jueves, 31 de marzo de 2005

Leyendas de la Acrópolis (I)

Así que aquel tipo subía por la ladera de la Acrópolis en busca de una experiencia estética superior. La idea era contemplar, en la soledad más absoluta, el crepúsculo desde un lugar habitualmente vedado para el buscador solitario, conquistado por las hordas irrespetuosas de las gafas de sol y las cámaras de fotos.
El astro rey caía a la espalda del Partenón, por el mismo lugar por el que, hace milenios, surgió la brillante luz del conocimento humano. La preparación había sido intensa, algo más de veintidós horas de ayuno y reflexión, porque ya se sabe, o al menos lo sabe cualquiera que se haya encontrado a sí mismo leyendo el Siddharta de Herman Hesse, que para abrirse a las grandes experiencias espirituales hay que recorrer ambos caminos, el del exceso y el de la abstinencia.
Así que el tipo iba buscando la verdad de sus propios procesos psicológicos, y todo discurría según lo previsto, conocimiento, interés y buena predisposición, hasta que se topó con el guarda de seguridad.
- We're closed -dijo a través de sus gafas oscuras, como el señor de las moscas, con esa soberbia y autoridad mal fingida que sólo puede adquirirse habiendo sido portero de una discoteca.
- Closed? Come on! What about the sunset in the Acropolis? What about the magic, the mistery and the poetry of this divine place?
Dos minutos tarde. Sólo dos minutos.
Por la mente del guarda pasó un rayo de humanidad, tal vez conmovido, tal vez cansado, tal vez un error de sus circuitos programados.

miércoles, 30 de marzo de 2005

Lecciones de estética

Habría que preguntarle al amigo G.W.F. Hegel, pero parece lógico pensar que la experiencia estética, como experiencia personal, se encuentra influida por factores que van más allá de la propia belleza del objeto al que el sujeto se entrega.
Para disfrutar de la belleza en comunión universal, para entrar en el diverso mundo de los valores estéticos por encima de la mera contemplación, son necesarios la información, el interés, la buena disposición, y elementos tales como la soledad y el silencio.
Intenten entrar en trance en los túneles del metro en hora punta, o en una herrería, y lo comprenderán.
Hay que buscar el momento adecuado para que la experiencia estética despliegue todas sus posibilidades.
Soy de los pocos en el mundo, según creo, que pueden presumir de haber contemplado, cara a cara, en la más absoluta soledad y un silencio casi doloroso, la Gioconda de Leonardo. Sólo hay que esperar que se vayan todos. Entonces, durante unos segundos, los suficientes hasta que el amable guarda de seguridad te invite a abandonar la sala, sabes con toda seguridad que la mirada de la dama te sigue a ti, exclusivamente, y no al tipo que te empuja, ni al japonés que saca fotografías creyendo que Leonardo era un francés de principios del siglo XX.
Entonces, y sólo entonces, disfrutas del arte como fue concebido, y lo percibes como tuyo, y te sientes afortunado, privilegiado, casi inmortal.

sábado, 26 de marzo de 2005

El despertar de la civilización occidental

Un árbol cae en mitad del bosque. No hay nadie alrededor, nadie que pueda sentirlo, nadie que pueda haberlo oído. ¿Produce el árbol, entonces, algún ruido en su caída?
Unas palabras son escritas, en cualquier lugar, en una tablilla de barro, en un largo trozo de papiro, en una blog. Estan ahí pero nadie las lee, nadie pasa la vista por sus trazos, nadie hace el menor intento por descifrarlas. En ese caso... ¿dicen algo esas palabras?
La civilización occidental despertó un buen día en un buen lugar. Habría que preguntarse en qué momento volvió a sus sueños, y por qué aún no ha acabado con su periodo de hibernación. Aunque, si nadie se ha dado cuenta, si nadie lo ha percibido, si nadie ha hecho nada por evitarlo... ¿está dormida realmente la civilización occidental o sólo me lo parece a mí?

