Memento Mori letras y cosas

diciembre 08, 2009

Los de arriba
 
En el fondo los dioses quieren que intentemos ser como ellos. Se enfurecen con nuestra soberbia, desde luego, y llegado el momento impiden nuestro ascenso, no vaya a ser que terminemos por derrocarlos. Pero uno no puede evitar sentirse orgulloso cuando una de sus creaciones, cuando sus hijos, en definitiva, han llegado tan lejos que quieren ocupar su lugar, que quieren, si es posible superarle.
Por eso los dioses sonríen cuando un humano trata de ser un dios, trata de tejer su propio destino, trata de guiar sus pasos como si estos llevaran a algún lugar determinado, trata, igualmente, de condicionar y dirigir las vidas de los demás.
Las vidas... o las muertes, claro. Porque no hay mejor manera de ser un dios que decidiendo de forma caprichosa acabar con la vida de otro.
Y los dioses se divierten como niños cuando en la tierra se suceden las muertes, y las traiciones, y se deleitan con las consecuencias de esa cosa tan inútil que llamamos conciencia.
Últimamente han inventado un juego fascinante que consiste en hacer que nos matemos entre nosotros, unos a otros, por las mayores estupideces. Simplemente, quizá, por el placer de sobrevivir a los demás, de perdurar. Aunque sepamos que no nos sirve para nada. Aunque sepamos que todo acaba. ¡Qué sentimientos tan simples, los humanos! La verdad es que los dioses bien podrían haber creado seres dotados de mayores capacidades.
Tal vez por eso el juego termine antes de que nos matemos todos. Alguien tiene que quedar para la invasión de homúnculos intraterrestres. Alguien tiene que elevar al cielo súplicas y lamentos pidiendo ayuda y misericordia.
Esa sí que será la parte más divertida...


diciembre 06, 2009

Los del centro
 
"Lo peor es el abuelo. ¿Cómo se lo decimos? Le va a destrozar".
Finalmente fue mi hermano Mauro quien se sentó a solas con él y, después de una conversación llena de circunloquios y eufemismos, hizo partícipe al abuelo, que había sido más que un padre para nosotros, de la muerte de su querido amigo Pablo, aquel con el que tantos sueños había compartido desde su juventud, aquel que tantas veces nos había visitado y con el que, de niños, tantas veces nos habíamos reído.
Y sin embargo no lloró. Ni siquiera pareció apenarse. Ni al recibir la noticia, ni en el velatorio, ni en el posterior entierro. De hecho, hubiera jurado verle sonreír.
Fue a partir de esa impresión cuando empecé a fijarme. Durante los meses siguientes el abuelo fue espectador de los ritos funerarios de tres amigos que, ancianos como él, decían adiós a la vida. Su actitud era tal que llegué a pensar que se sentía feliz, que se alegraba de la muerte de sus compañeros, cada muerte parecía llenarle de energía y hacerle rejuvenecer.
Creí comprenderlo poco tiempo después. Cada muerte era, en efecto, un triunfo para él. Una muestra de superviviencia que se acrecentaba con la derrota de los demás. Toda una vida de experiencias compartidas, de influencia mutua, y los últimos días, o meses o años serían para él, no para los que se habían ido. Habría que reprocharles, de hecho, semejante abandono.
Me pregunté si también había sonreído cuando murió la abuela. Yo había sido testigo de las honras fúnebres, y lamenté no haberme fijado mejor.
No fue sino meses más tarde, después de la recaída del viejo, que afortunadamente quedó en un susto, cuando decidí que tenía que matar a todos sus conocidos. Asesinarlos y hacer que todo pareciera un accidente. La felicidad del abuelo, su bienestar y su salud, eran lo más importante para mí.


