mayo 27, 2012
Encuentro inesperado con una zarza ardiente
Se sintió el elegido cuando ante él se plantó la zarza ardiente. No antes. No cuando comenzaron la travesía por el desierto, ni mientras montaban el campamento, ni durante las largas horas tostándose bajo un sol inclemente y abrasador. Nada de eso le hacía especial, es decir, más especial que el resto, hermanos todos en la esperanza y el sufrimiento.
Pero esta vez era distinto. Ahí estaba la zarza ardiente, ante él, mientras todos los demás descansaban y el daba un paseo que calmase las inquietudes del insomnio. Era grande, enorme, poderosa como una montaña, y las lenguas de fuego que de ella se desprendían alcanzaban el cielo, pugnando en poder lumínico con las estrellas que, desde el firmamento, hacían de testigos del histórico encuentro.
El elegido no se asustó. Antes al contrario, le embargó una extraña paz, una sensación de sumisión y de confianza ciega en el poder que se le mostraba. Se acercó todavía un par de pasos, hasta notar en su rostro, en su piel cuarteada por la rigidez del clima desértico, el calor que la zarza desprendía. Alzó los brazos y, con un torrente de voz casi sobrehumano, solicitó a la zarza que se manifestase.
La zarza, sin embargo, se mantuvo en silencio; un silencio espeso, agobiante por el calor de las llamas y roto solo en ocasiones por el crepitar de la planta.
El elegido volvió a solicitar una señal. Lo hizo varias veces, al principio con confianza absoluta, al final con tono de súplica. Poco después, la zarza se había consumido y solo quedaban cenizas de las que brotaba un hilillo de humo próximo a extinguirse.
Entonces el elegido se preguntó todo lo que se preguntan los elegidos en algún momento de sus vidas:
- Y ahora, ¿qué les digo yo a estos?
Volvió al improvisado campamento. Había que recoger y ponerse en marcha nuevamente. Estaba a punto de amanecer y la jornada en el desierto prometía ser abrasadora. No veían una gota de lluvia desde hacía meses. Con razón ardían las zarzas, secas y agonizantes.
Aquello era el infierno en la Tierra. Pero no se lo diría a los demás, no, el elegido decidió que jamás mencionaría el infierno, no fuera a ser que comenzaran a adorar de nuevo ídolos paganos. Mejor sería que adoraran zarzas ardientes...
Pero esta vez era distinto. Ahí estaba la zarza ardiente, ante él, mientras todos los demás descansaban y el daba un paseo que calmase las inquietudes del insomnio. Era grande, enorme, poderosa como una montaña, y las lenguas de fuego que de ella se desprendían alcanzaban el cielo, pugnando en poder lumínico con las estrellas que, desde el firmamento, hacían de testigos del histórico encuentro.
El elegido no se asustó. Antes al contrario, le embargó una extraña paz, una sensación de sumisión y de confianza ciega en el poder que se le mostraba. Se acercó todavía un par de pasos, hasta notar en su rostro, en su piel cuarteada por la rigidez del clima desértico, el calor que la zarza desprendía. Alzó los brazos y, con un torrente de voz casi sobrehumano, solicitó a la zarza que se manifestase.
La zarza, sin embargo, se mantuvo en silencio; un silencio espeso, agobiante por el calor de las llamas y roto solo en ocasiones por el crepitar de la planta.
El elegido volvió a solicitar una señal. Lo hizo varias veces, al principio con confianza absoluta, al final con tono de súplica. Poco después, la zarza se había consumido y solo quedaban cenizas de las que brotaba un hilillo de humo próximo a extinguirse.
Entonces el elegido se preguntó todo lo que se preguntan los elegidos en algún momento de sus vidas:
- Y ahora, ¿qué les digo yo a estos?
Volvió al improvisado campamento. Había que recoger y ponerse en marcha nuevamente. Estaba a punto de amanecer y la jornada en el desierto prometía ser abrasadora. No veían una gota de lluvia desde hacía meses. Con razón ardían las zarzas, secas y agonizantes.
Aquello era el infierno en la Tierra. Pero no se lo diría a los demás, no, el elegido decidió que jamás mencionaría el infierno, no fuera a ser que comenzaran a adorar de nuevo ídolos paganos. Mejor sería que adoraran zarzas ardientes...
mayo 24, 2012
Desenlace tragicómico
Una vez conocí a una celebridad. No era una celebridad de primer nivel, de esas que llaman top, era simplemente una celebridad media, si es admisible el término. Me contó que su estatus tenía un lado negativo, por supuesto, pero que también poseía un encanto especial. De igual forma admitía que en ocasiones echaba de menos la tranquilidad que da el anonimato, pero que, en cuanto lo pensaba un poco, llegaba a la conclusión de que, con seguridad, no la echaba de menos tanto como añoraría la fama en caso de perderla.
Pese a no ser top, fue lo suficientemente famoso como para que le hicieran una película, un biopic, como lo llaman ahora. Conoció al actor que lo interpretaba, le saludó, hasta pasaron un día juntos hablando de su vida, por lo visto el actor quería empaparse de su personaje. El caso es que esta celebridad llegó a confesarme que el actor que le interpretó llegó a parecerse más a él que él mismo. "A veces, cuando pienso en mí, me pienso con su rostro", me dijo. "Muchas veces me miro al espejo y no me reconozco. Ni quiero reconocerme. Es mejor mi yo en la película".