miércoles, 23 de marzo de 2005

Rosenkranz, Segismundo, la mística, el mito y la búsqueda

- Son días extraños, éstos en los que el tiempo existe, y es tuyo, y lo tienes, y lo puedes utilizar en lo que prefieras... (Pausa para, precisamente, desperdiciar un poquito de ese tiempo, ahora que sobra).
- Oye, pero, ¿no consistía precisamente en eso la libertad? ¿En que cada uno hiciera uso de su tiempo como más le satisficiera?
- Ah, sí, es verdad... Suena bien, eso de la libertad. Ya casi la había olvidado.
- Aprovéchala, porque debes saber que no te han dejado salir de la prisión de forma definitiva. Sólo te han sacado un ratito, para que compruebes que el sol sigue ahí.
- ¿Para hacerme paladear un rato la dulce miel y después arrabatármela como a un vulgar Segismundo?
- Puede ser. O, tal vez, para que vivas este tiempo de libertad como si fuera el último, para que lo aprecies como un tesoro, para que la esperanza de la siguiente breve salida te dé fuerzas para sobrevivir al encierro.
- Quién sabe. Por cierto, ¿seremos completamente libres algún día?
(Risas, entre sarcásticas y amargas).

lunes, 21 de marzo de 2005

Consideraciones etimológicas

¿Saben ustedes cómo dicen los griegos, en la actualidad, "almendra"? Pues dicen αμυγδάλο ("amigdálo"), lo cual explica, por una poética analogía de forma, por qué las amígdalas que habitan en nuestra garganta reciben ese nombre.
¿Y laurel? ¿Cómo se dice "laurel" en griego moderno? Ni más ni menos que δαφνή ("dafní"), de modo que ahora podemos saber por qué la ninfa de dicho nombre, Dafne, se convirtió en esta planta cuando Apolo la agotó con su babeo insulso.
Y para terminar, ¿saben que "transporte" se dice μεταφορά ("metaforá")? ¿Comprenden ahora mejor el sentido de este recurso literario?
Me encanta cuando las distintas piezas de la realidad comienzan a encajar como en un plan previamente trazado.

domingo, 20 de marzo de 2005

Metáfora sobre la situación de uno en relación a los demás

El tipo se encerró en una estancia cúbica, una especie de habitación con dos pequeñas ventanitas a través de las cuales miraba al exterior. Se convenció a sí mismo de que no necesitaba salir, de que no quería salir, de modo que allí transcurría su vida.
Supo que había tomado la decisión correcta cuando los demás comenzaron a crecer, a aumentar de tamaño hasta hacerse gigantescos, inconmensurables, no sólo los demás sino todo el mundo, ahí fuera, al otro lado de las ventanas.
Y el tipo resoplaba, sintiéndose seguro y dando gracias por haber decidido permanecer en esa estancia, la que no cambiaba, la única que resistía incólume ante la epidemia de gigantismo del mundo.
Para los demás, sin embargo, la historia fue otra, una historia que comenzó con un pobre diablo encerrado en un cuartucho del que se negaba a salir. Se le llamaba, y no salía, se le intentaba convencer, y el tipo seguía en sus trece.
Un día comenzó a menguar la estancia, y también él, en su interior. Los demás se preocupaban, pero el tipo sólo parecía asustado cuando ellos se acercaban.
Su tamaño disminuyó hasta parecer una nevera, una cajita de música, un mosquito atrapado en ámbar. Cuando fue tan pequeño que los demás dejaron de verle, se olvidaron de él.
Porque el tiempo lo borra todo.
Entonces el tipo, encerrado en su átomo y disminuyendo progresivamente, se sintió tranquilo, definitivamente seguro.
Y solo.

jueves, 17 de marzo de 2005

Hemisferio semiesférico

La ciudad se encontraba bajo una enorme cúpula de forma semiesférica. ¿Por qué? Nadie lo sabía, pues nadie se había atrevido a salir nunca. Los próceres de la comunidad se preguntaban quién había construido tamaña superficie de cristal pulido, quién la había colocado sobre la ciudad, con qué finalidad. Sin embargo, tras varias generaciones las respuestas seguían sin llegar.
La vida era fácil, el clima bondadoso y los recursos suficientes para mantener una apreciable calidad de vida y, sin embargo, la semiesfera transparente que se extendía sobre las cabezas de los ciudadanos les llenaba de ansiedad.
La semiesfera, y los terremotos.
Tampoco habían conseguido explicarlos, pero, de vez en cuando, la tierra temblaba y parecía elevarse y volcarse hasta, en ocasiones, llegar a situarlos cabeza abajo.
Entonces, según habían comprobado los científicos de forma empírica, comenzaba, indefectiblemente, a nevar.