diciembre 03, 2009

Los de abajo
 
Nadie supo muy bien qué eran, ni de dónde salieron. De las cuevas, decían algunos, de pozos insondables, de grutas y pasadizos que comunicaban la superficie con el mundo interior y que habían permanecido allí durante milenios esperando ser usados. En las ciudades surgían de las alcantarillas, de las bocas de metro, de cualquier ventana al subsuelo desconocido.
Fueron miles; luego, millones. Un mar de pequeños seres, de homúnculos que rostro fiero y una rabia y una determinación colosales.
Nadie llegó a saber nunca la causa de ese odio hacia el ser humano, como tampoco llegó nunca a saberse por qué habían elegido precisamente ese momento para darse a conocer. Todos los imaginaban en paciente espera, en atenta observación durante siglos y siglos hasta encontrar el momento oportuno para atacar.
Lo que sí es seguro es que cuando los humanos quisieron reaccionar ya era demasiado tarde, los de abajo se lanzaban contra cada objetivo mordiéndole las piernas hasta debilitarlo, como las hormigas ante un enemigo de mayor tamaño. Luego se arrojaban a centenares sobre su presa hasta que de esta no quedaban más que los huesos.
Fue imposible hablar con ellos, fue imposible razonar. Cuando los humanos quisieron darse cuenta la primacía de la vida sobre la superficie de la Tierra había cambiado de manos.


noviembre 28, 2009

El otro Génesis
 
Y Dios dijo:
"Y, tú, Caín, ¿cómo te has atrevido a asesinar a tu hermano? Te condeno a vivir eternamente. Llevarás sobre tus hombros por los siglos de los siglos el peso de tus remordimientos y el dolor de estar vivo.
Y no sólo eso, sino que te verás obligado a alimentarte de la sangre de tus semejantes. Sangre ha sido tu pecado, sangre será tu penitencia".
Y Caín fue expulsado del pueblo de Dios, y se vio condenado a vagar por el mundo y a crear sus propias tribus, sus propias sociedades. Se encontró con Lillith, la primera mujer de Adán, castigada anteriormente, y con el otro expulsado, el Ángel Caído, el Lucifer prometeico.
Y viven eternamente, y se alimentan de la sangre de otros, y el dormir en ataúdes y quemarse ante la luz del sol vino con el tiempo, porque el ser humano necesita adaptar sus leyendas a sus miedos.
Apuesto a que los Cainitas siguen entre nosotros, y se les llame como se les llame esperan, con la paciencia característica de los inmortales, el momento en el que les sea devuelto su lugar en el mundo.


noviembre 22, 2009

¿Y si no quiero jugar al mismo juego que los demás?
 
Cuando naces, te dan el manual de instrucciones para que, ya desde el primer día te lo vayas aprendiendo: esto es lo que tienes que hacer para ser una persona de provecho, esto es lo que está bien, y esto es lo que está mal, ten adoración por esto, y teme esto otro, y al temerlo asegúrate de que huyes de ello y no se te acerca, no vaya a ser que descubras que no es tan malo.
Mientras vives, te recompensan por lo que has hecho según el manual, te castigan por los comportamientos contrarios a él. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien ir contra las reglas? Estos son los rasgos de un triunfador, y estos los de un fracasado: ¿cuáles quieres ir cultivando? Crece de este modo, vive de este otro, envejece según lo establecido, y serás feliz.
Cuando mueres, ya no tienen nada que decirte, salvo frases vacías que circulan de un lado a otro sin que nadie les preste mucha atención: "qué buena persona era", "así es la vida", "no somos nada", "a todos nos llegará la hora". Has jugado al juego, y se supone que has sido feliz. Si no lo has logrado, la culpa ha sido tuya, pues las reglas están meridianamente claras.

¿Y si alguien no quiere jugar? ¿Y si las reglas del juego le parecieron estúpidas desde el mismo momento en que se las planteó con un poco de espíritu crítico? ¿Y si lo que se considera felicidad para él no es más que una tortura? "Descree de la felicidad que otros se han encargado de fabricarte". Sucede que buscar la felicidad es tarea costosa, y es mucho más fácil recibirla preparada. Sucede que no todos tienen las ganas, ni la capacidad, para plantearse las reglas de un juego en el que tanto sudor les ha costado ir ganando. Sucede que existe una apariencia de libertad, un "si no te gusta, puedes irte", tan ficticia como injusta, porque existen mil trabas que impiden la huida, porque los demás están programados para no entenderlo, y criticar, o prejuzgar, o envidiar, u odiar por ello sin que sepan tan siquiera por qué, porque, en definitiva, el regreso parece imposible: ¿se imaginan qué alguien vuelva a decirnos que la vida que vivimos es una vida vacía, pero que eso no es, en absoluto, irremediable?
Entonces temblarían los pilares del sistema. Y a los que ganan el juego eso no les gustaría...