Todavía sonrío cuando lo pienso. He conocido a varios actores en mi vida, y algunos, en fases de delirio, han llegado a creer ser los personajes que interpretaron. Pero es la primera vez que un personaje, o la persona en la que se basaba, se creía el actor que lo interpretaba.
Hasta estaba llegando a perder la memoria, según me contó, de no ejercitarla. "Ni siquiera tengo que recordar cosas de mi pasado. Cuando quiero saber qué fue de mi vida en un momento determinado, me pongo el DVD y busco donde corresponda. Las chicas que amé, los trabajos que hice, los lugares que visité y en los que viví, mi familia, mis amigos. Todos están en la peli".
No le pregunté si había visto el final de la peli, temeroso de que me contestara que sí, que la peli terminaba con su muerte, cómo no, y entrara de este modo en la típica paradoja borgiana de la ficción que se adelanta a la realidad. No le pregunté. Él, por tanto, no me lo dijo. Sin embargo, cuando ya nos sepáramos y creía haberme librado de paradojas espacio-temporales, borgianas o no, se acercó a mi oído y susurró: "En ocasiones creo que yo soy el actor, ¿sabes?, que estoy actuando, que llevo toda mi vida rodando la vida de otro, de alguien que me pondrá en su DVD y dirá: "Joder, este tío se parece más a mí que yo mismo", y que se mirará al espejo con curiosidad, buscando mi rostro en su reflejo".
Nos despedimos sin grandes aspavientos, no fue una despedida muy cinematográfica. No he vuelto a hablar con él. Se ve que en la peli de su vida no quisieron renovarme el contrato, y quedé como figurante circunstancial. Cosas que pasan. Espero que nunca rueden la mía. Ni yo mismo soportaría verla.
Pese a no ser top, fue lo suficientemente famoso como para que le hicieran una película, un biopic, como lo llaman ahora. Conoció al actor que lo interpretaba, le saludó, hasta pasaron un día juntos hablando de su vida, por lo visto el actor quería empaparse de su personaje. El caso es que esta celebridad llegó a confesarme que el actor que le interpretó llegó a parecerse más a él que él mismo. "A veces, cuando pienso en mí, me pienso con su rostro", me dijo. "Muchas veces me miro al espejo y no me reconozco. Ni quiero reconocerme. Es mejor mi yo en la película".
Todavía sonrío cuando lo pienso. He conocido a varios actores en mi vida, y algunos, en fases de delirio, han llegado a creer ser los personajes que interpretaron. Pero es la primera vez que un personaje, o la persona en la que se basaba, se creía el actor que lo interpretaba.
Hasta estaba llegando a perder la memoria, según me contó, de no ejercitarla. "Ni siquiera tengo que recordar cosas de mi pasado. Cuando quiero saber qué fue de mi vida en un momento determinado, me pongo el DVD y busco donde corresponda. Las chicas que amé, los trabajos que hice, los lugares que visité y en los que viví, mi familia, mis amigos. Todos están en la peli".
No le pregunté si había visto el final de la peli, temeroso de que me contestara que sí, que la peli terminaba con su muerte, cómo no, y entrara de este modo en la típica paradoja borgiana de la ficción que se adelanta a la realidad. No le pregunté. Él, por tanto, no me lo dijo. Sin embargo, cuando ya nos sepáramos y creía haberme librado de paradojas espacio-temporales, borgianas o no, se acercó a mi oído y susurró: "En ocasiones creo que yo soy el actor, ¿sabes?, que estoy actuando, que llevo toda mi vida rodando la vida de otro, de alguien que me pondrá en su DVD y dirá: "Joder, este tío se parece más a mí que yo mismo", y que se mirará al espejo con curiosidad, buscando mi rostro en su reflejo".
Nos despedimos sin grandes aspavientos, no fue una despedida muy cinematográfica. No he vuelto a hablar con él. Se ve que en la peli de su vida no quisieron renovarme el contrato, y quedé como figurante circunstancial. Cosas que pasan. Espero que nunca rueden la mía. Ni yo mismo soportaría verla.
mayo 13, 2012
No entry
- No puedes pasar -le dijo el guardián.
Era, desde luego, un personaje extraño. No era una esfinge, tampoco un dragón, ni un monstruo con mil ojos que nunca duermen, ni un portero de discoteca, ni un policía local. Tenía un poco de cada uno de ellos, eso sí, una especie de esencia en la que se amalgamaban todas las posibles opciones que, de una manera o de otra, le vedaban la entrada.
- ¿Y si resuelvo un acertijo?
- No.
- ¿Y si te enseño mi carnet?
- No.
- ¿Y si me visto de etiqueta?
- No.
- ¿Y si digo las palabras mágicas?
- No.
- ¿Y si acabo contigo?
- Inténtalo.
El guardián le miró fijamente, y él palideció solo ante la idea de enfrentársele.
