motor económico, sobre todo cuando miro los rostros que me rodean, aquellos que se mueven, que circulan, que actúan, que me hablan.
En otras ocasiones, en cambio, apostaría mi alma a que el tiempo no pasa por una simple relación causal, material, sino que existe un no sé qué trascendente, inefable, poético, especialmente cuando los amaneceres son cada día distintos dependiendo de mi estado de ánimo, cuando miro al cielo y no diviso su final, cuando soy capaz de imaginar figuras, hechos y seres que sólo han existido ahí, en el interior de mi cerebro, como la bailarina en una cajita de música.
Y siempre, tanto en unos momentos como en otros, cuando velo o cuando duermo, cuando me expando en sociedad y cuando me contraigo en solipsismo, daría lo que fuera por saber qué pasa ahí fuera y aquí dentro, cuáles son las razones últimas, si las hay, y qué tengo que hacer para vivir una eternidad y alcanzar el infinito.
En otras ocasiones, en cambio, apostaría mi alma a que el tiempo no pasa por una simple relación causal, material, sino que existe un no sé qué trascendente, inefable, poético, especialmente cuando los amaneceres son cada día distintos dependiendo de mi estado de ánimo, cuando miro al cielo y no diviso su final, cuando soy capaz de imaginar figuras, hechos y seres que sólo han existido ahí, en el interior de mi cerebro, como la bailarina en una cajita de música.
Y siempre, tanto en unos momentos como en otros, cuando velo o cuando duermo, cuando me expando en sociedad y cuando me contraigo en solipsismo, daría lo que fuera por saber qué pasa ahí fuera y aquí dentro, cuáles son las razones últimas, si las hay, y qué tengo que hacer para vivir una eternidad y alcanzar el infinito.
lunes, 8 de agosto de 2005
¿Quién es, quién eres, quién soy?
No está de moda ser uno mismo. O eres lo que los demás quieren que seas, o sencillamente eres lo que no eres, o, como tercera opción, un tanto marginal y poco productiva desde un punto de vista social, eres tú mismo pero en secreto.
De modo que llegará el día en el que ser uno mismo estará mal visto, poco valorado y será incluso despreciado y evitado como un gesto de mal gusto y descortesía:
- Y tú, ¿quién eres?
- ¡Ahh.....! ¿Y tú?
- ¡Ahh.....! Encantado de conocerte.
- Igualmente.
Entonces, cuando todos seamos buenos y obedientes con el comme il faut y con los cánones establecidos, cuando todos seamos "¡Ahh.....!", actuaremos como una masa informe pero compacta que será capaz de hacer grandes, grandísimas cosas, siempre que estas sean dictadas desde fuera, porque desde dentro de una masa en la que no eres tú mismo es verdaderamente complicado actuar con resultados apreciables.
De modo que llegará el día en el que ser uno mismo estará mal visto, poco valorado y será incluso despreciado y evitado como un gesto de mal gusto y descortesía:
- Y tú, ¿quién eres?
- ¡Ahh.....! ¿Y tú?
- ¡Ahh.....! Encantado de conocerte.
- Igualmente.
Entonces, cuando todos seamos buenos y obedientes con el comme il faut y con los cánones establecidos, cuando todos seamos "¡Ahh.....!", actuaremos como una masa informe pero compacta que será capaz de hacer grandes, grandísimas cosas, siempre que estas sean dictadas desde fuera, porque desde dentro de una masa en la que no eres tú mismo es verdaderamente complicado actuar con resultados apreciables.
viernes, 5 de agosto de 2005
Penélope, el arácnido tejedor
Comenzaron siendo un grupo de ilustrados que se reunía algunas tardes detrás de unas tazas de café y un par de cigarrillos. Hablaban poco del tiempo y menos aún de sus familias, pues sus conversaciones pretendían arreglar el mundo en la convicción de que ellos mismos, como individuos, ya no tenían arreglo.
Y el mundo era fácil de arreglar, más fácil de lo que ellos pensaban. Cada tarde quedaban menos flecos sueltos, y el todo comenzó a encajar como las piezas en un puzzle.
Llegó el día en el que el mundo estuvo arreglado. El grupo de ilustrados había sobrepasado el millar de componentes, sus reuniones se habían hecho más frecuentes y su misión había ya sido cumplida.