noviembre 21, 2009

El otro lado del mundo
 
"Estar tirado en una cuneta es como echar un vistazo a la cara oculta del mundo", pensó.
Kilómetros de asfalto que reducen distancias pero que son capaces de crear sobre su costado pequeños inframundos llenos de erizos atropellados, de perros que intentaron cruzar la carretera, de reptiles que reventaron por el calor, de restos de goma y neumático, de manchas de aceite, de chapas de refresco y latas de bebida, de despojos de obras de acondicionamiento perdidas en el tiempo. Aquí, un zapato venido de nadie sabe dónde; allí, una muñeca de trapo desvencijada, un paquete de pañuelos de papel desteñido por el polvo y el sol.
"Una cuneta es como una alcantarilla, un gueto, un submundo cuya existencia todos conocen pero a cuyo lado todos pasan girando la cabeza y tapándose los oídos. Una realidad que todo el mundo prefiere ignorar".
Notaba cada poco ráfagas de aire provocadas por vehículos que pasaban junto a él a velocidad de vértigo con un destino determinado y sin paradas programadas en aquel punto desértico.
"Y si esto recuerda un paisaje decadente y postapocalíptico, y si sólo existe podredumbre, ¿qué narices hago yo aquí?".
Trató de levantarse. Le dolía la mano derecha. Comprobó que sangraba abundantemente.
"Alguien debe haberme dejado tirado... sí... el de ahí arriba, que me ha abandonado definitivamente... ya me extrañaba que no lo hubiera hecho antes...".
Posó su mirada en un punto del horizonte infinito y comenzó a caminar hacia él. Allí el pasillo de asfalto parecía confluir como las líneas pictóricas de una perspectiva renacentista.


noviembre 16, 2009

Jaque mate
 
Los dioses se sentaron alrededor de la mesa, pidieron unos tragos y comenzaron el juego. En el centro, sobre un tapete en perfecto estado, el gran tablero del mundo. Ni era la mejor partida de la historia, ni la partida más larga jamás jugada. Era una partida más, unos milenios echados a suerte, un entretenimiento para seres inmortales.
Tiraban los dados y caían imperios, o surgían ideologías, o el ser humano realizaba descubrimientos aparentemente milagrosos. Una pizca de religión para crear confusión, unos granos de ciencia, sólo unos pocos, no vayan a pensar que son perfectos. Era divertido verlos discutir, algunos dioses cogían cariño a ciertos personajes o a ciertas sociedades que les adoraban con especial veneración. Daba igual, a la larga todos terminaban cayendo. Era el juego.
Y allí abajo preguntándose por el sentido de la historia, y por el futuro de la especie, y por la verdad absoluta, y por el fin del mundo.
Cualquier día uno de los dioses se enfadaría por cómo transcurría su partida, volcaría el tablero y se acabaría el mundo. Los demás le reprocharían con cara de enfado su gesto, pero no sería un reproche severo. Había tiempo de sobra para comenzar una sesión diferente.
Así había sido siempre, ¿para qué cambiarlo?


noviembre 12, 2009

Renglones torcidos en DIN A4
 
Dicen que hay ciertas cosas que no recuerdo. Ausencias, las llaman. Dicen que hago cosas, que digo cosas, que actúo con normalidad pero que, pasado un tiempo, las borro de mi memoria como si no hubieran existido.
Dicen que llegué a la recepción del hotel, que pregunté por la habitación 611, que no di muestra alguna de indisposición o enajenación. El recepcionista da fe de ello. También dicen que tomé el ascensor, que crucé el pasillo y que llamé a la puerta indicada. Así al menos, lo aseguran el ascensorista y una de las señoras de la limpieza. Incluso aseguran que me abrieron y que me vieron entrar.
Luego dicen que maté a aquel hombre, que le clavé veintitrés veces en el torso una de las plumas estilográficas que adornaban el aparador. Desafortunadamente para la correcta comprensión de los hechos yo había cerrado la puerta, así que ni el ascensorista ni la señora de la limpieza pueden asegurar esto. Lo aseguran unos tipos que se dicen policías pero que, por supuesto, no estaban allí.
También dicen que salí unos minutos después, sin rastro aparente de sangre, sin muestras de inquietud y sin dejar mis huellas ni en la habitación ni en el arma homicida.
Pero si no llevaba guantes ni protectores, ¿por qué mis huellas se resisten a aparecer? Pero si no conocía a aquel tío, ¿por qué me abrió la puerta?
Pero si no recuerdo nada, ni haber estado en el hotel, ni haber saludado al recepcionista, ni haberme encontrado con nadie, si me considero incapaz de matar una mosca, ¿cómo pude clavar una pluma estilográfica veintitrés veces en el torso de otro hombre?
Dicen que tuve que ser yo. Sin embargo, y si no fuera por la incómoda angustia de estar encerrado y privado de libertad, me entretendría pensando que quieren volverme loco y que un inmenso complot pretende hacerme creer que mi realidad es distinta de la de todos los demás.