Lo mejor de todo era que ni siquiera sabía lo que había al otro lado. Debía de estar muy bien, cuando ponían en la puerta a un guardián tan escricto. Él solo sabía que había seguido su camino, y que este le había llevado directamente ante aquella entrada. Si no podía pasar, las otras opciones eran volver sobre sus pasos o pudrirse allí, quieto, ante el guardián.
- ¿Podré pasar alguna vez?
- No.
- ¿Y si espero?
- No.
- ¿Entonces?
- Que no puedes pasar.
Volvió a pensar que al otro lado había algo realmente bueno. El Destino le había llevado hasta allí, así que era su Destino cruzar aquella entrada. A no ser que el Destino le tuviera reservado un fracaso mayúsculo, un obstáculo insalvable, una entrada inaccesible y un guardián inclemente, que también podia ser...
Llegó entonces un tipo flacucho con cara de pocos amigos, se plantó ante el guardián, le miró de reojo y cruzó al otro lado. El guardián ni se inmutó. Luego llegaron una chica risueña, un perro lazarillo, un bufón de la corte, un tipo con pinta de ejecutivo, un calvo con gafas, un joven en bañador, un cura, un ciego buscando a su perro, un arbusto rodante y un melenudo que por lo menos pesaba doscientos kilos.
Todos pasaron con el beneplácito del guardián.
Él lo intentó de nuevo.
- ¿Puedo pasar?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no.
Al otro lado debía de haber, definitivamente, algo realmente bueno...
Era, desde luego, un personaje extraño. No era una esfinge, tampoco un dragón, ni un monstruo con mil ojos que nunca duermen, ni un portero de discoteca, ni un policía local. Tenía un poco de cada uno de ellos, eso sí, una especie de esencia en la que se amalgamaban todas las posibles opciones que, de una manera o de otra, le vedaban la entrada.
- ¿Y si resuelvo un acertijo?
- No.
- ¿Y si te enseño mi carnet?
- No.
- ¿Y si me visto de etiqueta?
- No.
- ¿Y si digo las palabras mágicas?
- No.
- ¿Y si acabo contigo?
- Inténtalo.
El guardián le miró fijamente, y él palideció solo ante la idea de enfrentársele.
Lo mejor de todo era que ni siquiera sabía lo que había al otro lado. Debía de estar muy bien, cuando ponían en la puerta a un guardián tan escricto. Él solo sabía que había seguido su camino, y que este le había llevado directamente ante aquella entrada. Si no podía pasar, las otras opciones eran volver sobre sus pasos o pudrirse allí, quieto, ante el guardián.
- ¿Podré pasar alguna vez?
- No.
- ¿Y si espero?
- No.
- ¿Entonces?
- Que no puedes pasar.
Volvió a pensar que al otro lado había algo realmente bueno. El Destino le había llevado hasta allí, así que era su Destino cruzar aquella entrada. A no ser que el Destino le tuviera reservado un fracaso mayúsculo, un obstáculo insalvable, una entrada inaccesible y un guardián inclemente, que también podia ser...
Llegó entonces un tipo flacucho con cara de pocos amigos, se plantó ante el guardián, le miró de reojo y cruzó al otro lado. El guardián ni se inmutó. Luego llegaron una chica risueña, un perro lazarillo, un bufón de la corte, un tipo con pinta de ejecutivo, un calvo con gafas, un joven en bañador, un cura, un ciego buscando a su perro, un arbusto rodante y un melenudo que por lo menos pesaba doscientos kilos.
Todos pasaron con el beneplácito del guardián.
Él lo intentó de nuevo.
- ¿Puedo pasar?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no.
Al otro lado debía de haber, definitivamente, algo realmente bueno...
abril 30, 2012
Diario de un bicho raro
Ya desde muy pequeño tuve la capacidad de caminar sobre las aguas. Recuerdo que estaba en la playa, construyendo castillos de arena, y como si tal cosa me acercaba a la orilla y continuaba caminando, mar adentro. Solo tenía que desear que así fuera, y sucedía.
Mi mamá, cada vez que me veía caminando sobre el mar, o en pie sobre la superficie de la piscina, se asustaba y empezaba a rezar compulsivamente. Mi papá, en cambio, se enfadaba mucho, y decía que la gente me iba a tomar por un bicho raro.
Yo no entendía por qué la gente iba a actuar así. El agua es como la tierra, ¿no? Son materia, compuesta por átomos... ¿por qué en una habría de hundirme y en otra no?
Mi padre dice que a la gente no le gusta ver que otros hacen lo que ellos no pueden hacer. Yo sigo sin entenderlo muy bien, todos hacemos cosas que otros no pueden hacer, como dice la maestra, todos somos diferentes y especiales. Pero, cuando contesto así, mi padre desespera y tuerce la cabeza.
Últimamente, sin saber muy bien por qué, estoy desarrollando la capacidad de caminar sobre los gases. Los gases también deben de ser materia, también tienen átomos. La gente normal, los que no son bichos raros como yo, tienen un nombre para eso que yo llamo "caminar sobre los gases". Ellos lo llaman "volar"...