La primera cita, una vez arreglado el mundo, fue de felicitaciones y parabienes por el trabajo bien realizado. Imperaba la felicidad en cada rincón, en cada hogar, en cada corazón. La segunda cita sumió a sus participanes en el tedio absoluto. Una vez cumplido el objetivo, no había nada más que decirse.
En la tercera reunión después del día D decidieron comenzar a deshacer el mundo, garantizando de este modo distracciones durante los años que tardaran en destruirlo totalmente, y, quizás, pensando en una próxima reconstrucción.
Nadie se percató de que no eran movidos por los ideales, sino por el aburrimiento, como una partícula de polvo arrastrada por un huracán.
Y el mundo era fácil de arreglar, más fácil de lo que ellos pensaban. Cada tarde quedaban menos flecos sueltos, y el todo comenzó a encajar como las piezas en un puzzle.
Llegó el día en el que el mundo estuvo arreglado. El grupo de ilustrados había sobrepasado el millar de componentes, sus reuniones se habían hecho más frecuentes y su misión había ya sido cumplida.
La primera cita, una vez arreglado el mundo, fue de felicitaciones y parabienes por el trabajo bien realizado. Imperaba la felicidad en cada rincón, en cada hogar, en cada corazón. La segunda cita sumió a sus participanes en el tedio absoluto. Una vez cumplido el objetivo, no había nada más que decirse.
En la tercera reunión después del día D decidieron comenzar a deshacer el mundo, garantizando de este modo distracciones durante los años que tardaran en destruirlo totalmente, y, quizás, pensando en una próxima reconstrucción.
Nadie se percató de que no eran movidos por los ideales, sino por el aburrimiento, como una partícula de polvo arrastrada por un huracán.
lunes, 1 de agosto de 2005
Where the Streets have no Name
Camino por una ciudad de color gris. Grises son los enormes bloques de piedra que juegan a construir edificios, de un gris estremecedor es la cortina que cubre el cielo y que refleja destellos cenicientos sobre el río y hace que sus aguas parezcan bañadas en plata.
Todo es tan gris que el conjunto se difumina y se contrae como un óleo expresionista, provocándome un ataque de minimalismo. Crecen ante mí, entonces, pequeños detalles como los helechos que pueblan las esquinas tuberculosas de humedad, como el diminuto bigote del enorme conductor de autobuses, como el tipo aquel que decidió suicidarse a mi paso (no podía haberlo hecho un poco más tarde) agarrando sin guantes un cableteado de alta tensión, como la cámara oscura (tan oscura que era negra) en la que se proyectaban imágenes terroríficas de la Antártida, terroríficas por su placidez y porque me recordaban a esas películas japonesas que tantas horas de sueño me han robado en los últimos meses.
La gente, no obstante, no es gris. La gente es multicolor, aunque parezca un milagro. Todo parece lleno de vida, y las cabezas de los sujetos son cuadradas, cubistas como las de los personajes de Basil Rakoczi. Y las piedras de los edificios hablan de historia, y lo hacen en una jerga incomprensible que tanto parece vikinga como élfica aunque no me cabe duda alguna de que dicen cosas muy, muy interesantes.
Todo es tan gris que el conjunto se difumina y se contrae como un óleo expresionista, provocándome un ataque de minimalismo. Crecen ante mí, entonces, pequeños detalles como los helechos que pueblan las esquinas tuberculosas de humedad, como el diminuto bigote del enorme conductor de autobuses, como el tipo aquel que decidió suicidarse a mi paso (no podía haberlo hecho un poco más tarde) agarrando sin guantes un cableteado de alta tensión, como la cámara oscura (tan oscura que era negra) en la que se proyectaban imágenes terroríficas de la Antártida, terroríficas por su placidez y porque me recordaban a esas películas japonesas que tantas horas de sueño me han robado en los últimos meses.
La gente, no obstante, no es gris. La gente es multicolor, aunque parezca un milagro. Todo parece lleno de vida, y las cabezas de los sujetos son cuadradas, cubistas como las de los personajes de Basil Rakoczi. Y las piedras de los edificios hablan de historia, y lo hacen en una jerga incomprensible que tanto parece vikinga como élfica aunque no me cabe duda alguna de que dicen cosas muy, muy interesantes.