noviembre 08, 2009

Los postigos de la ventanita interior
 
A veces conviene adoptar la perspectiva del observador neutral, asomarse a la ventana y ver el mundo como si fuéramos ajenos a él. En esos momentos uno descubre cosas interesantes, cosas que no percibe habitualmente en el incesante transcurrir de los acontecimientos.
Creo que a partir de ahora saldré del mundo con mayor frecuencia, últimamente me dejo arrastrar demasiado por las corrientes.
Saldré para volver, claro, pero para volver lleno de ideas y vacío de cargas, para contarle a los demás lo que vi más allá del refugio y que ellos me cuenten cómo se ha encontrado el mundo en mi ausencia.
Aunque a veces resulte encantador pensar en retirarse sin avisar a nadie y morir de inanición en algún lugar apartado, feliz de que así sea y de no haber provocado dolor en los demás, ignorantes ante la tragedia de la vida.
Aunque a veces pida a gritos que se aparezca Satán y me ofrezca de una vez aquel tan largamente esperado pacto. "Cómprame el alma, por favor, comprámela porque si no te la voy a terminar regalando antes de tiempo, tan gastada la tengo ya que cada vez tiene menos uso...".
Aunque luego me encuentre con ese mismo Satán que tanto deseaba y en lugar de ofrecerme la vida eterna a cambio de mi alma caduca se limite a pagarme una tras otra rondas de cerveza...


noviembre 07, 2009

Lo que pudo ser y no fue
 
Una vez conocí a un tipo que presumía de vivir según "lo que pudo ser y no fue". Sostenía que la realidad podía ser buena o mala, sí, pero que siempre sería mejor una realidad verosímil que, por determinadas circunstancias de esas que rigen nuestros destinos, no hubiera llegado a darse.
Este tipo, en consecuencia, se encargaba de adornar su vida con "irrealidades" a las que daba tratamiento de verdad, sucesos que no habían tenido lugar pero que, como él decía "podían haber sido reales".
- Vives de la ficción - le comenté en una ocasión.
- Bueno -reflexionó. - Podríamos decir que vivo de mi realidad.
El tipo estaba convencido de que la vida que entendemos por real era un sueño, que los que le rodeábamos éramos personajes que aparecíamos y desaparecíamos de su entorno como por arte de magia. Creó la teoría de "la realidad onírica". Incluso intentó patentarla en el mundo de la filosofía. Según esta, al no poder verificar la veracidad de la realidad que nos rodea, cualquier realidad verosímil, "lo que pudo ser y no fue", es tan real como la primera.
Luego me contaron que al tipo le vinieron mal dadas. Primero le tacharon de loco, o de psicótico, o de cualquiera de esas etiquetas que pone la gente "normal" a los que no ven lo mismo que ellos. De hecho, ya me extrañaba que no lo hubieran acusado antes ante los guardianes de la salud mental. Más tarde, sus realidades oníricas se convirtieron en pesadillas, casi tan horribles como la realidad real cuya validez él trataba de refutar.
Tiendo a pensar que su imaginación se había rebelado contra él. Tiene que ser frustrante y doloroso comprobar que cualquier realidad que imagines es peor que aquella de la que huyes. Oí rumores que decían que acabó con sus huesos en un psiquiátrico, aunque probablemente él había renunciado a aceptar ese hecho y aseguraba encontrarse en algún otro lugar, un lugar que nunca llegó a definir con claridad pero que le provocaba un temor reverencial.
- Tu vida se está convirtiendo en una entelequia - recuerdo que le dije una vez.
- Bendita entelequia - me contestó. - La vida de los demás es triste, y sólo es una.

 

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'Quizá se dicen menos tonterías de las que se imprimen'

Edmon de GONCOURT, 1822 - 1896

 

2004 - mmori
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