Mi mamá, cada vez que me veía caminando sobre el mar, o en pie sobre la superficie de la piscina, se asustaba y empezaba a rezar compulsivamente. Mi papá, en cambio, se enfadaba mucho, y decía que la gente me iba a tomar por un bicho raro.
Yo no entendía por qué la gente iba a actuar así. El agua es como la tierra, ¿no? Son materia, compuesta por átomos... ¿por qué en una habría de hundirme y en otra no?
Mi padre dice que a la gente no le gusta ver que otros hacen lo que ellos no pueden hacer. Yo sigo sin entenderlo muy bien, todos hacemos cosas que otros no pueden hacer, como dice la maestra, todos somos diferentes y especiales. Pero, cuando contesto así, mi padre desespera y tuerce la cabeza.
Últimamente, sin saber muy bien por qué, estoy desarrollando la capacidad de caminar sobre los gases. Los gases también deben de ser materia, también tienen átomos. La gente normal, los que no son bichos raros como yo, tienen un nombre para eso que yo llamo "caminar sobre los gases". Ellos lo llaman "volar"...
abril 23, 2012
No quisiera tener que matarte
El escritor se sentó ante la pantalla y comenzó su tarea. Nada podía quedar en manos del azar. Escribir era una labor meticulosa, en la que cada detalle debía ser tenido en cuenta. Y perpetrar crímenes, también.
Lo mejor que tenían las novelas de crimen y misterio es que te permitían cometer asesinatos impunemente. Al escritor le encantaba crear un personaje, hacerlo simpático al lector, amigo de sus amigos, una persona maravillosa, y cargárselo sin más ni más entre dolor, sangre y crueldad. "Nada sienta tan bien como un asesinato a la semana", había llegado a decir en una entrevista. Lo había dicho sin pensarlo demasiado, como de paso, pero el periodista lo había plasmado en grandes caracteres, como titular y resumen de una forma de vida, y a él, al leerlo, le había gustado.
Hoy iba a matar a Marco, un italiano afable y honrado, un empedernido tomador de capuchinos que, para sorpresa de todos sus conocidos y allegados, aparecería muerto, degollado con un cuchillo de cocina, en su dormitorio.
Nada es azar, por supuesto. No existen casualidades. Pronto descubrirían todos que Marco se había metido, casi sin quererlo, en un par de asuntos turbios que, a la postre, acabarían por rebanarle la nuez.
El escritor sintió un poco de pena por Marco, por su mujer, Lidia, por sus dos hijas. Pero había llegado su hora, a todos les llega, Marco no podía pretender ser inmortal solo por ser un personaje de novela. Todos, tarde o temprano, morimos.
Así que el escritor puso manos a la obra, escribió dos líneas, las borró, volvió a escribir, volvió a borrar, quedó pensativo un par de minutos, se rascó la barbilla y se mesó los cabellos, dudó, se irritó, dio un puñetazo en la mesa, farfulló algo ininteligible y finalmente juró en hebreo.
Se había dado cuenta de que, en el fondo, no quería matar a Marco.
Pero tenía que hacerlo, o no habría crimen... ¿qué era una novela de crimen y misterio sin crimen y, por tanto, sin misterio?
A la mañana siguiente, cualquiera que hubiera sabido que el escritor había matado a Marco, al fin, entre lágrimas y súplicas de perdón, que apenas había dormido a causa de los remordimientos y que pensaba compensar a su mujer e hijas de mil maneras diferentes, se habría echado a reír.
Él, por su parte, se sentía acabado. Un asesino con sentimientos... un Dios clemente... así no se llega a ninguna parte...
Lo mejor que tenían las novelas de crimen y misterio es que te permitían cometer asesinatos impunemente. Al escritor le encantaba crear un personaje, hacerlo simpático al lector, amigo de sus amigos, una persona maravillosa, y cargárselo sin más ni más entre dolor, sangre y crueldad. "Nada sienta tan bien como un asesinato a la semana", había llegado a decir en una entrevista. Lo había dicho sin pensarlo demasiado, como de paso, pero el periodista lo había plasmado en grandes caracteres, como titular y resumen de una forma de vida, y a él, al leerlo, le había gustado.
Hoy iba a matar a Marco, un italiano afable y honrado, un empedernido tomador de capuchinos que, para sorpresa de todos sus conocidos y allegados, aparecería muerto, degollado con un cuchillo de cocina, en su dormitorio.
Nada es azar, por supuesto. No existen casualidades. Pronto descubrirían todos que Marco se había metido, casi sin quererlo, en un par de asuntos turbios que, a la postre, acabarían por rebanarle la nuez.
El escritor sintió un poco de pena por Marco, por su mujer, Lidia, por sus dos hijas. Pero había llegado su hora, a todos les llega, Marco no podía pretender ser inmortal solo por ser un personaje de novela. Todos, tarde o temprano, morimos.
Así que el escritor puso manos a la obra, escribió dos líneas, las borró, volvió a escribir, volvió a borrar, quedó pensativo un par de minutos, se rascó la barbilla y se mesó los cabellos, dudó, se irritó, dio un puñetazo en la mesa, farfulló algo ininteligible y finalmente juró en hebreo.
Se había dado cuenta de que, en el fondo, no quería matar a Marco.