lunes, 14 de marzo de 2005

Dogmática literaria

Para los demás eres lo que escribes, ya que los demás sólo perciben lo que tú quieras entregarles, lo que hagas público, lo que dejas, voluntariamente, impreso para la eternidad.
Para ti mismo, sin embargo, no eres lo que escribes, sino que escribes lo que eres, porque no puedes escribir más allá de tus percepciones, de tus sentimientos, de tus interpretaciones de la realidad que te rodea, porque incluso un mundo inventado, una sucesión imaginaria de acciones, tiene, en última instancia, una base de realidad, un principio de constancia, un punto vivido de inspiración.
Por esa razón una obra de arte, para su autor, es un fruto de realización personal, el hijo perdido, una esperanza para el futuro.

viernes, 11 de marzo de 2005

La dicotomía de la Parca

Es lo que sucede cuando tienes que tomar decisiones, cuando tienes la última palabra, cuando has sido nombrado juez del Tribunal Supremo.
La Parca debe de estar harta, tanto cortar hilos, decidiendo en cada momento quién debe vivir, quién debe morir, quién es bueno o quién es malo, cuando en realidad los matices son tantos, casi infinitos, que los merecimientos no pueden valorarse de forma objetiva.
Tomar decisiones que influyen sobre los demás es una especie de condena. También lo es que los demás tomen decisiones por ti. En conclusión, lo más adecuado sería que cada uno tuviese la capacidad libre de decidir por sí y para sí.
Por esa razón la Parca, de mayor, quiere ser el Ermitaño.
- Ahora, de una tirada, me cargo a éstos cuatro.

lunes, 7 de marzo de 2005

El reloj de arena y el astrolabio

A medida que envejezco se refuerza una molesta sensación interna, la de estar perdiendo el tiempo. Deben de ser los achaques de la edad, pero el caso es que mi incomodidad por toda esta situación comienza a cansarme.
El tiempo es tan valioso que nada de lo que hagas con él compensa la incalculable pérdida de esos granitos de arena que se han deslizado a la parte inferior del reloj. Lo que haces no sirve para nada, y lo que no has hecho sólo sirve para que te lamentes por las oportunidades perdidas.
Todo se tiñe de un gris ceniza.
Y los demás, cuyo mundo es tan ceniciento como el tuyo, no se dan ni cuenta. ¡Qué envidia! Voy a contarle la verdad a todos, para que sufran.

viernes, 4 de marzo de 2005

Xanadú o la amnesia histórica

Creo que voy a rectificarme a mí mismo, como se supone que deben hacer los sabios (de lo que se deduce que los sabios escasean, qué le vamos a hacer).
En realidad, la solución se encuentra en no desear pasar a la historia. Ser conocido implica ser vigilado, y ser reconocido lleva a los demás a una admiración hacia ti que te obliga a mantener las formas continuamente, incluso en aquellos momentos en los que quisieras gritar, saltar y empezar dar volteretas.
Al final resulta que, si lo analizamos con frialdad, el anonimato es una buena opción. Amnesia histórica, que nadie se acuerde de nosotros cuando hayamos muerto.
Seguro que, sólo para contrariar, sólo por ese gusto sádico por el disgusto ajeno, serán elevados a los altares precisamente aquéllos que menos lo deseen.
Y yo, ¿por qué estoy escribiendo esto? No lo hago para ser recordado, ¿verdad?

miércoles, 2 de marzo de 2005

Memoria histórica

Se trata de tomar un hecho concreto, hacerlo grande y venderlo como un suceso de primera magnitud. La historia, en el fondo, trabaja siguiendo unos métodos muy parecidos a los de la publicidad y la política. La historia, en el fondo, es también persuasión.
Por esa razón importa quién eres, porque si eres influyente puedes moldear la historia a tu gusto, crearla o destruirla, variarla o tergiversarla, convertir a los buenos en malos o procurarte un lugar en el bando que prefieras. Y todos te recordarán como tú quieras ser recordado, accederás a la inmortalidad, aunque sea por la puerta trasera.
Y después de todo eso, te llamarán científico.
Porque la historia es una ciencia, ¿sabes?