Pero tenía que hacerlo, o no habría crimen... ¿qué era una novela de crimen y misterio sin crimen y, por tanto, sin misterio?
A la mañana siguiente, cualquiera que hubiera sabido que el escritor había matado a Marco, al fin, entre lágrimas y súplicas de perdón, que apenas había dormido a causa de los remordimientos y que pensaba compensar a su mujer e hijas de mil maneras diferentes, se habría echado a reír.
Él, por su parte, se sentía acabado. Un asesino con sentimientos... un Dios clemente... así no se llega a ninguna parte...
abril 19, 2012
El extraordinario poder del olvido
Tomó lo más valioso que tenía y lo metió en un cofre que protegió con siete candados cifrados con siete contraseñas diferentes. Luego tomó el cofre y lo escondió en el lugar más recóndito que pudo encontrar, un lugar en el que nadie fuera capaz de encontrarlo, ni siquiera de casualidad, y arrebatárselo.
Sucede, no obstante, que el tiempo, cuando no conseguimos convertirlo en aliado, se transforma en el más poderoso de los enemigos. Por otra parte, todos sabemos cuánto se odian el tiempo y la memoria.
Así que aquel que había escondido lo más valioso que tenía en un cofre protegido por siete candados olvidó, lamentablemente, la contraseña de uno de ellos. Culpó a ambos, al tiempo y a la memoria, pero se consoló, al menos, con la idea de que el cofre seguía a salvo.
Un día comprobó que había olvidado el lugar en el que había escondido el cofre. Lamentó no poder ubicarlo, pues en él se guardaba lo más valioso que tenía, pero al menos tenía la seguridad de que se encontraba a salvo y fuera del alcance de manos extrañas.
Tiempo después, cuando olvidó por completo que alguna vez había guardado un cofre en algún lugar y bajo algún tipo de cierre de seguridad, no lamentó nada en absoluto, tampoco se preocupó, lógicamente, pues lo había olvidado. Mucho antes, de hecho, ya había olvidado qué era eso tan valioso que el cofre contenía, incluso había olvidado que alguna vez había poseído algo que había considerarlo tan valioso como para protegerlo, incluso, de su propia memoria...
Sucede, no obstante, que el tiempo, cuando no conseguimos convertirlo en aliado, se transforma en el más poderoso de los enemigos. Por otra parte, todos sabemos cuánto se odian el tiempo y la memoria.
Así que aquel que había escondido lo más valioso que tenía en un cofre protegido por siete candados olvidó, lamentablemente, la contraseña de uno de ellos. Culpó a ambos, al tiempo y a la memoria, pero se consoló, al menos, con la idea de que el cofre seguía a salvo.
Un día comprobó que había olvidado el lugar en el que había escondido el cofre. Lamentó no poder ubicarlo, pues en él se guardaba lo más valioso que tenía, pero al menos tenía la seguridad de que se encontraba a salvo y fuera del alcance de manos extrañas.
Tiempo después, cuando olvidó por completo que alguna vez había guardado un cofre en algún lugar y bajo algún tipo de cierre de seguridad, no lamentó nada en absoluto, tampoco se preocupó, lógicamente, pues lo había olvidado. Mucho antes, de hecho, ya había olvidado qué era eso tan valioso que el cofre contenía, incluso había olvidado que alguna vez había poseído algo que había considerarlo tan valioso como para protegerlo, incluso, de su propia memoria...
abril 12, 2012
Siga a ese coche
- Siga a ese coche, rápido.
Benito miró por el retrovisor, un tanto alarmado. Lo que vio a través de él, sin embargo, le obligó a girar el cuerpo y comprobar la realidad de lo que sucedía en el asiento trasero de su Seat. Una chica había abierto la puerta y se había colado allí exigiendo que se saltara el semáforo en el que se encontraba detenido.
- Vamos, rápido, siga a ese coche.
El semáforo seguía en rojo. La frase, desde luego, era sugerente, esa frase que todo taxista siempre ha querido oír, al menos en las películas.
Pero él no era taxista. Además, estaba ocupado. Tenía que pasar por el súper y comprar pasta para la cena. Esa noche, por otro lado, tenía que rellenar varios informes de evaluación. No había tiempo para tonterías.
- Maldita sea, que se van. ¡Vamos!
La chica mostraba una actitud un tanto impertinente, justificable tal vez por algún tipo de situación apurada en la que pudiera encontrarse. Era bastante atractiva, por otro lado; y hablaba de usted, lo cual revelaba un cierto nivel de educación y respeto hasta en las peores circunstancias...
- ¡Allí, corra!
Benito alegó rápidamente que el semáforo estaba en rojo, que el tipo de vía prohibía la circulación a más de 50 km/h, que tampoco su Seat es que corriera tanto como para perseguir a... entonces se fijó en el objetivo de la persecución, un todoterreno negro y enorme, ocupado por un par de tipos inquietantes con gafas de sol y trajes sumamente elegantes y, por supuesto, sumamente negros.
La chica, al borde de la desesperación, farfulló una historia sobre conspiraciones, hombres de negro, golpes de estado, entidades cibernéticas y una serie de conceptos que Benito no terminó de comprender. El todoterreno comenzaba a girar en una esquina y, por tanto, a perderse de vista.
- Venga, maldita sea, ¿es que he ido a meterme en el coche del tío más mojigato de la ciudad?
¿Mojigato? Benito miró a la chica, que le parecía más mona cuanto más se enfadaba. Pensó en sus informes, en la ensalada de pasta, en el semáforo que seguía en rojo, en las entidades cibernéticas, en la palabra "mojigato", cuyo uso revelaba sin duda un profuso acervo cultural, y en la posibilidad de que semejante calificativo pudiera describirle con acierto.
Luego pisó el acelerador, se saltó el semáforo, casi provoca un accidente con un camión, casi atropella a un peatón, casi se lleva por delante un quiosco de prensa y casi destroza los bajos del Seat con el bordillo de una acera. No supo muy bien por qué había hecho todo eso, pero cuando giró en la esquina, en persecución de los malvados hombres de negro, ni siquiera se molestó en poner el intermitente...
Benito miró por el retrovisor, un tanto alarmado. Lo que vio a través de él, sin embargo, le obligó a girar el cuerpo y comprobar la realidad de lo que sucedía en el asiento trasero de su Seat. Una chica había abierto la puerta y se había colado allí exigiendo que se saltara el semáforo en el que se encontraba detenido.
- Vamos, rápido, siga a ese coche.
El semáforo seguía en rojo. La frase, desde luego, era sugerente, esa frase que todo taxista siempre ha querido oír, al menos en las películas.
Pero él no era taxista. Además, estaba ocupado. Tenía que pasar por el súper y comprar pasta para la cena. Esa noche, por otro lado, tenía que rellenar varios informes de evaluación. No había tiempo para tonterías.
- Maldita sea, que se van. ¡Vamos!
La chica mostraba una actitud un tanto impertinente, justificable tal vez por algún tipo de situación apurada en la que pudiera encontrarse. Era bastante atractiva, por otro lado; y hablaba de usted, lo cual revelaba un cierto nivel de educación y respeto hasta en las peores circunstancias...
- ¡Allí, corra!
Benito alegó rápidamente que el semáforo estaba en rojo, que el tipo de vía prohibía la circulación a más de 50 km/h, que tampoco su Seat es que corriera tanto como para perseguir a... entonces se fijó en el objetivo de la persecución, un todoterreno negro y enorme, ocupado por un par de tipos inquietantes con gafas de sol y trajes sumamente elegantes y, por supuesto, sumamente negros.
La chica, al borde de la desesperación, farfulló una historia sobre conspiraciones, hombres de negro, golpes de estado, entidades cibernéticas y una serie de conceptos que Benito no terminó de comprender. El todoterreno comenzaba a girar en una esquina y, por tanto, a perderse de vista.
- Venga, maldita sea, ¿es que he ido a meterme en el coche del tío más mojigato de la ciudad?
¿Mojigato? Benito miró a la chica, que le parecía más mona cuanto más se enfadaba. Pensó en sus informes, en la ensalada de pasta, en el semáforo que seguía en rojo, en las entidades cibernéticas, en la palabra "mojigato", cuyo uso revelaba sin duda un profuso acervo cultural, y en la posibilidad de que semejante calificativo pudiera describirle con acierto.
Luego pisó el acelerador, se saltó el semáforo, casi provoca un accidente con un camión, casi atropella a un peatón, casi se lleva por delante un quiosco de prensa y casi destroza los bajos del Seat con el bordillo de una acera. No supo muy bien por qué había hecho todo eso, pero cuando giró en la esquina, en persecución de los malvados hombres de negro, ni siquiera se molestó en poner el intermitente...
abril 09, 2012
El cofre
En la costa irlandesa, unos pocos kilómetros al norte de Galway, en un promontorio que se levanta sobre un acantilado en el que una mar furiosa y desagradecida golpea con sus olas durante la mayor parte del año, se encuentra construido un pequeño santuario.
Es un paraje solitario, pues son pocos los que a él se acercan. El santuario, sin embargo, desprende una belleza especial, una blancura y pureza que contrasta con el gris y el verde circundantes.
En su interior se observan curiosos grabados, de origen y significado desconocidos y que parecen, no obstante, preparar al circunstancial visitante al descenso hasta el sótano, excavado en la húmeda roca.
Allí siempre hace frío. Corrientes de aire hacen pensar en comunicaciones desconocidas, en oscuros pasadizos, en aberturas ocultas entre piedra y barro. Es allí en el sotano donde, según dicen, se encuentra un altar de piedra sobre el que descansa, desde el principio de los tiempos, un cofre de madera.
No parece, a simple vista, una pieza muy valiosa. Un simple cofre de madera. Cuenta la tradición, no obstante, que quien se acerca al cofre se ve a sí mismo, en su interior, como realmente es. Es difícil explicar cómo puede esto ser así, pues de entre los visitantes que se recuerdan algunos se marcharon para no volver y otros hicieron voto de silencio y cuidaron el cofre como un amuleto hasta su muerte. El último de estos privilegiados murió hace un par de siglos. La inmensa mayoría de la gente, todos desde entonces, observa el cofre y lo ve vacío, sin nada en su interior.
Por otra parte, hay quienes, en las noches más oscuras y tenebrosas, dicen haber oído alrededor del santuario voces y risas. Se dice que son las almas de los que murieron en su interior, o las de los que no vieron nada, que quedan atrapadas en el cofre. Los más escépticos achacan el fenómeno al simple rebotar de las olas y el soplar del viento; los más fantasiosos, por su parte, piensan que es el cofre, el propio cofre que ríe y se burla de los estúpidos humanos, tal vez por no poseer nada en su interior o, tal vez, por ser incapaces de verlo.
Es un paraje solitario, pues son pocos los que a él se acercan. El santuario, sin embargo, desprende una belleza especial, una blancura y pureza que contrasta con el gris y el verde circundantes.
En su interior se observan curiosos grabados, de origen y significado desconocidos y que parecen, no obstante, preparar al circunstancial visitante al descenso hasta el sótano, excavado en la húmeda roca.
Allí siempre hace frío. Corrientes de aire hacen pensar en comunicaciones desconocidas, en oscuros pasadizos, en aberturas ocultas entre piedra y barro. Es allí en el sotano donde, según dicen, se encuentra un altar de piedra sobre el que descansa, desde el principio de los tiempos, un cofre de madera.
No parece, a simple vista, una pieza muy valiosa. Un simple cofre de madera. Cuenta la tradición, no obstante, que quien se acerca al cofre se ve a sí mismo, en su interior, como realmente es. Es difícil explicar cómo puede esto ser así, pues de entre los visitantes que se recuerdan algunos se marcharon para no volver y otros hicieron voto de silencio y cuidaron el cofre como un amuleto hasta su muerte. El último de estos privilegiados murió hace un par de siglos. La inmensa mayoría de la gente, todos desde entonces, observa el cofre y lo ve vacío, sin nada en su interior.
Por otra parte, hay quienes, en las noches más oscuras y tenebrosas, dicen haber oído alrededor del santuario voces y risas. Se dice que son las almas de los que murieron en su interior, o las de los que no vieron nada, que quedan atrapadas en el cofre. Los más escépticos achacan el fenómeno al simple rebotar de las olas y el soplar del viento; los más fantasiosos, por su parte, piensan que es el cofre, el propio cofre que ríe y se burla de los estúpidos humanos, tal vez por no poseer nada en su interior o, tal vez, por ser incapaces de verlo.
abril 02, 2012
Nueva Búsqueda
Cuando llegó el caballero, a lomos de un poderoso corcel blanco que, no obstante, apenas podía ocultar los síntomas de extenuación provocados por el largo viaje, encontró a los consejeros del rey esperándole a las puertas de palacio.
Aquello le extrañó. Había iniciado, hacía ya siete años, una misión de dimensiones mayúsculas, la búsqueda del cáliz de la verdad, un objeto entre la leyenda y la realidad que el rey, caprichoso donde los hubiere, le había encargado encontrar. Tras siete años de aventuras, de luchar contra fieras, de enfrentarse a hechiceros, magos y espíritus, de preguntar y sumergirse en acertijos y manuscritos, había dado con el cáliz y había emprendido el camino de vuelta. Sin anunciar su llegada, eso sí.
Por eso le extrañaba la presencia de los consejeros.
- Por fin llegáis, noble caballero, llevamos cuatro años esperándoos aquí por órdenes de Su Majestad.
- Traigo el cáliz de la verdad.
- ¿El cáliz? El cáliz ya no importa. Hace mucho tiempo que Su Majestad lo olvidó. Ya no le interesa. Ahora vuestra misión es esta.
Y le acercó al caballero un sobre lacrado sobre el que podía leerse en letras góticas: "Nueva Búsqueda".
El caballero miró sorprendido al consejero, a su caballo destrozado por el esfuerzo y al cáliz que descansaba en su bolsa de viaje. Pensó en los siete años de su vida que había dedicado a su obtención. Maldijo las búsquedas sin fin, lamentó el capricho y la veleidad de los poderosos, sacó el cáliz y lo arrojó a un pozo que por allí cerca abría su boca a los abismos más profundos.
"Nueva Búsqueda". Sin abrir el sobre, el caballero subió a lomos de su corcel y partió. Para los consejeros no hubo ninguna duda de que aquel caballero, tarde o temprano, regresaría con la misión cumplida. Hay quien está hecho para buscar, hay quien está condenado a ello.
Aunque la búsqueda le lleve una vida. Aunque esta se extinga y consuma en el intento.
Aquello le extrañó. Había iniciado, hacía ya siete años, una misión de dimensiones mayúsculas, la búsqueda del cáliz de la verdad, un objeto entre la leyenda y la realidad que el rey, caprichoso donde los hubiere, le había encargado encontrar. Tras siete años de aventuras, de luchar contra fieras, de enfrentarse a hechiceros, magos y espíritus, de preguntar y sumergirse en acertijos y manuscritos, había dado con el cáliz y había emprendido el camino de vuelta. Sin anunciar su llegada, eso sí.
Por eso le extrañaba la presencia de los consejeros.
- Por fin llegáis, noble caballero, llevamos cuatro años esperándoos aquí por órdenes de Su Majestad.
- Traigo el cáliz de la verdad.
- ¿El cáliz? El cáliz ya no importa. Hace mucho tiempo que Su Majestad lo olvidó. Ya no le interesa. Ahora vuestra misión es esta.
Y le acercó al caballero un sobre lacrado sobre el que podía leerse en letras góticas: "Nueva Búsqueda".
El caballero miró sorprendido al consejero, a su caballo destrozado por el esfuerzo y al cáliz que descansaba en su bolsa de viaje. Pensó en los siete años de su vida que había dedicado a su obtención. Maldijo las búsquedas sin fin, lamentó el capricho y la veleidad de los poderosos, sacó el cáliz y lo arrojó a un pozo que por allí cerca abría su boca a los abismos más profundos.
"Nueva Búsqueda". Sin abrir el sobre, el caballero subió a lomos de su corcel y partió. Para los consejeros no hubo ninguna duda de que aquel caballero, tarde o temprano, regresaría con la misión cumplida. Hay quien está hecho para buscar, hay quien está condenado a ello.
Aunque la búsqueda le lleve una vida. Aunque esta se extinga y consuma en el intento.
marzo 28, 2012
No soy humano
Uno se despierta, se despereza, se levanta, tal vez después de una noche intranquila. Se prepara un café, lo sirve en la taza, toma asiento junto a la mesa de la sala de estar, da un par de sorbos a la bebida. Allí, con la mirada perdida y los pensamientos todavía en formación, uno piensa que está preparado para afrontar todos los imprevistos que guarde la jornada.
Entonces algo extraño sucede. Un silencio ensordecedor, una corriente de aire helado, la sensación inexplicable de que el tiempo se ha detenido. Justo en ese momento aparece algo en el suelo, una masa informe del tamaño de una bolsa de basura y de textura gelatinosa. Uno no puede evitar fijarse en ella, está allí, en la sala de estar, y la sorpresa se torna mayúscula cuando esa especie de blandiblú establece comunicación telepática:
"Soy tu yo del futuro. En mi tiempo ya no existe el cuerpo físico, es esa la razón por la que todas las mentes que han existido y han sido regeneradas adoptan formas como esta. Eres el elegido para salvar nuestro mundo, que en realidad es también el tuyo. Ha llegado tu hora. Solo cuando el discípulo esté preparado aparecerá el maestro. La Hermandad pretende eliminar el bien de la Tierra. Tenemos que hablar seriamente".
En tales circunstancias, uno solo puede pensar que se ha vuelto loco. Un trozo de plastilina que pretende ser yo, una gelatina humana...
El problema de la comunicación telepática es que deja escapar, en ocasiones, pensamientos privados. El bicho debió oír esto último, porque se irguió, tomó la forma de un rostro humano, y con una voz de otro mundo, con un deje aterrador, tronó:
- No soy humano...
Luego desapareció, instantáneamente, como había aparecido.
En momentos así uno no puede dejar de sentirse mal, de intuir que una masa informe de otra dimensión se ha enfadado porque ha sido catalogada de humana. Tenemos que hablar, dijo, como una advertencia entre el montón de sandeces que soltó en cuestión de segundos.
Un nuevo sorbo de café, ya casi se enfriaba. Pues no. No siempre se levanta uno preparado para afrontar todos los imprevistos de la jornada.
Entonces algo extraño sucede. Un silencio ensordecedor, una corriente de aire helado, la sensación inexplicable de que el tiempo se ha detenido. Justo en ese momento aparece algo en el suelo, una masa informe del tamaño de una bolsa de basura y de textura gelatinosa. Uno no puede evitar fijarse en ella, está allí, en la sala de estar, y la sorpresa se torna mayúscula cuando esa especie de blandiblú establece comunicación telepática:
"Soy tu yo del futuro. En mi tiempo ya no existe el cuerpo físico, es esa la razón por la que todas las mentes que han existido y han sido regeneradas adoptan formas como esta. Eres el elegido para salvar nuestro mundo, que en realidad es también el tuyo. Ha llegado tu hora. Solo cuando el discípulo esté preparado aparecerá el maestro. La Hermandad pretende eliminar el bien de la Tierra. Tenemos que hablar seriamente".
En tales circunstancias, uno solo puede pensar que se ha vuelto loco. Un trozo de plastilina que pretende ser yo, una gelatina humana...
El problema de la comunicación telepática es que deja escapar, en ocasiones, pensamientos privados. El bicho debió oír esto último, porque se irguió, tomó la forma de un rostro humano, y con una voz de otro mundo, con un deje aterrador, tronó:
- No soy humano...
Luego desapareció, instantáneamente, como había aparecido.
En momentos así uno no puede dejar de sentirse mal, de intuir que una masa informe de otra dimensión se ha enfadado porque ha sido catalogada de humana. Tenemos que hablar, dijo, como una advertencia entre el montón de sandeces que soltó en cuestión de segundos.
Un nuevo sorbo de café, ya casi se enfriaba. Pues no. No siempre se levanta uno preparado para afrontar todos los imprevistos de la jornada.
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